Marco Rubio, la administración Trump y la política hacia Cuba en el 2026

El pasado 7 de agosto la plataforma digital Axios, bajo el titular de «Sin Escape» publicó el más reciente artículo de su reportero Marc Caputo. Como se sabe y se ha destacado por la prensa oficial cubana, durante los últimos 8 meses, prácticamente desde el 3 de enero, este periodista ha estado «revelando» detalles sobre la presión máxima que viene ejerciendo la administración Trump contra el pueblo y el Estado cubanos. También ha divulgado insistentemente supuestas filtraciones sobre las conversaciones entre Cuba y Estados Unidos. Incluso ha publicado la identidad no confirmada de uno de los «interlocutores», sobre lo cual el gobierno cubano ha sido sumamente ambiguo.
Realmente los representantes del Departamento de Estado y de otras instituciones estadounidenses que se han reunido con interlocutores cubanos no han mostrado ninguna intención de intercambiar sobre la base del respeto mutuo y de buscar el beneficio recíproco, condiciones elementales para que avance cualquier diálogo entre Estados soberanos.
Los textos de Caputo han sido parte de la campaña de intimidación sobre posibles acciones militares contra el territorio cubano, convirtiéndose el periodista en un vocero extraoficial del Departamento de Estado para todo lo que tiene que ver con Cuba.
Este reciente reportaje, sin embargo, se diferencia de los anteriores en al menos dos aspectos. Mientras que usualmente Caputo atribuye las fuentes de sus artículos a funcionarios anónimos del Departamento de Estado, en este caso revela el nombre de su interlocutor, que resultó ser nada menos que el propio secretario de Estado, Marco Rubio.
Una segunda diferencia es que, en esta ocasión, atribuye al propio Rubio un pronóstico para nada compatible con lo que sus aliados y él han venido diciendo desde el 3 de enero.
El papel de Rubio
Según Caputo, Rubio le dijo: «Estoy confiado en que cuando esta administración termine, como mínimo, Cuba estará encaminada por un deslizamiento irreversible hacia un futuro diferente». O sea, ya no se espera que, en un corto plazo, o incluso de inmediato, se produzca el colapso o la rendición incondicional del gobierno cubano.
Aunque las autoridades de La Habana «no tienen escape», según Rubio le aseguró a este reportero, el proceso puede durar un par de años más. La frase «deslizamiento irreversible» combinada con la de «un futuro diferente» están preñadas de un alto grado de vaguedad, contrastante con los llamados a una «invasión urgente», tan reiterados en medios y plataformas del llamado exilio, sobre todo en Miami. Por añadidura, no tiene el giro ominosamente irremediable que tenían pronunciamientos del presidente estadounidense, ni de Rubio ni de sus principales aliados, los congresistas cubanoamericanos María Elvira Salazar, Carlos Jiménez y Mario Díaz-Balart.
Se puede inferir que todo lo que Caputo «revela» sobre la política hacia Cuba es lo que el Departamento de Estado y su jefe quieren que se asuma, sea verdad o no. El reportero de Axios (o el Departamento de Estado, según se prefiera) resume así lo que a su criterio son las sanciones principales impuestas en ocho meses en esta política de «presión máxima»:
- 40 entidades a las que se aplican medidas coercitivas unilaterales, entre las que están los ministerios de la construcción y del turismo;
- 38 ciudadanos cubanos sancionados con distintas prohibiciones, si bien hay que reconocer que algunas son redundantes porque ya están incluidas en medidas coercitivas unilaterales aplicadas a la nación entera;
- presiones a varios países para que cesen de contratar médicos cubanos y así impedir el ingreso de divisas por este concepto.
- publicación de informes en los que se acusa al gobierno cubano de los más inverosímiles crímenes.
Caputo, sin embargo, no lista los 3 conjuntos de sanciones más gravosas: las que se derivan de las leyes Torricelli y Helms-Burton; las incluidas en la declaración de Cuba como estado promotor del terrorismo; y el bloqueo de combustibles dictado por la Orden Ejecutiva de enero de este año.
Puede decirse, sin temor a exagerar, que todos y cada uno de los más de 9 millones de cubanos que vivimos en Cuba sufrimos de manera directa o indirecta alguna medida coercitiva unilateral impuesta por los departamentos de Estado y del Tesoro., según las directivas que reciban de Marco Rubio.
