Por Elsa Vega Jiménez
Coordinadora de Martianos de Canarias.
Hay personas que nacen para dejar huellas imborrables. Varias patrias americanas han dado al mundo nombres ejemplares para la veneración y el respeto de las subsiguientes generaciones.
Ninguna como Cuba para legarnos el guía de vigencia actual y, parece ser, de acuerdo con el acontecer histórico, imperecedero. José Julián Martí Pérez (1853-1895) demostró que su pensamiento y su acción no tenían como destinatario solo a su país, su prestigio como político y escritor se extendió por una amplia zona de la geografía no solo americana, sino mundial. Solo unos escasos ejemplos: Uruguay, Paraguay y Argentina le nombraron cónsul. Residió en España, México, Guatemala, Venezuela y en todos dejó su impronta. En calidad de cronista, sus artículos se difundieron en más de una veintena de periódicos de varias naciones. Todos ellos transmitían un cántico a la libertad para los pueblos sometidos a gobiernos foráneos. Ha sido traducido a una cuarentena de idiomas y su obra se estudia en varios niveles de enseñanza en el mundo.
Estudioso profundo de la historia de Cuba, cada ocasión le era propicia para denunciar las condiciones humillantes que se vivían al faltar la independencia. Su fecundo trabajo estuvo encaminado a cambiar el estatus político de Cuba y de Puerto Rico, el de Cuba se alcanzó con su arduo trabajo para lograr la unidad de criterio y de acción de todos aquellos que estuviesen deseosos de vivir en una patria libre.
No era nuestro Martí capitán araña. La guerra organizada por él se inició el 24 de febrero de 1895. En contra de la voluntad de familiares y amistades, se incorporó a ella. Viajando desde Santo Domingo, el 11 de abril de 1895 desembarcó por Playitas de Cajobabo, Guantánamo, zona oriental de la isla. A aquel civil independentista lo acompañaban en el bote cinco hombres curtidos en la guerra y con grados militares: Mayor General Máximo Gómez Báez, veterano de la Guerra de los Díez Años, Coronel Marcos del Rosario, ambos dominicanos, el General santiaguero Francisco Borrero, el General holguinero Ángel Guerra Porro, con sobrada experiencia por haber participado activamente en las guerras y el hombre cercano a Martí, confiable, honrado, discreto, inteligente, en cuyas manos estaba custodiar y administrar los fondos destinados a la guerra, el Capitán espirituano César Salas.
Tal era el prestigio ganado por Martí en su tenaz y persistente lucha por organizar a los cubanos, de dentro de la isla y a los que se encontraban fuera, para emprender la lucha armada en aras de lograr la independencia que, a escasos cuatro días de su llegada a tierra cubana, el 15 de abril de 1895, a propuesta del Mayor General Máximo Gómez, a él que las únicas armas que ha utilizado son la palabra y la pluma como traducción de su pensamiento, se le confiere la categoría militar de Mayor General. Es un reconocimiento a su calidad de estratega militar. En su modestia, relata con sencillez tanto el hecho del otorgamiento de la categoría a que lo han ascendido quienes llevan las huellas imborrables dejadas en aquellos que han saboreado la participación en guerras, como por la calidez de los abrazos sinceros que recibe de los presentes.
Así quedó escrito en su Diario de Campaña:
“Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido, que, aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su jefe electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General.
Lo abrazo. Me abrazan todos. —A la noche, carne de puerco con aceite de coco, y es buena”.
Solo un mes y cuatro días pudo participar de las cuestiones inherentes a una lucha armada.
Pero horas antes de salir a enfrentarse con el enemigo donde encontró la muerte que lo inmortalizó, dejó inconclusa una carta que hoy, a ciento treinta y un años, por su vigencia, nos guía para la acción, dicen estos fragmentos:
…” ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber- puesto que lo entiendo y tengo fuerzas con qué realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.
Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…
Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos- como ese de Ud. y mío,- más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión a los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de Nuestra América, al norte revuelto y brutal que los desprecia,- les abrían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos”.
Su muerte, es una fortaleza ideológica que nos invita, como símbolo de unidad e inteligencia, no solo a resistir para evitar ser anexados al norte revuelto y brutal que nos desprecia y cada día lo demuestra con sus medidas extraterritoriales que nos asfixian desde hace más de seis décadas. El ejemplo de Martí y sus palabras nos comprometen a defender con nuestras vidas si fuese preciso, la independencia conquistada durante siglos de lucha.
Martí, tu ejemplo de lucha, sacrificio, entrega, y tu legado literario y político-ideológico, nos sirven de guía certera en este aniversario porque la soberanía de Cuba está en peligro. Fuertes amenazas de invasión llegan desde el norte revuelto y brutal que nos desprecia, nos asfixia, nos quiere aplastados por su bota.
Se equivoca el imperio decadente. Los cubanos tenemos un Martí que, a más de un siglo de fallecido nos llama a defender la independencia patria, nos guía sosteniendo el remo de proa. Él vive en el corazón de millones de personas, porque, como anuncia nuestro himno: “Morir por la patria es vivir”.











