Yellow cake en Irán

Exiliado en los Estados Unidos, el eximio escritor ruso Máximo Gorki escribió un opúsculo en el cual, refiriéndose a Nueva York y quizás amargado por su nefasta experiencia en la urbe, tituló: “La ciudad del diablo amarillo”. El diablo era el dinero, con frecuencia homologado con el oro y, en algunos contextos, tratado como algo diabólico.
Así ocurre con otro metal igualmente pesado y también amarillo, el uranio, único componente de la bomba atómica y eje del conflicto de Irán con Estados Unidos, convertido en una especie de Vía Crucis para ese pueblo. La Torta amarilla (Yellow cake) es el primer paso en el proceso del enriquecimiento del uranio utilizado como combustible para los reactores de las centrales nucleares y todos los demás usos del mineral. En estado inicial no es apto para construir armas nucleares.
Actualmente, lo único que se requiere para construir una bomba atómica es uranio enriquecido en rangos superiores al 90 por ciento de pureza; lo demás es dinero, ingeniería y capacidades industriales, todo lo cual es asequible a los países de desarrollo medio. No obstante, no llegan a la docena los países que han desarrollado capacidades para enriquecer uranio. La razón es que no lo necesitan y como emprendimiento económico no es viable, es excesivamente peligroso y no está permitido por el Tratado de No Proliferación Nuclear, firmado por unos 200 países.
Entre los productores de uranio enriquecido figuran los nueve estados que poseen armas nucleares y lo utilizan para cubrir sus necesidades, así como Canadá, Australia, Brasil y Argentina que lo fabrican y comercializan a países que lo adquieren legalmente como combustible para sus plantas nucleares y otros usos civiles, principalmente investigaciones y docencia. El único país que teniendo cubiertas las necesidades para su única planta electronuclear, no posee bombas atómicas y es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear, enriquece uranio es Irán.
Según trascendidos, Irán comenzó a enriquecer uranio para satisfacer sus necesidades civiles y paulatinamente amplió sus capacidades. Debido a estas circunstancias, a otros hechos políticos y a la existencia de “islamofobia”, Irán fue duramente sancionado por Estados Unidos, la ONU y la Unión Europea, además de por otros países y entidades internacionales.
Bajo intensas presiones de estos mismos países y entidades sobre todo de Estados Unidos y del poderoso lobby israelí, Irán desarrolló las negociaciones Cinco+1 por las cuales en 2016 se firmó el Programa Integral de Acción Conjunta. Así el estado persa adquirió compromisos que limitaron no sólo sus capacidades técnicas para enriquecer uranio más allá del 3,5 por ciento, sino también las cantidades de mineral que, con este rango podía poseer.
Aunque con dificultades, los asuntos acerca del programa nuclear de Irán marchaban razonablemente bien, hasta la llegada a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, un crítico ferviente del Programa de Acción Conjunta al cual llegó a considerar “el peor tratado firmado por Estados Unidos” y del cual este país se dio baja en 2018, restableciendo automáticamente todas las sanciones contra Irán.
Aunque los cuatro restantes miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, Alemania y otros países, trataron de mantener la vigencia del acuerdo 5+1, con la baja de Estados Unidos, el restablecimiento de las sanciones y una intensa retórica anti iraní, el pacto estaba muerto y, obviamente, Irán se consideró liberado de lo acordado, aunque, digo yo, no lo estaba de las salvaguardas del Tratado de no Proliferación Nuclear del cual forma parte.
Aunque no tiene por qué albergar preocupaciones propias; tal vez presionado por Israel, el presidente Donald Trump manifestó una obsesiva preocupación por el uranio en poder de Irán y sus capacidades para aproximar el nivel de enriquecimiento al umbral nuclear.
La obcecada persistencia de Trump y la necesidad de Irán de liberarse de las ruinosas sanciones, dieron lugar a nuevas negociaciones que estaban en marcha cuando en marzo de 2025, Rafael Grossi, director general del OIEA, entregó un informe sobre la actividad nuclear de Irá en el cual expresaba preocupación acerca de que Irán aceleró el ritmo de producción de sus reservas de uranio enriquecido al 60%, cosa que lo aproximaba al 90% necesario para fabricar un arma nuclear. La advertencia desató los demonios.
En junio de 2025, Estados Unidos e Israel desataron contra Irán la Guerra de los 12 días como parte de la cual Trump envió una escuadrilla de aviones B-2 Spirit, con al menos 24 bombas anti bunker GBU- MOP 57, mientras desde submarinos atómicos lanzaron una treintena de misiles Tomahawk contra las instalaciones de Fordow, Natanz, e Isfahán donde se enriquecía uranio y según se presumía estaban las reservas de 440,9 kilogramos de uranio enriquecido hasta el 60 por ciento que quedaron enterradas para siempre.
En días recientes, estando vigente la tregua de 15 días, Trump se ha referido en varias ocasiones a este uranio que, de existir revela que el ataque de los super aviones con las super bombas fue un  super fracaso.  El caso es que  el belicoso presidente ha vuelto a plantar: O irán entrega el Uranio y destruye lo que queda de sus capacidades de enriquecimiento, o él destruye a Irán, comenzando por sus 100 centrales eléctricas y sus decenas de puentes ferroviarios y viales.
Aunque Irán parece haber perdido el dominio del aire y carece de defensas antiaéreas, aún dispone de capacidades militares ofensivas para dañar a Israel y a las bases de Estados Unidos, afirma que no entregará sus inventarios de uranio, reivindica derechos nucleares y probablemente no asista a las negociaciones con Estados Unidos, lo cual augura calamidades mayores. Ojalá ninguno adopte medidas extremas y den un chance al diálogo. Allá nos vemos
 

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