Y también las sufren muchos cubanos que viven en la diáspora, fuera de Cuba, incluso en países no subordinados a Estados Unidos.
¿Cabe una violación mayor de nuestros derechos humanos? ¿Qué se pretende? ¿Ir devastando a la población cubana con toda intención mediante una especie de holocausto inducido en cámara lenta?
Esa es la realidad pura y dura que Marco Rubio está imponiendo a todos los cubanos residentes en la Isla y a buena parte de la diáspora, no sólo a los representantes gubernamentales que figuran en las listas de la OFAC (Office of Foreign Assets Control). Y en esas circunstancias son difíciles de creer las alegaciones de funcionarios norteamericanos sobre que esas sanciones son «para ayudar al pueblo cubano».
Por añadidura, como ha sucedido a menudo en los últimos ocho meses, menos de dos semanas después, el periódico miamense El Nuevo Herald se hizo eco de la misma información en un artículo de su periodista Nora Gámez. Pero a diferencia de Axios, el titular tuvo un matiz diferente: Con diálogo estancado entre Cuba y EEUU, se desvanece el impulso para el cambio de régimen.
¿Ha habido realmente negociaciones o diálogos?
El titular de El Nuevo Herald combina algo que tiene visos de ser realidad («se desvanece el impulso para el cambio de régimen»), con algo que obviamente no lo es, cuando afirma que el diálogo está estancado.
Y no puede estar estancado porque en buenas cuentas nunca comenzó en serio. La evidencia así lo demuestra. A pesar de todo lo que digan Marc Caputo, Nora Gámez, USA Today o The New York Times.
Y mucho menos ha habido una negociación, a pesar de las afirmaciones contrapuestas del presidente Trump o las filtraciones de medios estadounidenses.
De acuerdo con las reglas más elementales de la diplomacia, lo que ha tenido lugar hasta ahora son, en todo caso, conversaciones preliminares o sondeos exploratorios.
Aparentemente, estos contactos comenzaron el 25 de febrero pasado en Saint Kitts, cuando Marco Rubio asistió a la Cumbre del CARICOM y, según una «filtración» de Caputo, una delegación cubana fue invitada a reunirse extraoficialmente con funcionarios del séquito de Rubio.
A lo más que llegó entonces el gobierno cubano fue a reconocer el 13 de marzo que se habían producido contactos, sin revelar fecha ni lugar, ni mucho menos participantes. El presidente Díaz Canel así lo hizo en dos alocuciones televisivas. En aquella ocasión alegó que no se había dicho nada oficialmente antes, respetando una longeva tradición de discreción en estos contactos entre ambos gobiernos. Hasta ahora, los distintos gobiernos en Washington habían respetado esta necesidad de reserva.
Posteriormente, continuaron en La Habana en la primera quincena de abril, según anunció oficialmente en su momento la Cancillería cubana, cuando estuvieron en Cuba dos diplomáticos norteamericanos con nivel de secretarios de Estado Adjuntos y se reunieron con dos viceministros del MINREX cubano.
Y no se ha pasado de ahí, no porque haya falta de voluntad de la parte cubana, sino porque la actitud intimidatoria y extorsionista de la parte norteamericana hace imposible cualquier intercambio, diálogo o negociación.
Si se sigue de cerca el relato de Caputo, Nora Gámez, USA Today y The New York Times, lo que los enviados norteamericanos han hecho cada vez que se han reunido con sus contrapartes cubanas es transmitir imposiciones, extorsiones y hasta ultimátums, al mejor estilo de la mafia de ese país. Nada de eso implica diálogo.
A pesar de que el presidente Trump en persona, y a través de su secretario de Estado y Asesor Nacional de Seguridad, y de otros miembros de su gabinete, han seguido prácticas intimidatorias hacia la Habana, la parte cubana ha dado reiteradas muestras de buena voluntad. Prueba al canto, entre muchas otras, fueron dos encuentros con militares del más alto rango de la estructura cubana de seguridad ocurridos ell 14 de mayo en la Habana y quince días después, el 29 del propio mes, en la Base Naval de Guantánamo.
En ambos casos los visitantes norteamericanos, el director de la CIA y el jefe del Comando Sur respectivamente, fueron recibidos por oficiales militares del más alto rango y con asientos en el nivel gubernativo más alto del país, el Buró Político del Partido Comunista de Cuba.
