RENTABILIDAD POLÍTICA

                                                                                   

No recuerdo ningún esfuerzo diplomático y político tan eficaz y rentable como el que, en alrededor de dos años, ha revertido la situación entre los Estados Unidos y Cuba, que sorpresivamente pasó de una confrontación virtualmente insoluble, a una zona de confort, desde la cual no sólo avanza hacia la normalización, sino que incluso crea expectativas de colaboración en escenarios internacionales. La lucha contra el ébola y la cooperación para la reconstrucción de Haití no son anécdotas menores.

El hecho de que los presidentes Barack Obama y Raúl Castro hayan llegado simultáneamente a las mismas conclusiones acerca de la inviabilidad de la confrontación, y avanzado para solucionar de un modo rápido e indoloro, y tan profundo como a ellos les sea posible, un diferendo de larga data, y un enfrentamiento que ha sido alimentado con las posiciones más radicales; pasará a la historia como uno de los grandes logros de la diplomacia en la era moderna.

No existe antagonismo tan abrumadoramente asimétrico como el que por cincuenta años enfrentó a estos dos países, ni un proceso político contra el cual Estados Unidos se haya empeñado más a fondo y durante más tiempo. Tampoco hay país que haya desafiado y resistido el poderío económico, político y militar de Estados Unidos al nivel que lo hizo Cuba, que llegó incluso a poner bajo la amenaza nuclear el territorio norteamericano, hecho que dio lugar a la Crisis de los Misiles de 1962.

Ni siquiera la crisis provocada por la desaparición de la Unión Soviética, que  colocó a Cuba en el umbral del colapso humanitario, la privó de todas las alianzas, dejó a su sistema político y su orientación ideológica sin referentes teóricos, situación a la cual Estados Unidos sumó medidas extremas como las leyes Torricelli y Helms-Burton, y arrastró a Europa a la adopción de la “posición común”; le arrancaron la menor concesión a la isla.

Curiosamente en una coyuntura en la cual los consensos para la solución de conflictos internacionales son extremadamente raros, y en un asunto en torno al cual  concurren factores y circunstancias tan diversas como complejas y sensibles, incluyendo rencores políticos y abismos ideológicos, intereses económicos y reclamaciones de gran calado, los esfuerzos y los resultados alcanzados son universalmente aplaudidos y apoyados por los norteamericanos y los cubanos, que excepto minorías atrincheradas, aplauden el desempeño de sus diplomáticos y de sus líderes.

La buena marcha del proceso acaba de ser ratificada por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro cuando en la septuagésima Asamblea General de Naciones Unidas, ante el mundo se felicitaron por los resultados alcanzados, y ratificaron la voluntad de seguir adelante. El encuentro bilateral, al cual acudieron con equipos de colaboradores de primera categoría y máximo rango, no pudo ser más auspicioso.

En un gesto poco frecuente en la práctica cubana, al concluir la cita, el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, informó a la prensa detalles del encuentro. Según sus palabras el presidente Raúl Castro reiteró las conocidas posiciones cubanas en torno al bloque y la base de Guantánamo, pero ratificó: “…La voluntad de construir un nuevo tipo de relaciones, basadas en el respeto y la igualdad soberana”, mientras Obama confía en que el Congreso se sumará al esfuerzo.

Los hechos están a la vista y los avances son evidentes, excepto para quienes no quieran verlos. Los hay.