LA GUERRA Y LA PAZ EN COLOMBIA. III TEMPORADA
Se ha dicho que con los acuerdos de paz adoptados en La Habana, se inicia una nueva era para Colombia. Antes hubo dos.
Al igual que en la mayoría de los países hispanoamericanos, Colombia se fundó como nación y estado independiente mediante dilatadas guerras de independencia. A las deformaciones estructurales, económicas y sociales generadas por la dominación colonial, se sumaron las de carácter político entronizadas por las repúblicas, entre ellas oligarquías, caudillos, dictadores.
Con instituciones extremadamente débiles, los estados latinoamericanos nacieron y crecieron en los siglos XIX y XX como criaturas deformes. Ninguno escapó a la propensión de la violencia política, en lo cual también influyó el intervencionismo de las potencias europeas y de Estados Unidos.
La historia de las repúblicas latinoamericanas es una larga sucesión de golpes de estado y dictaduras; caudillos, políticos, y gobernantes populistas, así como revoluciones. Hasta los años sesenta, setenta, incluso ochenta, en diferentes momentos hubo lucha armada en casi todos los países. Colombia fue donde alcanzó mayor escala y se prolongó por más tiempo. Es también el último en decir adiós a las armas.
A partir de ahora se iniciará un nuevo camino que la guerrilla transitará a fin de, por medios políticos, tratar de alcanzar lo que no pudo obtener por las armas, lo cual obviamente no lo logrará sola. Una de las virtudes del acuerdo alcanzado, que habla a favor de la democracia, es que el estado colombiano, hasta la víspera acérrimo adversario de la guerrilla, deberá acompañar a las FARC, y mediante sus instituciones, protegerla para alcanzar ese objetivo.
No obstante los peligros que amenazan la consolidación de la paz, Colombia avanza bajo buenos auspicios. Las recientes experiencias de Angola, Nicaragua, y El Salvador sugieren que es posible avanzar rápidamente en la reconciliación nacional, y restañar con eficiencia las heridas de la guerra.
A favor de Colombia figura la minuciosidad y responsabilidad como la paz ha sido negociada en La Habana, las previsiones tomadas en materia de justicia transicional, dejación de armas, reparación de daños a las víctimas, y garantías para la incorporación de los ex guerrilleros a la actividad política.
En cualquier caso el cambio iniciado pondrá a prueba la consistencia de las instituciones colombianas y la capacidad de sus líderes estatales y políticos, incluyendo la oposición pacífica y la que hasta la víspera apostaba por las armas. Se trata, según los protagonistas, de una paz sin vencidos, y con la nación y el pueblo colombiano como únicos ganadores.
Separar las armas de la política más que un logro es un hito que cambiará la historia colombiana. Allá nos vemos.