Se trató de los generales de Cuerpo de Ejército Lázaro Alberto Álvarez Casas, ministro del Interior, y Alberto Legrá Sotolongo, viceministro de las FAR y jefe del Estado Mayor General.
La administración no podía esperar una mayor muestra de cortesía hacia sus enviados.
Las amenazas militares
Estos encuentros en mayo del 2026 pudieron haber servido para fortalecer las medidas de confianza mutua que ya existen entre las fuerzas de seguridad de ambos países. Y también se pensó que hubieran podido ayudar a despejar el clima de amenazas creado por el presidente Trump y algunos miembros de su gabinete, en primer lugar Marco Rubio.
Sin embargo, desde el propio momento en que el territorio venezolano fue atacado por tropas norteamericanas el 3 de enero, comenzó una campaña de intimidaciones y movimientos de tropas dirigidos a crear la expectativa de que la administración contemplaba una acción similar contra Cuba.
Esta cruzada anticubana tuvo muchas vertientes. Incluyó:
- Declaraciones del presidente en el propio mes de enero afirmando que tomaría Cuba.
- Maniobras navales en el Caribe y cerca del territorio cubano. Particularmente el despliegue del grupo expedicionario anfibio del buque Iwo Jima durante el mes de enero. Estas acciones tuvieron su punto culminante en el mes de abril en aguas entre la costa norte de Cuba y Cayo Hueso.
- Incremento de las operaciones de exploración de aviones espías contra el territorio y otros activos cubanos en la región.
Sin embargo, aunque no decrecieron las intimidaciones ni las amenazas de agresión militar, este despliegue naval en el terreno comenzó a decrecer a fines de mayo, cuando el buque Iwo Jima y su grupo de ataque fueron retirados del Caribe y enviado a su base de la Bahía de Norfolk, Virginia, a donde arribó el 6 de junio. Apenas unos días antes de una visita a la Base Naval de Guantánamo, del secretario de Guerra Pete Hegseth, este afirmó que Estados Unidos estaba «preparado y posicionado para cualquier posible contingencia» respecto al futuro de Cuba y que sus fuerzas estaban listas para «pasar a la ofensiva o a la defensa en cualquier momento» donde hizo declaraciones inflamatorias. .
El 20 de julio el Departamento de Estado publicó un largo informe titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, lo que parecía una especie de Libro Blanco destinado a legitimar una agresión militar contra el territorio cubano.
En ese contexto es que se inscribe el artículo «La CIA forma un grupo operativo secreto sobre Cuba», publicado el 5 de agosto por The New York Times. Según el autor del reportaje, Adam Entous, personas informadas le revelaron que se había creado un «grupo operativo secreto» dentro de la Agencia con el propósito de poner «en marcha planes para una campaña más concertada destinada a presionar al gobierno cubano para que realice los cambios económicos, políticos y de liderazgo exigidos por el presidente Donald Trump».
El periodista añadió que esa reorganización «le permitirá a la agencia dirigir rápidamente más recursos económicos, humanos y técnicos hacia Cuba».
En un pasaje clave del reportaje, el periodista afirmó: «La creación del grupo demuestra hasta qué punto la agencia se está preparando para lo que podría ser una campaña encubierta prolongada contra el que durante mucho tiempo ha sido uno de sus objetivos más difíciles». Este es un reconocimiento tácito de que la campaña montada por Rubio no ha estado dando los resultados esperados.
Esta filtración también resulta llamativa y al menos sospechosa. La CIA es una agencia secreta y no anda revelando sus planes, así como así. Además, es difícil creer que la Agencia alguna vez haya dejado de tener interés en Cuba y lo haya redescubierto apenas este año. A no ser que haya un propósito de intimidar al país objeto de esta información, es difícil responder estas dos apreciaciones.
Hace ya varios meses que ha quedado claro la veracidad de lo que el secretario de Estado Marco Rubio le dijo esta vez a Marc Caputo: «lo que estamos tratando de enseñarle (al gobierno cubano) es que no hay válvula de escape».
Eso parecería demostrar que en el plano militar el criterio que está prevaleciendo es el de usar todas las medidas intimidatorias posibles para, en combinación con las sanciones semanales, inducir al gobierno cubano a claudicar y rendirse incondicionalmente.
