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Cubano americano toca puertas en Washington

Cubano-americano toca puertas en Washington: “El silencio es una traición”
Por Carlos Rafael Diéguez | Radio Miami Today
Washington escucha muchas voces cuando se habla de Cuba. Algunas llegan desde los despachos oficiales, otras desde los grupos de presión y los medios de comunicación. Pero hay ocasiones en que una voz adquiere una fuerza diferente porque viene acompañada de una historia familiar, de recuerdos y, sobre todo, de la preocupación por quienes permanecen al otro lado del estrecho de la Florida.
Ese fue el sentido de la intervención de Félix Sharpe Caballero, cubano-americano residente en Michigan, durante una audiencia en Washington titulada “Silence is Betrayal” —“El silencio es una traición”—.


Sharpe no habló solamente como ciudadano estadounidense. Habló también como miembro de una familia cubana que continúa teniendo vínculos estrechos con la Isla.
Según relató, su familia emigró a Estados Unidos en la década de 1960 y estableció su vida en Michigan. Él creció en Detroit, pero asegura que mantiene una relación cercana con sus familiares en Cuba. Antes de las actuales dificultades para viajar, visitaba la Isla con frecuencia y ahora se prepara para regresar después de dos años, entre otras razones para entregar documentos de inmigración a familiares.
Una denuncia desde la experiencia familiar
El discurso de Sharpe adquiere especial intensidad cuando abandona las consideraciones históricas y comienza a hablar de la realidad cotidiana de sus familiares.
Cita mensajes recibidos desde Banes, donde un sobrino le describe una situación marcada por la falta de alimentos, agua y electricidad.
“Cada día las cosas están peor”, relata Sharpe al reproducir el mensaje de su sobrino. “Estamos literalmente muriendo de hambre; estamos sin agua, comida y electricidad. Dios ayúdanos”.
Es difícil escuchar un testimonio semejante y reducirlo simplemente a una discusión entre gobiernos.
Porque detrás de las estadísticas sobre sanciones, comercio, petróleo, bloqueos, remesas o relaciones internacionales existen personas concretas: niños, ancianos, enfermos y familias separadas.
Los médicos también tienen algo que decir
Otro de los elementos más dramáticos de su intervención fue el testimonio que, según explicó, recibió de familiares vinculados al sistema de salud cubano.
Sharpe mencionó una conversación con su primo, el doctor Onassis Reyes Caballero, a quien identifica como director del Instituto de Inmunología en La Habana. Según su relato, la escasez de medicamentos y de equipamiento hospitalario está haciendo particularmente difícil la atención médica.
También habló de otro familiar, el doctor Raúl Calderín Sharp, relacionado con la atención prenatal y el tratamiento de recién nacidos que necesitan cuidados especiales.
El problema, de acuerdo con el testimonio presentado ante la audiencia, se vuelve crítico cuando falta la electricidad y dejan de funcionar equipos indispensables para mantener con vida a determinados pacientes.
Sharpe lo expresó de una manera que difícilmente puede dejar indiferente a quien lo escucha: “Los bebés están muriendo cada día”.
No se trata aquí de convertir una afirmación testimonial en una estadística oficial. Se trata de reconocer el valor periodístico de escuchar a quienes describen desde dentro las consecuencias humanas de una crisis prolongada.
Una petición que va más allá de las posiciones políticas
Félix Sharpe sostiene que durante décadas la política estadounidense hacia Cuba ha utilizado la presión económica como instrumento para provocar un cambio político en la Isla.
En su intervención cuestionó esa estrategia y afirmó que el pueblo cubano ha terminado pagando una parte importante del costo de esa confrontación.
También denunció la existencia, según sus notas para la presentación, de miles de contenedores con alimentos, medicinas y productos básicos que —afirma— permanecen detenidos e impiden que esos recursos lleguen a los cubanos.
Pero hay una cuestión de fondo que no necesita esperar una disputa semántica para ser planteada: ¿puede una política destinada a presionar a un gobierno terminar agravando las condiciones de vida de la población que pretende beneficiar?
Esa es una pregunta legítima para Washington, para La Habana y para todos los actores involucrados.
Cuba necesita una salida, no otra vuelta al mismo círculo
Sharpe recordó también los vínculos de su familia con Guantánamo y su propia experiencia como cubano-americano. Su discurso no fue un alegato para defender todas las políticas del gobierno cubano.
Fue, fundamentalmente, un llamado a mirar las consecuencias humanas de una confrontación que se ha prolongado durante generaciones.
Y aquí aparece quizá el elemento más interesante de su intervención.
El cubano-americano que llegó a Washington no está pidiendo que Estados Unidos abandone sus intereses. Está planteando que la política exterior también debe considerar a los ciudadanos comunes, incluidos los cubanos que tienen familiares en la Isla.
Porque cuando dos gobiernos se enfrentan, las fronteras políticas son una cosa. Las familias son otra.
Los alimentos, las medicinas, el agua, la electricidad y la atención a los enfermos no deberían convertirse en instrumentos de una guerra política interminable.
Cuando toca las puertas de Washington Félix Sharpe Caballero, ha decidido tocar el corazón y los sentimientos de los políticos qué rigen hoy una absurda e inhumana práctica qué daña la vida del pueblo cubano.
No sabemos qué efecto tendrá su intervención en quienes toman las decisiones. Pero su presencia allí demuestra algo que con frecuencia se olvida: la comunidad cubano-americana no es monolítica.
Hay cubano-americanos que tienen posiciones muy diferentes sobre el futuro de Cuba. Algunos defienden la máxima presión, hasta invasiones y embargos petrolero ; otros consideran que es necesario negociar; otros simplemente quieren poder ayudar a sus familiares sin que la política se interponga.
Escuchar esa diversidad también forma parte de la democracia estadounidense.
Al final de su intervención, Sharpe agradeció la oportunidad y cedió la palabra a los demás participantes. Pero dejó sobre la mesa una reflexión que resume el espíritu de su presentación: cuando el sufrimiento de una población se convierte en parte de una estrategia política, guardar silencio deja de ser una opción sencilla.
Washington tiene ahora la palabra.
Y quizá la pregunta no sea solamente qué política debe seguir Estados Unidos hacia el gobierno cubano.
La pregunta más urgente puede ser otra:
¿qué política puede ayudar a que el pueblo cubano viva mejor mientras se busca una solución al conflicto?
Esa debería ser una conversación nacional, cubana y estadounidense.
Porque la paz, antes de ser un acuerdo entre gobiernos, comienza cuando la vida y la dignidad de las personas dejan de ser consideradas daños colaterales.

