
Debido a circunstancias históricas irrepetibles, Estados Unidos que debutó en los escenarios históricos como el proyecto político más avanzado de su época, autor de la primera revolución anticolonial y antimonárquica, constituyó la primera república y el primer estado de derecho, forjándose a sí mismo como el país más liberal y pragmático de la tierra.
Mientras esto ocurría, en Europa occidental cuyo desarrollo precedió al de los Estados Unidos al menos en mil años, en el siglo XIX europeo, como respuesta al llamado “capitalismo salvaje” que acompañó a la Revolución Industrial, aparecieron corrientes alternativas al liberalismo lideradas por el marxismo.
Como quien clava una “pica en Flandes”, Karl Marx presentó alternativas ideológicas acogidas por una parte de la sociedad, especialmente por la intelectualidad ligada al mundo del trabajo, incluso por una parte del clero personificado en el papa León XIII.
Así, en Europa se multiplicó el pensamiento avanzado expresado en el surgimiento de corrientes todavía vigentes: socialdemocracia, democracia cristiana, socialismo y comunismo. Mientras las demás asumieron posiciones moderadas, que intentaban conciliar los intereses de clases, el comunismo abogó por la revolución que preconizaba la toma del poder por el proletariado, el desplazamiento de la burguesía como clase dominante y el cambio de sistema y de régimen político, lo cual lo convirtió en extremadamente peligroso para el estatus quo.
Un momento decisivo fue la publicación en 1848 del Manifiesto Comunista, la obra politica, más publicada, leída y eficaz en la promoción del comunismo de todos los tiempos, la cual convirtió a su autor, Karl Marx en una especie de enemigo público número uno.
La reacción del poder político y de los poderes fácticos de entonces fue brutal, Karl Marx fue declarado proscrito, se le prohibió vivir en casi toda Europa, también de su propia patria (Prusia) y su pensamiento fue confrontado por todos los medios, incluso fue juzgado en el Proceso de los Comunistas de Colonia (Alemania)
En 1917 triunfó la Revolución Bolchevique en Rusia, en momentos en que aquel país combatía en la Primera Guerra Mundial del lado de los americanos. Así las ideas marxistas cruzaron el Atlántico y se arraigaron en las Américas, no sólo de modo espontáneo sino por la gestión de la III Internacional o Internacional Comunista, una eficaz organización creada por Lenin en 1919.
La Revolución bolchevique no fue un proyecto exclusivamente ruso, sino el prólogo de la revolución mundial, un exaltado proyecto político resultante de una interpretación errónea de las ideas de Marx acerca de que el socialismo, como sistema social, se impondría en toda la humanidad. Lenin, Trotski y Bujarin entre otros intelectuales bolcheviques creyeron posible adelantar tales procesos. Los resultados están a la vista.
Con aquellos propósitos, con las advertencias europeas y con las primeras experiencias de acciones realizadas por el presidente Woodrow Wllson durante la Guerra Civil en Rusia, Estados Unidos hizo lo que nunca había hecho, al adoptar una corriente de pensamiento como una especie de credo oficial: el anticomunismo que prosperó incluso más que la doctrina la cual se oponía.
No obstante, andando el tiempo, Estados Unidos se encontró ante la tarea histórica de combatir al fascismo en los campos de batalla, entonces, Franklin D. Roosevelt, el más lúcido y audaz de los estrategas políticos que han habitado la Casa Blanca, comprendió la necesidad de formar una alianza mundial de fuerzas antifascistas que no sería eficaz sin la Unión Soviética, el más poderoso y convencido enemigo de Hitler.
Proponer al pueblo americano y a sus élites una alianza con la Unión Soviética, gonfalón del comunismo mundial era casi una misión imposible. Salvando distancias, algo parecido debe haberle ocurrido a la URSS al disponer un entendimiento estratégico con el imperialismo yanki.
En Estados Unidos y la Unión Soviética, para dar mínimos de coherencia, al establecimiento de la alianza militar y política entre ambos, convirtiéndose de adversarios en compañeros de viaje en la lucha antifascista, requirió cambios en los enfoques políticos e ideológicos respectivos.