Tomar posesión de Cuba sin disparar un tiro, ese parece ser el objetivo actual. Y no se puede dejar de pensar que esta estrategia siempre estuvo en la mente de Marco Rubio, más aún si se tiene en cuenta sus reiteradas declaraciones, donde no usa habitualmente referencias a una operación militar, algo que además se ha visto reforzado por los resultados de la guerra contra Irán.
En un momento determinado, antes de agredir a Irán, el propio presidente Trump se mostró confiado en que, igual que se hizo en Venezuela, después de Irán vendría Cuba. Pero esa actitud arrogante y prepotente ha cambiado después de verse los resultados adversos de esa guerra en la que, además, Estados Unidos se ha empleado a fondo, y que ya ha costado miles de millones de dólares en operaciones militares, sin que Washington haya logrado alcanzar los objetivos que se planteó al iniciarla.
No ha habido, ni hay en este momento negociaciones, ni hay agendas, ni hojas de ruta
Es lógico que ante tantas intimidaciones y amenazas las autoridades de La Habana no se sientan inducidas a aceptar nuevas conversaciones en las cuales no se cumplen los más elementales principios que deben regir una interlocución entre países que sostienen relaciones diplomáticas: respeto y beneficio mutuo.
La plataforma oficiosa cubana Cubadebate ha citado recientemente las declaraciones de la viceministra cubana Josefina Vidal, de quien se sospecha que es la funcionaria cubana de alto nivel que ha conducido distintas conversaciones con el Departamento de Estado. Según esta versión, la embajadora ha afirmado que «ese proceso no ha registrado avance significativo alguno: cada vez que ambos gobiernos se sientan a conversar, Washington responde días después con nuevas sanciones contra la Isla».
«Nos genera dudas de cuán seria y responsablemente Estados Unidos está viendo esta conversación», ha asegurado la funcionaria en un reciente encuentro con periodistas mexicanos.
Nótese que la alta funcionaria cubana no utilizó el término «diálogo», ni mucho menos «negociación».
Por su parte, el Canciller cubano Bruno Rodríguez, en sus más recientes declaraciones a la prensa acreditada en La Habana, el 7 de septiembre, aclaró oficialmente, no por medio de «filtraciones», ni nada parecido, cuál es el estado de los contactos y cuál es la posición del gobierno de Cuba al respecto:
«Como se ha dicho, ha habido conversaciones con el Departamento de Estado. Se mantienen comunicaciones en este sentido. Dichas conversaciones no muestran avances ni progresos, a partir de la falta de voluntad del gobierno de los Estados Unidos. Cuba reitera que estará dispuesta a continuar dichas conversaciones sobre bases del Derecho Internacional, sin precondiciones, en igualdad soberana, en absoluto pie de igualdad, sobre bases de respeto mutuo, beneficio recíproco para nuestros pueblos, sin injerencia en nuestros asuntos internos. No ha habido, ni hay en este momento negociaciones, ni hay agendas, ni hojas de ruta. Puedo decir que mantenemos la disposición de continuar esos contactos a pesar de la falta de progresos».
Axios, El Nuevo Herald y el contexto actual
El contexto en que han salido las dos informaciones de Axios y El Nuevo Herald en la primera quincena de agosto, por parte de periodistas que generalmente sirven a los intereses de Marco Rubio y del Departamento de Estado, se caracteriza porque el presidente Trump parece haber perdido expectativa de someter, sin altos costos ni riesgos, a Cuba a su voluntad.
Aunque eso puede estar relacionado con el fracaso de la guerra contra Irán, como ya se apuntó, también puede deberse a la reticencia de las fuerzas armadas norteamericanas a lanzar otra operación militar de alto riesgo sin haber terminado la primera.
Pero lo que sí es evidente es la falta de resultados de la política de presión máxima y chantajes contra el gobierno cubano mientras que por otra parte parecen haber amainado los vientos de guerra.
