Temporada de huracanes

Estamos en plena temporada de huracanes. No importa sean pocos o muchos. Los meteorólogos son también seres humanos y constantemente se equivocan. La preocupación es lógica y no se borra, pues basta que uno solo se cuele y haga añicos barriadas enteras. hura_0

     Sabemos el significado de la palabra añicos: pedacitos de algo que se rompe meticulosamente. Añicos quedan hechas aquí las viviendas luego del paso de un huracán o un tornado. Los tornados en Cuba no son tan habituales ni tan destructivos y se les denomina con más dulzura: rabos de nube. También allá gusta más decir ciclón que huracán. Y los gozosos cicloneros, al ver encapotarse el cielo y agitarse un poco la copa de los árboles, se abastecen de velas y ron como para una fiesta y no se pierden ni uno solo de los partes del Doctor en Ciencias José Rubiera, director del Centro de Pronóstico del Instituto de Meteorología, pero que muy respetuosamente la gente en la calle lo llama el Ciclonero Mayor.

    En Miami no es lo mismo. Cunde el pánico. La gente, desesperada, sale en busca de quintales de alimentos enlatados, garrafones de agua y linternas cuando ya tienen tres. Las ferreterías hacen agosto y se trata de almacenar gasolina como para un viaje interestelar en el Toyota. Parece que una bomba atómica va a caer. Y no es para menos. Las casas, aunque valen quinientas veces más que las de la Isla no poseen paredes de bloques o ladrillos y sus techos no son de concreto encabillado –de placa, como se les llama allá–, capaces de reírse de los vientos fieros que los tratan de arrancar.

      En Miami y al parecer en buena parte de los Estados Unidos, la mayoría de las viviendas se hacen de tablitas de dulce de guayaba, cartón y tejitas en el techo porque así resultan más baratas para el constructor que las vende en una millonada. Lo de tablitas de dulce guayaba es un decir criollo de cuando las barras de ese dulce se vendían en cajitas de una madera casi tan fina como el papel. Por eso, apenas sopla un ciclón de esos plataneros que los socios del barrio en Cuba esperan bajo el alero de la bodega de la esquina dándose unos tragos a pico de botella y comentando que el tiempo está bueno para empinar papalotes, ocurre lo apocalíptico: trozos de casas vuelan, se desbaratan, casi se pulverizan.

     Nadie entiende porque las viviendas siguen construyéndose para el placer destructivo de huracanes y tornados. Y yo, que a veces soy mal pensado, digo que debe haber maraña: cubanismo callejero que significa embeleco, negocio tramposo, en este caso y una vez más en complicidad con las autoridades. Será botín para la industria maderera y para quienes algo agarran por debajo de la mesa y, aunque parezca paradójico, para las compañía de seguros. Si las casas fuesen sólidas, de placa, en algún momento habría que modificar las leyes y no obligar a sus inquilinos a tener seguros contra huracanes, igual que los que existen contra inundaciones aunque se viva en el pico de una loma. Y es que las compañías de seguros aportan mucho dinero a las campañas electorales a todos los niveles. Y bien dicen que el que paga, manda, y acaban dirigiendo las leyes también.

    Mientras, los medio nos entretiene metiéndonos miedo y hablándonos de códigos de construcciones, de modelos de riesgos, de tipos de ventanas, contraventanas y paneles de techos, de carga de los vientos, de investigaciones de uno no sabe qué, de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles y hasta de que no se puede construir con más solidez porque sería demasiado costoso.   

      Quiere decir que si usted desea hacerse una sólida vivienda, como por ejemplo las clásicas cubanas, los inspectores le harían la vida imposible porque la misma estaría fuera de código y, además, porque los buenos en el condado y en el municipio no quieren que usted gaste tanto dinero.

    ¿Habrá en este mundo tupe más grande?

      Así que se debe continuar con techos de tablitas de dulce guayaba para que el próximo huracán los arranque de un eructo y de paso nos deje sin electricidad durante veinte días, no obstante la poderosísima FPL que hasta plantas atómicas para generar energía tiene y que constantemente cabildea y logra subir las tarifas cuando unos brisotes malvados le derriban cuatro postes con carcoma que tenían casi cien años de plantados.

    Mientras, de Cabo Verde, África, siguen saliendo rumbo al oeste tormentas tropicales que las aguas cada día más calientes del Atlántico las pueden alimentar y encabronar hasta el punto de convertirlas en furiosos huracanes de vientos de más de 300 kilómetros por hora.

    Dios nos libre de un huracancito este año o los venideros, aunque sus vientos, como dirían los gozosos cicloneros en la Isla sean para empinar papalotes.     

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.

 

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