¿Qué le dejó Donald Trump a Cuba y los cubanos?, por Pastor Guzmán

tomado del Escambray de Sancti Spíritus

El magnate republicano será recordado con odio y desprecio por la inmensa mayoría de nuestros compatriotas debido a su política hostil hacia Cuba

“¡Cómo cambian los tiempos, compay, cómo cambian los tiempos!”, expresa una vieja melodía del famoso dúo ya desaparecido Los Compadres, que muchos cubanos evocaron el 17 de diciembre del 2014, cuando los entonces presidentes respectivos de Cuba y los Estados Unidos, General de Ejército Raúl Castro Ruz y Barack Obama anunciaron en forma simultánea en La Habana y Washington su decisión de restablecer relaciones entre los dos países.

Fueron dos años de avances por el camino arduo de la reconciliación entre adversarios antagónicos, pero aquello parecía demasiado bueno para que durase y entonces vinieron las elecciones del 2016, en las que el republicano Donald Trump ganó sorpresivamente a la demócrata Hillary Clinton.

Si bien en un inicio de la campaña Trump no solo había reconocido el hecho del restablecimiento de las relaciones, sino que precisó su intención de lograr un “mejor acuerdo” con el Gobierno cubano y anunció que meditaría abrir uno de sus hoteles en Cuba, luego el interés por ganar el apoyo de la influyente comunidad cubana en el sur de la Florida dio un cambio radical a su discurso.

Él subrayó la promesa de revertir las medidas principales adoptadas por su predecesor en lo interno y en lo externo, dentro de las que virtualmente se encontraban las relacionadas con Cuba. Si algo hay que reconocerle al hoy desprestigiado presidente es que, al menos en su vertiente más pérfida, sí cumplió con creces su palabra con sus iniciativas de estrangulación contra la isla.

Para botón de muestra tenemos la última, anunciada este lunes por su secretario de Estado Mike Pompeo, de incluir de nuevo a Cuba en la lista de estados patrocinadores del terrorismo, sin prueba alguna para ello, siendo como es Estados Unidos el principal terrorista del mundo, que solo en nuestro país es responsable directo de la muerte de miles de personas.

La intención manifiesta de este hecho bochornoso es dejarle al nuevo presidente Joe Biden el camino minado para dificultarle en extremo materializar su promesa de suprimir la política trumpista hacia Cuba y restablecer la que practicó Barack Obama en la última mitad de su segundo mandato, cuando él, Biden, era vicepresidente de los Estados Unidos. Como se recordará, el 29 de mayo del 2015 Obama retiró a Cuba de esa infame lista donde Washington inscribe los estados que no se le someten, en la cual había sido incluida de forma arbitraria en 1982 por el entonces presidente Ronald Reagan.

Por otra parte, en cumplimiento de su compromiso con la mafia cubanoamericana, tan pronto Trump llegó a la presidencia se rodeó de personajes como el senador Marco Rubio y otros legisladores como los Díaz-Balart y Mauricio Claver-Carone, entre muchos, vinculándolos a cargos de importancia en su régimen, quienes le soplaron al oído la política que debía seguir con Cuba.

Por esa razón no tardó el mandatario en enfilar sus dardos y el 16 de junio del 2017, en una arremetida cavernaria desde la Florida, derrochó veneno a raudales contra la isla y anunció un paquete de medidas para apretar el bloqueo, entre ellas las que impedían transacciones de compañías estadounidenses con entidades cubanas vinculadas a las FAR y el Minint.

De un plumazo, Trump eliminó la licencia para viajes de ciudadanos dentro de la categoría de actividades educacionales o contactos pueblo a pueblo, restringiendo al máximo tales visitas y obligando a llevar un control estricto para justificar el dinero gastado.

Pero hacía falta un golpe de efecto propagandístico que justificase las nuevas agresiones y surgió la falacia de los “ataques sónicos” a personal diplomático de Estados Unidos en La Habana, los cuales habrían enfermado a cierto número de funcionarios y familiares, acusación jamás probada científicamente, pero que sirvió de pretexto para que Washington retirara de Cuba a la mayor parte de sus representantes, con lo cual cesaron de paso las actividades consulares, que fueron trasladadas a terceros países.

Con una diligencia in crescendo de su agresividad hacia Cuba, el mandatario anunció en mayo del 2019 la activación del Título III de la Ley Helms-Burton, de marcado carácter extraterritorial, pues permite a nacionales de Estados Unidos demandar en tribunales norteamericanos a quienes “trafiquen” con propiedades que pertenecieron a ciudadanos de ese país o a cubanos que luego se nacionalizaron como estadounidenses.

Trump cruzó el Rubicón, pues hasta ese instante cada nuevo presidente, desde William Clinton, quien en marzo de 1996 suscribió la Helms-Burton, prorrogaba cada seis meses la fecha de su entrada en vigencia, para evitar tropiezos con sus socios de la Unión Europea y distintas naciones, como se produjeron el citado año ante el carácter extraterritorial de ese engendro.

En meses sucesivos, el plutócrata de la mansión oval apretó las clavijas para impedir que las compañías de cruceros permitieran las escalas de sus navíos en la isla y, en agosto y septiembre del 2019, consciente de que Cuba y Venezuela dependían de buques extranjeros para el transporte de petróleo desde tierra bolivariana, chantajeó a las entidades armadoras para que no trajeran el combustible y provocar así un colapso energético.

El obcecado presidente, que ya venía atacando la colaboración sanitaria cubana con el exterior y logró que las brigadas médicas del contingente internacionalista Henry Reeve se marcharan de Brasil y fueran excluidas en Ecuador y luego en Bolivia, arreció sus chantajes a través de su infame secretario de Estado, Mike Pompeo, al acusar de tráfico de personas a Cuba por enviar sus galenos a salvar vidas en otras latitudes, a la vez que amenazaba con represalias a quienes recibieran en su territorio a médicos de la isla.

Cuando apareció la pandemia de COVID-19, Trump incrementó sus esfuerzos para frustrar que los cubanos recibieran material sanitario y ventiladores pulmonares para combatirla.

No contento con el daño inferido, que cortó los ingresos de la ínsula en miles de millones de dólares, limitó al máximo el envío de remesas desde Estados Unidos y luego obligó a la compañía Western Union a cerrar sus oficinas en la perla antillana.

Tanto ensañamiento, la hostilidad demostrada y las penurias que causan sus medidas de estrangulamiento ha generado en la isla odio y desprecio inusitado contra este presidente, calificado con justicia el peor en la historia de los Estados Unidos.

Vencido en buena lid en las pasadas elecciones por su adversario demócrata Joe Biden, los cubanos, que hemos visto con impaciencia y preocupación los pataleos de Trump por no reconocer su derrota ni entregar el poder como establecen las leyes de su país, esperamos por que llegue el 20 de enero para decir con todo el ímpetu de nuestras tradiciones: “¡Llévatelo, viento de agua!”.

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