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Obama en el discurso de la Unión: La hegemonía de Norteamérica y sus contradicciones

Obama en el discurso de la Unión: La hegemonía de Norteamérica y sus contradicciones
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La mención a Cuba

Más cerca de Bernie Sanders que de Hillary Clinton

LA HABANA. Saliéndose del texto oficial distribuido originalmente a la prensa, en su último discurso sobre el Estado de la Unión, Obama tuvo un pronto imperialista: “Somos el país más poderoso de la Tierra, punto”.

Si se trató de un mensaje para el mundo, simple retórica para acallar a sus oponentes conservadores o ambas cosas, está por verse. De todas formas, la necesidad de reafirmar lo que debiera ser obvio y el propio contenido de su intervención, reflejan las contradicciones que acechan a la hegemonía norteamericana.

Con lo que pudiera ser considerado un exceso de optimismo, Obama defendió los resultados de su gestión al afirmar que “la sombra de la crisis ha pasado”, aunque al mismo tiempo reconoció la difícil situación que planteaba el momento actual.

Refiriéndose a los logros macroeconómicos de su administración, dijo que la economía había crecido y generaba empleos más rápido que en los últimos quince años; que la industria mostraba un desarrollo “desbordante”; que el auge de la producción energética había hecho al país menos dependiente del petróleo extranjero; que habían disminuido los déficits fiscales en dos tercios; que más jóvenes se graduaban en las universidades; que mayores personas disfrutaban del seguro médico y que la guerra en Afganistán había terminado, una afirmación que debe haber sorprendido a los afganos.

No obstante, quizá para explicar porqué estos logros no se han traducido en un mayor índice de apoyo a su gobierno, entró a explicar que ello solo beneficia de manera extraordinaria a unos pocos; que la protección a los trabajadores es insuficiente; que Estados Unidos es el único país avanzado que no garantiza licencia pagada por enfermedad o maternidad; que el salario mínimo es insuficiente para vivir –aquí invitó a los congresista a que lo intentaran si dudaban de ello–; que las mujeres son discriminadas salarialmente; que los costos educacionales son muy altos y que se requiere de leyes que refuercen el papel de los sindicatos y den voz a los trabajadores.

Para enfrentar estos problemas en el año que apenas resta a su mandato, prometió presentar al Congreso un presupuesto con ideas “prácticas, no partidistas”. Sin embargo, parte de premisas tan liberales, que difícilmente encuentre el consenso de sus oponentes conservadores.

Su programa consiste en “crear la economía más competitiva del mundo” y para ello propone: desarrollar la ciertamente decadente infraestructura norteamericana y multiplicar por treinta la fuerza de trabajo empleada en este rubro –con lo que retoma los planes del New Deal–; promover no solo la firma de tratados de libre comercio, sino el comercio “justo” –imagino que para las transnacionales estadounidenses–, con vista a enfrentar la competencia de otros países, particularmente de China; desarrollar la investigación básica, los avances en la medicina y la modernización de Internet; atraer la inversión en el país y la recuperación de empleos; universalizar y abaratar la enseñanza universitaria, así como los planes de recalificación de los trabajadores.

Todo ello a partir de la instauración de un código fiscal equitativo, que grave más a los ricos y facilite el progreso de la clase media y los sectores menos favorecidos. En realidad un proyecto impecable desde el punto de vista social, si fuese realizable en las condiciones que impone el debate político en Estados Unidos.

Obama se adelantó a este debate, criticando de manera implícita a los republicanos por los cierres del Congreso a la administración gubernamental; amenazar la seguridad de las familias, al tratar de quitarles el seguro de salud; tratar de deshacer las reglas que regulan a Wall Street y enfrentar los problemas de la inmigración desde una óptica obsoleta, que impide su solución. También sacó a flote el lenguaje racista y xenófobo de algunos políticos republicanos y su insensibilidad frente a los problemas que genera la falta de control de las armas y la violencia generalizada en el país.

El propio presidente reconoció que la agudización de la polarización política constituye uno de los grandes fracasos de su gobierno. En realidad no es su culpa, hizo todo lo posible por evitarlo, hasta el punto que los intentos de conciliación imposibles se convirtieron en un lastre para su administración, dañaron su imagen y lo alejaron de las bases sociales que lo llevaron al poder.

Obama conoce las causas de su impotencia e hizo una velada referencia a las mismas: “En los últimos seis años, los expertos han señalado en más de una ocasión que mi presidencia no ha dado resultados sobre la base de esta visión. Qué irónico, dicen, que nuestra política parezca estar más dividida que nunca. Esto se presenta como prueba no solo de mis propias fallas, de las cuales tengo muchos, sino también como prueba de que la propia visión es errónea e inocente y de que en esta ciudad hay demasiada gente que de hecho se beneficia del partidismo y de la paralización gubernamental para que nunca hagamos algo al respecto”.

El asunto es que uno de los problemas básicos del sistema norteamericano es la contradicción que, a veces, se presenta entre los intereses particulares de ciertos grupos y el interés nacional. Esto es apreciable en casi todas las manifestaciones de la vida del país, incluso en la relación de los individuos con el resto de la sociedad, pero resulta determinante cuando se trata de los grandes intereses empresariales, de cara a la política doméstica e internacional.

Esto explica que, en ocasiones, resulten incomprensibles los excesos de la política exterior norteamericana y ello forma parte de un debate teórico y práctico en el cual Obama toma partido a favor del llamado “poder inteligente”:

“Cuando tomamos decisiones apresuradas y reaccionamos ante los titulares en vez de usar nuestra cabeza, cuando la primera respuesta ante un desafío es enviar a nuestras fuerzas armadas, corremos el riesgo de ser arrastrados a pelear en conflictos innecesarios y le damos la espalda a la estrategia de más amplio prospecto que necesitamos para tener un mundo más seguro y próspero (…) Yo creo en un liderazgo estadounidense más inteligente. Lideramos mejor cuando combinamos nuestro dominio militar con una estrategia diplomática sólida, cuando utilizamos nuestro poder para formar alianzas internacionales, cuando no dejamos que nuestros temores nos cieguen y nos impidan ver las oportunidades que nos presenta este nuevo siglo. Esto es exactamente lo que estamos haciendo ahora mismo, y está marcando la diferencia alrededor del mundo”.

En esta lógica se inserta el tema de la nueva política hacia Cuba, quizá el único asunto de política exterior donde la oposición republicana no es tan compacta, por lo que el presidente no perdió la ocasión de retarlos: “Cincuenta años de aislar a Cuba ha fallado en promover la democracia y nos apartó en América Latina (…) ¿Quieren consolidar nuestro liderazgo y credibilidad en este hemisferio? Reconozcan que la Guerra Fría ha terminado. Levanten el embargo”, dijo Obama y recibió un aplauso cerrado.

Fue su último mensaje al país y al mundo desde el púlpito del Congreso y quizá donde más libre se sintió de expresar sus ideas, haciendo gala de su usual elocuencia. Por ello debemos entenderlo como un legado doctrinario de su administración y, también, como una propuesta para la agenda demócrata en las próximas elecciones. Donde, por cierto, según lo dicho, Obama parece más cerca de Bernie Sanders que de Hillary Clinton.

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