
Recordé aquellos hechos que dividieron a la vanguardia bolchevique cuando, en una difícil coyuntura del proceso político cubano cuando, respecto a decisiones históricas en torno a la emigración cubana radicada en Estados Unidos, se manifestaron diferencias de opiniones y, en una reunión extraordinaria, Fidel Castro, refiriéndose a situaciones en las cuales se vio involucrado, reflexionó acerca de “las políticas difíciles”, momentos del proceso en el cual lo que es conveniente hacer conlleva altos precios.
El largo desencuentro político entre los Estados Unidos y Cuba que comenzó a fines del siglo XIX con la ocupación de la Isla por los Estados Unidos, está plagado de hechos de ese tipo. El más importante fue cuando los integrantes del Ejército Libertador, convertidos en constituyentes, para salvar la independencia y lograr que las tropas de ocupación de los Estados Unidos salieran de Cuba, aceptaron la Enmienda Platt y la entrega de territorio nacional para establecer bases norteamericanas.
Como parte de esas reflexiones, Víctor Manuel González, un experimentado revolucionario cubano, me comentó: “Un hándicap que confrontó Fidel Castro es no haber podido conversar con un presidente de los Estados Unidos…” Raúl Castro, su hermano y relevo, tuvo la oportunidad de hacerlo con Barack Obama, un tipo tratable, con quien negoció el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y alcanzó resultados trascendentales. Diaz-Canel, actual presidente, en una coyuntura excepcionalmente difícil, está por escribir su historia diplomática. De modo presencial o a distancia le toca lidiar con Trump.
Una desventaja del proceso político cubano es que, la temprana y prolongada ruptura con Estados Unidos, la sociedad más singular y pragmática, poseedora de la estructura estatal y politica más complicada del mundo, es poco conocida en Cuba.
Los pocos contactos pueblo a pueblo y las mínimas interacciones culturales y sociales a lo largo de más de medio siglo, dificultan la comprensión mutua a lo cual se suman el férreo bloqueo, la extrema politización, las rivalidades, la poca difusión de la literatura y lo sesgado de la información. Cuba es el único país occidental en el cual desde hace más de medio siglo no circula ninguna prensa estadounidense.
En más de 60 años, solo un cubano, José Ramón Cabañas ha sido acreditado y se ha desempeñado como embajador en los Estados Unidos, antes sin ese rango, hubo varios jefes de la sección de intereses y actualmente la embajada está cubierta por una encargada de negocios. Entre las élites políticas, científicas y culturales cubanas, son pocos los que han residido o estudiado en aquel país. La incomunicación, derivada en lo fundamental del bloqueo. es casi total.
Barack Obama, 44º presidente de Estados Unidos desde 2009 hasta 2017 y Raúl Castro que gobernó Cuba desde 2008 hasta 2018 cuando dio paso al costado y cedió el cargo a Miguel Diaz-Canel Bermúdez, aunque permanece al mando en calidad de “líder al frente de la Revolución”, establecieron un paradigma, según el cual, en un entorno extraordinariamente tóxico, plagado de obstáculos, lo razonable era no detenerse ante ellos sino rodearlos y concentrarse en aquello que podía ser resuelto.
Aquel curso fue posible porque Barack Obama comprendió lo que muchos sabían; la politica de Estados Unidos hacia Cuba, además de injusta era obsoleta y no aportaba resultados. En la época, cuando alrededor de una docena de países latinoamericanos y caribeños eran gobernados por administraciones progresistas o de izquierda y en la Isla, liderado por el presidente Raúl Castro, tenía lugar un importante proceso de cambios, en lugar de Cuba, quien se aislaba eran los Estados Unidos.