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Presentación de la audiencia paralela: «El silencio es una traición»

Traducción del original del inglés. Palabras de la intervención.

Gracias por invitarme a participar aquí hoy. Soy Felix Sharpe Caballero, procedo del gran estado de Michigan, donde vivo, en el importantísimo 7.º distrito congresual.

Con mis padres, Luis y Orlaida Sharpe, emigré a Estados Unidos en 1966; mi padre había llegado antes, en 1964. En aquel entonces, no había afrodescendientes cubanos abandonando Cuba, ni uno solo.

Cuando nací en Cuba, no podía asistir a la escuela; mis padres no podían poseer propiedades ni podíamos acceder a la atención sanitaria. Verán, la Cuba anterior a 1959 era un Estado de apartheid, respaldado por los Estados Unidos de América.

La familia Sharpe pudo salir de Cuba durante aquellos tiempos difíciles gracias a la Marina de los Estados Unidos, en la bahía de Guantánamo, donde mi padre, mis tíos y mis tías eran empleados civiles de la base. Dentro de la sociedad cubana de Caimanera, Cuba, solo podían dedicarse a lustrar zapatos o trabajar como empleadas domésticas. Mi tío Harry llegó a dirigir durante 34 años el Officer’s Mess Club (CPO) de la bahía de Guantánamo.

En una ocasión visité GITMO por invitación del comandante de la base, con motivo del Día de la Amistad Cubano-Estadounidense.

Somos una de las primeras y más grandes familias afrodescendientes cubanas que emigraron a Estados Unidos, porque el Estado cubano de apartheid dirigido por Batista y respaldado por Estados Unidos simplemente no lo permitía o lo hacía extremadamente difícil.

Mi familia también es numerosa en la Isla y, aunque crecí en Detroit, siguen siendo muy cercanos y queridos para mí. Antes de las actuales dificultades para viajar, viajaba a la Isla entre tres y cuatro veces al mes. Pronto regresaré por primera vez en dos años para entregar los formularios originales de inmigración I-130.