Sin embargo, los intentos por seguir presentando al gobierno cubano como la parte negada al diálogo no han cesado. El 10 de septiembre, el Nuevo Herald publicó otro artículo de Nora Gámez titulado «Cómo la política en Miami y Cuba acabó las negociaciones secretas y un acuerdo energético de Estados Unidos». El texto presenta las reservas de La Habana como uno de los principales obstáculos para concretar una supuesta propuesta que habría garantizado el suministro de petróleo estadounidense e inversiones en el sector energético cubano. Esa «oferta», según lo publicado, estaría acompañada de exigencias que difícilmente pueden considerarse compatibles con una negociación entre Estados soberanos: privatizar una empresa estratégica como CUPET y condicionar el entendimiento a la salida del presidente Miguel Díaz-Canel.
Presentar el presunto rechazo del gobierno de la Isla ante semejantes condiciones como una oportunidad perdida supone obviar el carácter abiertamente injerencista de la propuesta y trasladar nuevamente a los dirigentes cubanos la responsabilidad por las consecuencias de una crisis energética que la política de presión estadounidense ha contribuido a agravar de forma evidente. A ello se añade que nada garantizaba que, después de aceptar esas concesiones, Washington cumpliera de manera estable sus compromisos o renunciara a imponer nuevas condiciones.
Pese a la intensidad de esa estrategia de presión, hasta ahora Washington, si bien ha logrado reducir al mínimo el bienestar de la población cubana, no ha logrado su objetivo central de forzar un cambio político en Cuba. El hecho incontrovertible es que el gobierno cubano sigue en el poder y ello no se debe necesariamente a su desempeño, pues se han cometido numerosos errores y su situación de vulnerabilidad es sumamente grave. Sin embargo, en la sociedad civil cubana parece estar prevaleciendo el conocido proverbio de que por mal que parezca la realidad, es mejor malo conocido que bueno por conocer.
Además, el reciente ejemplo de Venezuela muestra que de una intervención militar norteamericana o de la entrega del país a Marco Rubio y sus secuaces no se puede esperar nada bueno.
La evolución de los acuerdos alcanzados con las autoridades encabezadas por Delcy Rodríguez y con actores empresariales vinculados al PSUV y sus ramificaciones ha culminado en el reciente pacto petrolero, con el que Estados Unidos obtuvo importantes derechos de control económico y acceso garantizado al crudo a bajo costo.
La propia Casa Blanca ha presentado el acuerdo como una vía para asegurar la «dominación energética» de Estados Unidos durante décadas. El entendimiento, además, ha avanzado sin que se haya producido previamente la llamada «transición democrática» que Washington utilizó durante años como uno de los principales argumentos para justificar su presión sobre Caracas. Todo ello ha puesto al descubierto cuáles son, en la práctica, las prioridades de la Casa Blanca, bastante alejadas de las promesas de «democracia» y «prosperidad» para los países del Sur Global.
El futuro de Rubio, las elecciones parciales del 3 de noviembre y la política hacia Cuba
Para Marco Rubio, el tema de Cuba es importante por dos razones: nunca ha estado más cerca de consumarse su apetito de revancha de larga data; y un resultado favorable de sus políticas de presión máxima sería un elemento importante para una eventual campaña presidencial que pudiera lanzar en un futuro, aunque quizás no en el 2028.
Rubio ha sido un político muy habilidoso que logró entrar en el círculo más íntimo de Donald Trump, a pesar del encontronazo que ambos tuvieron cuando aspiraban a la nominación del partido republicano en el 2016. Adicionalmente logró convertirse en el miembro clave del gabinete del presidente, quien lo nombró secretario de Estado y posteriormente Asesor Nacional de Seguridad. Y ahí se ha mantenido contra todo pronóstico.
Por otra parte, el político de origen cubano, pero nacido en Estados Unidos, ha logrado mantenerse al margen de aquellos temas de política exterior en los que el presidente Trump ha sufrido debacles o no ha logrado los objetivos que perseguía, para evadir las consecuencias directas sobre su futura carrera. En esa categoría están la guerra en Irán, el conflicto con Canadá tanto por su ambición de anexar ese país como por su conflicto aduanero, la guerra en Ucrania y las relaciones con Rusia, las desavenencias con China, el conflicto con Europa por la OTAN, el conflicto con Dinamarca por Groenlandia, entre otros.
Todo ello es excepcional si tenemos en cuenta que Rubio concentra en su persona los dos cargos más importantes en política exterior y seguridad nacional.
