DE LOS EMBARGOS, MUROS Y BLOQUEOS A LOS PUENTES DE PAZ Y AMOR
¿Cuándo Estados Unidos y Cuba van a sentarse a conversar?
Hay momentos en la historia en que las naciones deben preguntarse si las políticas mantenidas durante décadas continúan sirviendo a los pueblos o si ha llegado la hora de buscar nuevos caminos.
Cuba y Estados Unidos llevan demasiado tiempo separados por una compleja historia de confrontaciones, sanciones, desconfianzas y heridas acumuladas. Sin embargo, la geografía, la cultura, las familias y la propia historia han demostrado una y otra vez que 90 millas pueden separar dos costas, pero no tienen por qué separar para siempre a dos pueblos.
Hoy proponemos mirar esa relación desde otra perspectiva.
No desde el odio.
No desde la imposición.
No desde los muros.
Sino desde la paz, el diálogo y el amor entre los seres humanos.
Martí y King: dos voces que todavía hablan
José Martí escribió para Cuba, pero pensó también en la humanidad. Su pensamiento estuvo marcado por una profunda preocupación por la dignidad del ser humano y por la necesidad de construir una sociedad basada en la justicia.
Martin Luther King Jr., décadas después y desde Estados Unidos, convirtió el amor y la resistencia no violenta en instrumentos de transformación social.
Una de sus reflexiones conserva una extraordinaria vigencia:
“La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; sólo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio; sólo el amor puede hacer eso.”
Martí y King pertenecieron a épocas y circunstancias diferentes. No debemos borrar esas diferencias históricas. Pero existe un punto donde sus legados pueden encontrarse: la defensa de la dignidad humana y la convicción de que una sociedad mejor no puede construirse eternamente sobre el odio.
Ese mensaje merece ser escuchado hoy.
Más de seis décadas son suficientes
Después de más de seis décadas de confrontación entre Washington y La Habana, cabe formular una pregunta elemental:
¿Ha llegado el momento de intentar algo diferente?
Las políticas de aislamiento, sanciones y restricciones no han logrado resolver las profundas diferencias políticas existentes entre ambos gobiernos.
Mientras tanto, quienes sufren las consecuencias de cada nueva tensión son, en buena medida, las familias.
Familias cubanas.
Familias cubanoamericanas.
Personas que viven a ambos lados del Estrecho de la Florida y que muchas veces desean algo mucho más sencillo que las grandes disputas geopolíticas: vivir, trabajar, viajar, ayudar a sus familiares y construir un futuro mejor.
Cambiar muros por puentes
Un puente no significa renunciar a los principios.
Dialogar tampoco significa aceptar las ideas del otro.
La diplomacia existe precisamente porque los países tienen diferencias.
Estados Unidos y Cuba pueden discrepar profundamente sobre sus respectivos sistemas políticos, derechos humanos, economía, propiedad, seguridad y política internacional.
Pero esas diferencias no impiden necesariamente la cooperación en asuntos concretos.
Migración.
Narcotráfico.
Protección del medio ambiente.
Huracanes y desastres naturales.
Salud.
Agricultura.
Comercio.
Cultura.
Ciencia.
Seguridad marítima.
Reunificación familiar.
Hay muchos terrenos donde la cooperación puede sustituir progresivamente a la confrontación.
La paz no es debilidad
Durante demasiado tiempo la palabra diálogo ha sido interpretada por algunos sectores como una concesión.
No debería ser así.
Sentarse a conversar con quien piensa diferente requiere firmeza, inteligencia y visión política.
Los grandes conflictos de la humanidad no terminan únicamente porque una parte derrota a la otra. Muchos terminan cuando alguien tiene el valor de abrir una puerta que parecía cerrada.
Por eso creemos que ha llegado el momento de sustituir gradualmente la política del castigo por la política del entendimiento; los muros por los puentes; el aislamiento por el intercambio.
No se trata de borrar la historia.
Se trata de aprender de ella.
Dos pueblos destinados a encontrarse
Cuba y Estados Unidos tienen vínculos históricos mucho más profundos que cualquier coyuntura política.
Hay sangre, familias, cultura, música, comercio, recuerdos y sueños compartidos entre ambas orillas.
Miami es probablemente una de las demostraciones más visibles de esa realidad.
Por eso, desde esta ciudad donde conviven tantas experiencias y opiniones sobre Cuba, también puede surgir un mensaje diferente.
Un mensaje que no exija que todos pensemos igual.
Un mensaje que simplemente reconozca que ninguna diferencia política debería impedirnos buscar caminos para aliviar el sufrimiento humano y construir convivencia.
José Martí soñó con el bien de todos.
Martin Luther King soñó con una sociedad donde la dignidad humana estuviera por encima del odio y la discriminación.
Desde sus circunstancias históricas distintas, ambos dejaron semillas que todavía pueden ayudarnos a pensar el presente.
Quizás ha llegado el momento de escucharlas.
Menos sanciones.
Menos muros.
Menos odio.
Más diálogo.
Más cooperación.
Más puentes.
Porque al final, por encima de gobiernos, ideologías y diferencias políticas, están los seres humanos.
Y entre Cuba y Estados Unidos, después de tantos años de confrontación, quizás la política más revolucionaria de todas sea también la más sencilla:
PAZ Y AMOR.
