
Por Carlos Rafael Diéguez
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Hay momentos en que el ser humano necesita detenerse, no para abandonar el camino, sino para preguntarse hacia dónde está caminando.
Vivimos rodeados de extraordinarios avances científicos y tecnológicos. Podemos comunicarnos instantáneamente de un continente a otro, explorar el universo, desarrollar nuevas formas de inteligencia y comprender fenómenos que durante siglos parecieron inexplicables. Sin embargo, continúa pendiente quizás la investigación más difícil de todas: la investigación sobre nosotros mismos.
¿Quiénes somos? ¿Qué lugar ocupamos en el universo? ¿Qué significa realmente tener dignidad y tener decoro?
La dignidad comienza por uno mismo
Pienso que antes de ser cubano, norteamericano, chino, japonés, ruso, europeo o ciudadano de cualquier nación, somos seres humanos.
Y el ser humano debe comenzar por respetarse a sí mismo.
La dignidad no necesita pasaporte.
Un ejemplo que siempre me ha impresionado es el del científico cubano Carlos J. Finlay. Su historia nos recuerda que el reconocimiento de una verdad puede atravesar incomprensiones, controversias y disputas por el crédito científico. Finlay sostuvo durante años su teoría sobre la transmisión de la fiebre amarilla por medio del mosquito cuando buena parte de la comunidad científica no la aceptaba.
Más allá de las controversias históricas posteriores acerca del reconocimiento de sus aportes, encuentro en Finlay una enseñanza humana: defender con dignidad aquello que nuestra investigación y nuestra conciencia nos indican que es verdadero.
Pero Finlay no pertenece solamente a Cuba.
Cuando un descubrimiento científico contribuye a salvar vidas, comienza a pertenecer a la humanidad.
Dios tampoco tiene nacionalidad
Algo semejante pienso cuando hablamos de Dios.
No concibo un Dios chino, un Dios norteamericano, un Dios ruso, un Dios indio o un Dios cubano. Las religiones, culturas y civilizaciones pueden comprenderlo y nombrarlo de maneras diferentes.
Mi visión es otra: Dios es universal.
Lo entiendo como una fuerza y capacidad inteligente poderosísima presente en el universo y, de alguna manera, también localizada en el propio ser humano.
Somos pequeños frente a la inmensidad del cosmos y, al mismo tiempo, somos grandiosos porque podemos pensar, investigar, crear, amar y preguntarnos por el significado de nuestra propia existencia.
No dudo que llevemos dentro una pequeña expresión de esa inmensidad. Tenemos que viajar hacia nuestro interior y encontrarnos.
Y si aceptamos esa posibilidad, respetar al otro deja de ser solamente una norma de convivencia: se convierte en una responsabilidad espiritual, ética y moral.
Ciudadanos universales
Nací cubano y vivo en Estados Unidos. Amo mis raíces y también he aprendido a sentir como propio muchas cosas de este país donde vivo.
Pero hay una identidad todavía mayor que ninguna frontera debería arrebatarnos: la de ciudadano universal.
Las nacionalidades son parte de nuestra historia. Las culturas enriquecen nuestra existencia. Las banderas representan pueblos, memorias y aspiraciones.
El problema comienza cuando una bandera necesita convertir a otra en enemiga para afirmar su propia existencia.
Lo mismo sucede con las ideologías.
Demócratas, republicanos, socialistas y otras corrientes contienen posiciones diversas, y dentro de diferentes movimientos pueden aparecer extremos. Cuando una ideología nos impide escuchar, razonar o reconocer humanidad en quien piensa diferente, en el pensamiento, deja de ser solamente una herramienta para interpretar la sociedad y puede convertirse en una prisión mental.
Por eso existe algo que jamás deberíamos entregar a ningún partido, gobierno, doctrina o dirigente:
el sentido común.
El hombre multicéntrico
En ese punto encuentro especialmente interesantes las investigaciones de nuestro colega Roberto Domínguez sobre el hombre multicéntrico.