El secretario de Estado se ha concentrado en imponer a América Latina y el Caribe la doctrina Donroe, en fortalecer el control norteamericano sobre el petróleo venezolano y, finalmente, en su ofensiva multicarriles para cambiar el régimen y echar abajo el modelo alternativo cubano. Estaba seguro de que estos objetivos eran alcanzables y algunos le han salido bien por el momento, salvo el caso de Cuba, que es el más cercano a su trayectoria política.
Sin embargo, si los republicanos y el trumpismo sufren una gran debacle en las elecciones de noviembre (que están a poco más de 8 semanas) es difícil que Rubio pueda escapar indemne del tsunami que se produciría. Si a eso se le añade un imprevisto fiasco de su política hacia Cuba, las posibilidades presidenciales se pueden evaporar.
Por ello no sería descartable que el camaleónico político floridano haya comenzado maniobras para desembarazarse de la culpa por sufrir un tropiezo en Cuba y haber perdido la oportunidad de pasarle la cuenta al gobierno cubano
También le debe interesar, a estas alturas del juego, desacoplarse de la mejor manera que pueda del propio presidente Trump y de sus políticas.
Su futuro parece ser más favorable si se tomara una pausa y se concentrara en buscar la candidatura del partido republicano en el 2032, cuando tendría aún 61 años, una edad relativamente joven para aspirar a la presidencia de los Estados Unidos.
Además, Rubio sabe que lanzarse a buscar la candidatura de su partido en el 2028 lo enfrentaría a J.D. Vance, con pocas posibilidades de éxito. Su aclaración de que el gobierno cubano quizás logre sobrevivir hasta la inauguración de una nueva administración en el 2029 puede estar orientada en la dirección de irse alejando de su cargo dentro de la administración trumpista.
Además, por primera vez en unas declaraciones recientes, el secretario de Estado vinculó la política de la administración Trump a la Ley Helms-Burton firmada por Bill Clinton en 1996. De alguna manera pretendió con ello restarse responsabilidad por la política de máxima presión.
Varios analistas ya han comenzado a especular que, dependiendo de los resultados de las elecciones del 3 de noviembre, Rubio podría renunciar y darse un respiro que le permitiera «limpiarse» del estigma que puede ocasionarle ser visto como uno de los colaboradores de un presidente que ha causado tantas dificultades domésticas e internacionales.
Chuck Todd, el prestigioso analista de NBC y el penúltimo conductor del popular programa «Meet the Press», ha sugerido en el blog Super Tuesdays, que conduce en unión con Chris Cillizza, excomentarista político de The Washington Post, que Rubio probablemente renuncie para buscar la candidatura a gobernador de la Florida en el 2030, lo que lo pondría en mejores condiciones para aspirar a la presidencia en el 2032, que si sigue como Secretario de Estado hasta el final de la administración Trump. Pero el propio Rubio ha dicho, en su reciente gira por América Latina, que no tiene planes de buscar la nominación por el momento.
***
La política de la administración hacia Cuba ha sido, en buena medida, una hechura personal de Marco Rubio, en quien el presidente estadounidense ha depositado una confianza considerable y a quien ha concedido amplio margen para conducirla. Pero Trump es alguien que necesita triunfos y hasta ahora Marco Rubio no ha podido ofrecerle la facilidad de apoderarse de Cuba, como el presidente estadounidense hubiera querido.
Para los cubanos en general lo que está sucediendo en Cuba sigue siendo decepcionante. Los efectos más visibles han sido el continuo deterioro adicional de las condiciones de vida de la gente en la Isla, y el aumento de la carga económica sobre sus familiares en el exterior.
Después de tantas idas y venidas, se abren muchas interrogantes sobre cuál sería el futuro que le espera a Cuba si Rubio logra los propósitos que ha proclamado. Ciertamente, sus promesas han sido ambiguas y hasta oscuras. Quedará por ver cómo todo ello se refleja en el apoyo político de una comunidad cubanoamericana a la que se le prometió el rápido derrocamiento del gobierno cubano y su sustitución con un nuevo orden que supuestamente traería «libertad» y «prosperidad» para Cuba, pero lo que esa comunidad ve hoy es que sus familiares en la Isla están cada vez más necesitados, mientras en Estados Unidos sus coterráneos son detenidos por ICE, sometidos a órdenes de deportación y enviados incluso a terceros países. Si esta política ha tenido algún ganador hasta ahora, ciertamente, no han sido los cubanos.