Obama no podía levantar el bloqueo ni cerrar o devolver la base naval de Guantánamo, ni Cuba renunciar a esas reivindicaciones. Razón suficiente para que Raúl Castro, momentáneamente no las reclamara, lo cual permitió avanzar. Aquel pragmatismo no convirtió en principio algo que no lo era. La estrategia que no aludió antiguas afrentas, permitió restablecer las relaciones y avanzar en los vínculos pueblo a pueblo. En aquella lid, la retórica de ambas partes fue mínima
Debido al perfil político de los actuales gobernantes de Estados Unidos y al hecho desafortunado de que los cambios internos impulsados por Raúl Castro, debido a falta de consenso, se ralentizaron hasta prácticamente detenerse, hace más difícil retomar cualquier posibilidad de diálogos. No obstante, probablemente en el diferendo bilateral que dura ya más de medio siglo, no se ha alcanzado una línea de no retorno que impida algunos compromisos mínimos.
No se trata de especulaciones, sino de hechos. Durante meses, aunque a cuentagotas y en forma de trascendidos no oficiales, se han divulgado informaciones acerca de encuentros entre funcionarios cubanos y elementos de la administración estadounidense, acerca de lo cual se han referido los presidentes Donald Trump y Diaz-Canel.
En La Habana han estado funcionarios de alto rango del Departamento de Estado que han llegado en aviones oficiales, incluso el director de la CIA John Ratcliffe quien se entrevistó, entre otros con el ministro del interior de Cuba, general de división Lázaro Alberto Alvares Casas, y en la Base Naval de Guantánamo se encontraron el jefe del Comando Sur, general Francis Donovan y el jefe del estado mayor general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias general de división Roberto Legrá.
Se ignora el objetivo de tales reuniones que presumiblemente deben tener algunos elementos positivos porque, de otro modo no tendrían sentido ni, al informar sobre ellas, se hubiera aludido a un desenvolvimiento respetuoso. Aunque se desconoce de qué han hablado, entre ambas partes, al menos, hubo el acuerdo de mantener silencio acerca de lo tratado.
Aunque es difícil conocer cómo comenzó el proceso de entendimiento culminados en 2014 ni quién dio los primeros pasos que condujeran a los anuncios de Barack Obama y Raúl Castro acerca de los acuerdos alcanzados, se sabe que, a favor del mismo intervinieron la Iglesia Católica cubana, el papa y algunos países, todos los cuales mediaron y contribuyeron a los avances.
Tal vez nuevamente se necesitan iniciativas destinadas a romper el impasse y la acrecentada hostilidad y personalidades que, además de interponer sus buenos oficios puedan indicar acciones que allanen caminos. Para ambos y para terceros dispuestos a ayudar, no basta con reiterar disposición para conversar, sino que se requieren propuestas concretas y viables.
Según Lorenzo Gonzalo, un periodista y activista cubanoamericano favorable a la reducción de la tirantez y la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, “Ninguna negociación es viable recordando agravios mutuos, ni se sostiene cuando está mediada o condicionada por posiciones políticas intransigentes, dogmas de carácter ideológico o presuntos principios. Una negociación afirma no es el momento para defender o promover ideales, sino para alcanzar lo que conviene”
En la coyuntura actual, la más difícil en todo el proceso revolucionario, las opciones se han reducido a la realización urgente de reformas estructurales profundas e integrales que abarquen el sistema en su conjunto, incluida la democratización de todas las organizaciones y estructuras estatales, partidistas y sociales, mediáticas, electorales y las llamadas políticas de cuadros.
En cuanto a la economía es preciso rebasar el horizonte de la organización y gestión empresarial, para adentrarse en la profundidad en las relaciones de producción y las formas de propiedad, la tenencia de la tierra, la solvencia de la moneda, la presencia del mercado y otros elementos estructurales. Todo eso depende de decisiones propias de elementos nacionales y de la disposición del estado para dar paso al costado.
Otro elemento en el cual es preciso avanzar, como ya lo intentó el general de ejército Raúl Castro, líder al frente de la Revolución, es la razonable y paulatina normalización de las relaciones con los Estados Unidos, un escenario para las políticas difíciles y acciones arriesgadas.
En esos ámbitos, no basta con mostrar disposiciones, sino que es preciso adelantar iniciativas y propuestas, así como promover contactos. Aunque en un ambiente más favorable, ya se hizo. Nadie ha dicho que sea fácil, pero es posible y requiere apoyo institucional y popular. Volver a intentarlo es la tarea. Allá nos vemos.
Cuba. Lidiar con Donald Trump
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