Con pocas excepciones, ninguna de las formulas del pasado: evolución o revolución que sirvieron a Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón son, a corto plazo, viables para la mayoría de los países de América Latina que, medio milenio después, buscan caminos.
En Europa el surgimiento de las nacionalidades y los estados nacionales resultaron de una larga evolución endógena. Esos países no fueron colonias y en Estados Unidos esa condición no comprometió la evolución de las estructuras sociales.
En el llamado Primer Mundo, el despegue tecnológico, el crecimiento económico, el desarrollo social, la ideología liberal y la evolución de los sistemas políticos, promovidos desde dentro y por fuerzas internas, marcharon más o menos parejo. El desarrollo no se supeditó al capital extranjero, al mercado externo ni requirió de la ayuda exterior.
No ha ocurrido así en América Latina donde el colonialismo, además de realizar una vasta operación de saqueo y asociar los procesos económicos a las necesidades e intereses de las metrópolis, dio lugar a deformaciones estructurales que afectaron no solo la economía sino que impidieron el progreso nacional y lo subordinaron al capital extranjero y al mercado externo, influyendo negativamente en la formación de las estructuras de clases.
La conjugación de esos y otros factores, impidieron el desarrollo de las instituciones civiles, la instalación de estados política y jurídicamente solventes y la evolución de los sistemas políticos con base en la democracia y la inclusión que supone el ejercicio de la soberanía popular.
Mientras la economía europea y norteamericana, con recursos y talento nacional se desarrollaron de cara a los mercados internos, en América Latina se instaló el esquema agroexportador, que determinó la creación de estructuras y actividades como fueron las plantaciones, el latifundio, la minería en gran escala; así como la esclavitud y las encomiendas.
Donde Europa desarrolló una burguesía nacional interesada en producir para el consumo interno y promover políticas proteccionistas, América Latina vio surgir oligarquías dependientes de financiamientos, tecnologías y mercados externos, lo cual generó subordinación política. Mientras en Europa y los Estados Unidos, crecieron el campesinado y los empresarios rurales, en Iberoamérica se impusieron el latifundio y la plantación y la agricultura de subsistencia que impidieron el desarrollo del campesinado y del medio rural.
A ello se añade que el impetuoso desarrollo económico de Europa y los Estados Unidos demandaron enormes cantidades de energía, materias primas, minerales, madera y alimentos y otros renglones que América Latina producía en las cantidades necesarias y sumamente baratas. Así al latifundio y la plantación se sumaron pesadillas como el extractivismo y el rentismo.
Esos y otros factores explican por qué en Europa y los Estados Unidos, para procurar el progreso y afrontar las crisis, no es necesario reformar ni cambiar los sistemas políticos. Para lograr eso mismo en América Latina es preciso liquidar el poder de las oligarquías, reorientar la economía, desarrollar políticas sociales y dinamitar las estructuras políticas y construir democracias más o menos viables.
Esas reformas que nunca fueron necesarias en Europa ni en los Estados Unidos, donde las tendencias salvajes del capitalismo fueron eficazmente contrarrestadas, encuentran en América Latina una feroz resistencia no solo en fuerzas nacionales sino en elementos externos que se benefician con el status de subdesarrollo y dependencia vigente.
Para América Latina no se trata de fórmulas electivas y para avanzar no puede confiar en la espontaneidad, sino que está obligada a introducir reformas relativamente profundas. El problema es cómo hacerlo sin provocar rupturas sociales, combinando el dinamismo y la profundidad de las reformas y las políticas sociales con los intereses generales de la sociedad.
La idea de gobernar para los pobres es tan insostenible como hacerlo solo para la burguesía y las capas medias. La sociedad, aunque diversa, es un todo. La izquierda latinoamericano no solo necesita el poder, sino también una estrategia que le permita saber qué hacer cuando lo alcanza.
Esa inteligencia excluye la violencia, el autoritarismo y la tozudez. Estoy convencido de que, a la larga, aunque imperfecta, solo la democracia, la moderación y las estrategias de largo plazo, aportan opciones. Allá nos vemos.