Mientras Stalin dispuso la disolución de la III Internacional, en Estados Unidos la situación aconsejó pronunciamientos favorables a la Unión Soviética que, a partir de entonces fue presentada como un país aceptable y un aliado confiable y eficaz. Así apareció en afiches, periódicos, revistas, filmes, incluso comerciales. Stalin fue dos veces (1939 y 1943) el “Hombre del año” de la revista Times.
Entonces, desde el poder se auspició una imagen favorable de la unión Soviética, con lo cual hubo alguna difusión de sus doctrinas que prosperaron incluso en los primeros años de la posguerra. Modificar aquel estado de cosas y sintonizar la ideología con la Guerra Fría, explican el renacer del anticomunismo en Estados Unidos y el encumbramiento de su expresión más radical: el Macartismo.
El Macartismo fue una corriente política e ideológica que, propugnada por el Senador Joseph R. McCarthy prosperó en los Estados Unidos en los años cincuenta del pasado siglo XX que estuvo destinada a contrarrestar las simpatías por la Unión Soviética y el discreto auge de sus doctrinas.
Sin ninguna propuesta política, McCarthy basó su proselitismo en acusaciones de simpatizar con el comunismo o servir a la Unión Soviética, lo cual consideraba como traición a los Estados Unidos, convirtiéndolo en un virtual delito y en gonfalón de la persecución del comunismo que hasta hoy subsiste en los Estados Unidos.
La génesis de este fenómeno se encuentra en el descontento en círculos reaccionarios de los Estados Unidos por la alianza establecida por Franklin D. Roosevelt con la Unión Soviética para la lucha antifascista durante la II guerra Mundial, uno de cuyos resultados fue que la URSS fuera considerada un aliado leal y su aporte a la victoria fuera estimado.
Desaparecida la Unión Soviética, los ex países rusofilos de Europa Oriental, todas las grandes organizaciones internacionales de inspiración marxista y con el comunismo en remisión, Estados Unidos, en especial el secretario de estado Marcos Rubio, para implicar a Cuba como enemigo y peligro para Estados Unidos, acude al insólito expediente de considerar a la Isla, como una especie de líder del comunismo internacional, cosa que Cuba no es, entre otras cosas porque no existe tal fenómeno.
Tal vez en su afán, por distintas razones, como ocurrió en los años cuarenta, ponderar un fenómeno que en fecha no lejana fue su principal adversario, Estados Unidos se da otro tiro en el pie. Allá nos vemos.
Mientras esto ocurría, en Europa occidental cuyo desarrollo precedió al de los Estados Unidos al menos en mil años, en el siglo XIX europeo, como respuesta al llamado “capitalismo salvaje” que acompañó a la Revolución Industrial, aparecieron corrientes alternativas al liberalismo lideradas por el marxismo.
Como quien clava una “pica en Flandes”, Karl Marx presentó alternativas ideológicas acogidas por una parte de la sociedad, especialmente por la intelectualidad ligada al mundo del trabajo, incluso por una parte del clero personificado en el papa León XIII.
Así, en Europa se multiplicó el pensamiento avanzado expresado en el surgimiento de corrientes todavía vigentes: socialdemocracia, democracia cristiana, socialismo y comunismo. Mientras las demás asumieron posiciones moderadas, que intentaban conciliar los intereses de clases, el comunismo abogó por la revolución que preconizaba la toma del poder por el proletariado, el desplazamiento de la burguesía como clase dominante y el cambio de sistema y de régimen político, lo cual lo convirtió en extremadamente peligroso para el estatus quo.
Un momento decisivo fue la publicación en 1848 del Manifiesto Comunista, la obra politica, más publicada, leída y eficaz en la promoción del comunismo de todos los tiempos, la cual convirtió a su autor, Karl Marx en una especie de enemigo público número uno.
La reacción del poder político y de los poderes fácticos de entonces fue brutal, Karl Marx fue declarado proscrito, se le prohibió vivir en casi toda Europa, también de su propia patria (Prusia) y su pensamiento fue confrontado por todos los medios, incluso fue juzgado en el Proceso de los Comunistas de Colonia (Alemania)
En 1917 triunfó la Revolución Bolchevique en Rusia, en momentos en que aquel país combatía en la Primera Guerra Mundial del lado de los americanos. Así las ideas marxistas cruzaron el Atlántico y se arraigaron en las Américas, no sólo de modo espontáneo sino por la gestión de la III Internacional o Internacional Comunista, una eficaz organización creada por Lenin en 1919.