Entiendo ese concepto como la posibilidad de un ser humano capaz de estar intelectualmente en diferentes espacios sin convertirse en prisionero de uno solo; alguien con raíces, pero también con ventanas abiertas para convertirse en creador sin imposición.
Ser multicéntrico no significa carecer de principios.
Significa poder defender nuestras convicciones sin necesitar destruir las del vecino.
Y aquí aparece una de las grandes enseñanzas que nos dejó Benito Juárez:
«Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz».
Qué sencilla parece la frase.
Y qué difícil continúa siendo llevarla completamente a la práctica.
Nada es tan malo malo, como nada es tan bueno bueno
Hay una expresión que me gusta utilizar y que quizás parezca demasiado sencilla:
Nada es tan malo malo, como nada es tan bueno bueno.
Tiene algo de esa filosofía del campo, del monte, cerca de un arroyuelo, patrimonios de nuestros guajiros cubanos, que muchas veces sin haber estudiado grandes tratados filosóficos comprendieron verdades esenciales de la existencia. Y que me dices del DECORO?
Para José Martí, el decoro es mucho más que una conducta correcta: es la dignidad humana convertida en principio y acción. Es defender la libertad, actuar con honestidad y mantener la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Por eso escribió: «Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres». El decoro, en esencia, es no renunciar jamás a la dignidad.
No estoy diciendo que debamos renunciar a distinguir lo justo de lo injusto. Existen actos que debemos rechazar y derechos que debemos defender.
Hablo de otra cosa.
Hablo del equilibrio.
Equilibrio no significa colocarse obligatoriamente en el centro matemático de cualquier discusión. Tampoco significa permanecer indiferente ante el sufrimiento.
Equilibrio significa conservar nuestra capacidad de razonar cuando las pasiones intentan hacerlo por nosotros.
Significa ser capaces de reconocer una verdad aunque venga de alguien con quien normalmente discrepamos y reconocer un error aunque haya sido cometido por alguien a quien admiramos.
Eso también es dignidad.
Una vida donde no falte la ternura
Podemos construir computadoras extraordinarias. Podemos desarrollar inteligencia artificial. Podemos viajar hacia otros mundos. Podemos descubrir nuevas partículas y penetrar cada vez más profundamente en los secretos de la materia.
Pero existe una pregunta mucho más sencilla:
¿Estamos aprendiendo a ser mejores seres humanos?
Porque de poco serviría conquistar el universo si terminamos perdiendo nuestra humanidad.
Aspiro a una vida superior, pero no porque unos seres humanos estén por encima de otros.
Una vida superior por su calidad humana.
Una existencia donde puedan convivir inteligencia y sensibilidad, ciencia y espiritualidad, libertad y responsabilidad, firmeza y respeto.
Y, sobre todo, una vida donde nunca falte la ternura.
Una pregunta que queda pendiente
Pero esta reflexión conduce inevitablemente hacia otra mucho más inquietante.
Si hablamos de equilibrio, ¿podemos afirmar que la humanidad vive verdaderamente en equilibrio cuando algunas naciones han acumulado arsenales capaces de provocar una destrucción de dimensiones inimaginables?
¿Es equilibrio vivir bajo la posibilidad de la destrucción mutua?
¿Puede llamarse progreso a una civilización que ha desarrollado una inteligencia extraordinaria para fabricar armas capaces de destruirla, pero todavía necesita encontrar la sabiduría necesaria para garantizar que jamás sean utilizadas?
No quiero responder esas preguntas aquí.
Las dejo abiertas.
Serán motivo de una segunda reflexión, dirigida no contra una nación determinada, sino hacia la conciencia de quienes conducen los destinos de las naciones, grandes y pequeñas.
Porque quizás, antes de discutir sobre las grandes patrias, deberíamos recordar que existe otra patria infinitamente más pequeña y, paradójicamente, infinitamente más importante.
Una patria que cabe alrededor de una mesa.
Una patria donde aprendemos las primeras palabras, recibimos las primeras caricias y descubrimos por primera vez lo que significa amar.
Esa patria se llama ser humano.
Y se llama familia.
