Democracia de segunda generación

Entre los mejores frutos de la Ilustración, época en la cual se gestó el liberalismo, una filosofía esencialmente pragmática que no especuló acerca de los orígenes del mundo o la naturaleza humana, sino que creó herramientas para reflexionar, crear riquezas, convivir, y dictar cátedra de cómo transformar el poder de instrumento de opresión a factor de progreso. Así inventaron  la democracia.

Ese pensamiento desbrozó el camino a las revoluciones de Norteamérica, Francia, y las luchas por la independencia de América Latina. La idea, que funcionó de modo muy desigual, era establecer la soberanía popular, el laicismo, el imperio del derecho y la institucionalidad, que junto al sufragio, son componentes esenciales del estado de derecho.

Por el mismo camino, sin que pueda establecerse una precedencia visible,  avanzó la revolución tecnológica, que al introducir la maquinaria y concentrar la producción, transformó al taller en fábrica, al artesano en operario, y al siervo en proletario, modificando las relaciones entre el capital y el trabajo. Así se transformaron las estructuras sociales, los modos de producir y de vivir, llegando al capitalismo. Una nueva era.

El capitalismo, que en los siglos XIX y XX transformó a Europa, los Estados Unidos, y Japón, se estancó en América Latina, donde fue cooptado por las políticas neocoloniales y el caudillismo. Mientras en Europa la doctrina liberal se conectaba con el socialismo marxista, dando lugar a corrientes políticas que asumieron la crítica al capitalismo sin prescindir de la democracia, los bolcheviques trataron de innovar, pero a su modelo les faltaron componentes esenciales.

Aunque se muestra reticente para asumir ninguna de las etiquetas que en el pasado sirvieron para nombrar las corrientes políticas, la nueva izquierda latinoamericana avanza hacia una simbiosis que reivindica, tanto al credo democrático, sin lo cual ningún proyecto político irá a ninguna parte, como a los ideales de justicia social, que junto a liderazgos legítimos y eficaces, hacen una combinación perfecta.

En Cuba, donde los fallos de la república liberal crearon espacios para la Revolución, se realizó una vasta obra social, y se trabaja en la restructuración del modelo económico, que inevitablemente conlleva a reflexiones mayores acerca del diseño del sistema, con vistas al perfeccionamiento institucional y la democratización de la gestión política.

El asunto cobra mayor relevancia al coincidir con un momento en el cual la generación que inició y condujo la Revolución, se enfrascó en la construcción del socialismo, e inició el proceso de normalización de las relaciones con Estados Unidos, cede protagonismo a hombres y mujeres que, aunque forjados en la lucha, no cuentan con otros avales que la idoneidad y la competencia que muestren en las responsabilidades asignadas. El cambio requerirá ajustes institucionales y un marco jurídico apropiado.

En el futuro el liderazgo nacional surgirá, principalmente, de la consulta con las masas por medio de las urnas. En esas circunstancias, el rediseño de los mecanismos constitucionales y electorales será pertinente. Si bien no hay apremios, el tiempo no sobra. Allá nos vemos.