La Revolución bolchevique no fue un proyecto exclusivamente ruso, sino el prólogo de la revolución mundial, un exaltado proyecto político resultante de una interpretación errónea de las ideas de Marx acerca de que el socialismo, como sistema social, se impondría en toda la humanidad. Lenin, Trotski y Bujarin entre otros intelectuales bolcheviques creyeron posible adelantar tales procesos. Los resultados están a la vista.
Con aquellos propósitos, con las advertencias europeas y con las primeras experiencias de acciones realizadas por el presidente Woodrow Wllson durante la Guerra Civil en Rusia, Estados Unidos hizo lo que nunca había hecho, al adoptar una corriente de pensamiento como una especie de credo oficial: el anticomunismo que prosperó incluso más que la doctrina la cual se oponía.
No obstante, andando el tiempo, Estados Unidos se encontró ante la tarea histórica de combatir al fascismo en los campos de batalla, entonces, Franklin D. Roosevelt, el más lúcido y audaz de los estrategas políticos que han habitado la Casa Blanca, comprendió la necesidad de formar una alianza mundial de fuerzas antifascistas que no sería eficaz sin la Unión Soviética, el más poderoso y convencido enemigo de Hitler.
Proponer al pueblo americano y a sus élites una alianza con la Unión Soviética, gonfalón del comunismo mundial era casi una misión imposible. Salvando distancias, algo parecido debe haberle ocurrido a la URSS al disponer un entendimiento estratégico con el imperialismo yanki.
En Estados Unidos y la Unión Soviética, para dar mínimos de coherencia, al establecimiento de la alianza militar y política entre ambos, convirtiéndose de adversarios en compañeros de viaje en la lucha antifascista, requirió cambios en los enfoques políticos e ideológicos respectivos.
Mientras Stalin dispuso la disolución de la III Internacional, en Estados Unidos la situación aconsejó pronunciamientos favorables a la Unión Soviética que, a partir de entonces fue presentada como un país aceptable y un aliado confiable y eficaz. Así apareció en afiches, periódicos, revistas, filmes, incluso comerciales. Stalin fue dos veces (1939 y 1943) el “Hombre del año” de la revista Times.
Entonces, desde el poder se auspició una imagen favorable de la unión Soviética, con lo cual hubo alguna difusión de sus doctrinas que prosperaron incluso en los primeros años de la posguerra. Modificar aquel estado de cosas y sintonizar la ideología con la Guerra Fría, explican el renacer del anticomunismo en Estados Unidos y el encumbramiento de su expresión más radical: el Macartismo.
El Macartismo fue una corriente política e ideológica que, propugnada por el Senador Joseph R. McCarthy prosperó en los Estados Unidos en los años cincuenta del pasado siglo XX que estuvo destinada a contrarrestar las simpatías por la Unión Soviética y el discreto auge de sus doctrinas.
Sin ninguna propuesta política, McCarthy basó su proselitismo en acusaciones de simpatizar con el comunismo o servir a la Unión Soviética, lo cual consideraba como traición a los Estados Unidos, convirtiéndolo en un virtual delito y en gonfalón de la persecución del comunismo que hasta hoy subsiste en los Estados Unidos.
La génesis de este fenómeno se encuentra en el descontento en círculos reaccionarios de los Estados Unidos por la alianza establecida por Franklin D. Roosevelt con la Unión Soviética para la lucha antifascista durante la II guerra Mundial, uno de cuyos resultados fue que la URSS fuera considerada un aliado leal y su aporte a la victoria fuera estimado.
Desaparecida la Unión Soviética, los ex países rusofilos de Europa Oriental, todas las grandes organizaciones internacionales de inspiración marxista y con el comunismo en remisión, Estados Unidos, en especial el secretario de estado Marcos Rubio, para implicar a Cuba como enemigo y peligro para Estados Unidos, acude al insólito expediente de considerar a la Isla, como una especie de líder del comunismo internacional, cosa que Cuba no es, entre otras cosas porque no existe tal fenómeno.
Tal vez en su afán, por distintas razones, como ocurrió en los años cuarenta, ponderar un fenómeno que en fecha no lejana fue su principal adversario, Estados Unidos se da otro tiro en el pie. Allá nos vemos.