Frederick Douglass señaló que «los límites de la sumisión de un pueblo miden la injusticia que se le impone». Durante 70 años se ha cometido contra el pueblo cubano una injusticia como pocas que el mundo haya visto.

Las injusticias perpetradas HOY contra el pueblo cubano han llegado al punto del GENOCIDIO.

Estamos utilizando el hambre, la falta de medicamentos, la falta de electricidad para cocinar y obtener agua, la escasez de alimentos y de productos básicos de higiene, como las compresas sanitarias para mujeres jóvenes y mayores, y la ausencia de todos estos recursos, contra el pueblo cubano para conseguir el derrocamiento económico del Gobierno cubano.

Hay 7.000 contenedores con todos estos artículos que han sido retenidos e impedidos de ser entregados a una sociedad cubana que lucha contra el hambre y las dificultades.

Los Estados Unidos de América llevan 70 años librando una guerra por delegación, en nombre de la aristocracia cubano-estadounidense, una política con la que la mayoría de mis compatriotas estadounidenses no está de acuerdo.

Estas políticas y prácticas se están aplicando ahora con mayor eficacia y provocando más muertes que nunca.

En Banes, Cuba, mi sobrino escribió hace varios meses:

«Tío, no sé si quiero vivir o morir. Apenas tenemos comida ni agua».

Ayer mismo escribió para decir:

«Tío, cada día las cosas están peor». «Literalmente nos estamos muriendo de hambre. Estamos sin agua, sin comida y sin electricidad. Dios, ayúdanos».

El lunes de esta semana mantuve una conversación con mi primo, el doctor Onassis Reyes Caballero, que se está recuperando de chikunguña. Basándonos en lo que está viendo diariamente, fue una conversación muy difícil.

Como director del Instituto de Inmunología de La Habana, basta decir que, debido a la escasez de medicamentos y de equipamiento hospitalario adecuado, un diagnóstico de cáncer en Cuba hoy puede convertirse en una sentencia de muerte lenta y casi segura, pese a que Cuba ha desarrollado verdaderos avances y tratamientos extraordinarios en medicina, incluidos tratamientos para el cáncer y el alzhéimer.

Ayer hablé con mi primo, el doctor Raul Calderine Sharp, que dirige la atención prenatal y el tratamiento posterior al nacimiento de bebés que nacen y requieren atención médica adicional.

Cuando se va la electricidad y los respiradores dejan de funcionar, el personal médico sabe qué bebés tienen más probabilidades de sufrir y se prepara para acompañarlos y cuidarlos durante el apagón.

Pero los bebés… los bebés están muriendo. Los bebés mueren todos los días.

Esta es apenas una breve ventana a la situación de la atención sanitaria.

La sociedad cubana está siendo desmantelada estratégicamente hasta sus cimientos, «porque los límites de su sumisión durante 70 años han sido infinitos».

Hay personas que han dejado constancia de que quieren asegurarse de que, si algún día aparece otro Barack Obama o una Delia Ramírez y pone en marcha un proceso diplomático basado en principios, respeto y cooperación geográfica, resulte imposible recuperar la civilización que una vez se llamó República de Cuba.

Esa es la definición de genocidio.

Gracias por la oportunidad de comparecer ante ustedes hoy. Podría hablar con mucho más detalle y aportar ejemplos concretos de las dificultades cotidianas en otras áreas de la vida en Cuba.

Por razones de tiempo, me retiro para permitir que mis distinguidos compañeros de esta audiencia ofrezcan sus valiosas perspectivas.

Gracias.

  • El pueblo cubano se ha adaptado durante 70 años y volverá a hacerlo.
  • Secretario de Estado: «Cada vez que crean un nuevo mecanismo mediante el cual intentan escapar de la soga, nosotros simplemente lo cerramos».
  • S. 136, H.R. 7521, H.J. Res.
  • Coste que el bloqueo supone para las familias cubano-estadounidenses que apoyan a sus familiares en la Isla.
  • El bloqueo genera miles de millones de dólares en ingresos para empresas del sur de Florida, comenzando por los 20.000 millones de dólares asignados anualmente a USAID.
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