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Mientras Cuba cambia, sus adversarios históricos NO cambian

Cuba cambia: ¿cambiarán también sus adversarios históricos?
Mientras La Habana amplía el espacio de la empresa privada, flexibiliza la inversión extranjera e incorpora a cubanos residentes en el exterior a su nueva realidad empresarial, una pregunta comienza a imponerse: ¿puede cambiar Cuba mientras una parte de la política hacia la Isla permanece anclada en la confrontación?
Edición con la asistencia de IA
Durante décadas se ha repetido dentro y fuera de Estados Unidos que Cuba tiene que cambiar.
Cambiar su economía. Dar mayor espacio a la iniciativa privada. Facilitar la inversión extranjera. Descentralizar decisiones. Reducir obstáculos burocráticos. Permitir que los cubanos puedan desarrollar empresas y participar con mayor libertad en la actividad económica.
Pues bien: Cuba está cambiando vertiginosamente. Tampoco significa que haya abandonado el socialismo.
Significa algo más concreto y, por tanto, más importante para un análisis serio: están cambiando determinadas reglas del modelo económico cubano. Veamos.

Los nuevos decretos-leyes y resoluciones publicados en la Gaceta Oficial introducen transformaciones que hace apenas algunos años hubieran parecido difíciles de imaginar.
El Decreto-Ley 133/2026 modifica el régimen de organización, funcionamiento y autonomía de los actores económicos.
Entre las novedades anunciadas se encuentra la eliminación del límite de 100 trabajadores para determinados negocios y el reconocimiento de una categoría de empresa privada para estructuras empresariales mayores.
Un emprendedor podrá participar en más de una empresa.
Los negocios podrán extender establecimientos hacia otros municipios y provincias.
Se establecen mecanismos para fusiones, escisiones y otras formas de reorganización empresarial.
Y los procedimientos para constituir o modificar estas empresas avanzan hacia una plataforma digital.
No estamos hablando solamente de cambiar nombres.
Estamos hablando de permitir crecimiento, concentración empresarial, expansión territorial y nuevas formas de propiedad y organización económica.
Los cubanos en el exterior entran en la ecuación
Probablemente una de las transformaciones con mayores implicaciones para las relaciones entre Cuba y Estados Unidos sea la posibilidad de que cubanos residentes fuera de la Isla puedan participar como propietarios en empresas privadas cubanas bajo el nuevo marco jurídico.
Su trascendencia merece estudiarse detenidamente.
Durante décadas, la relación económica entre una parte importante de la emigración y Cuba estuvo asociada fundamentalmente a las remesas, los viajes y la ayuda familiar.
Ahora aparece potencialmente otra figura: el cubano residente en el extranjero como inversionista y empresario dentro de Cuba.
Para Miami esto debería tener particular importancia.
¿Qué ocurriría si parte del capital, conocimiento empresarial y experiencia acumulados por los cubanos residentes en Estados Unidos pudiera participar legalmente en la economía de la Isla?
¿Podría convertirse la actividad empresarial en uno de los puentes que la política no ha conseguido construir?
Son preguntas que merecen respuestas.
También cambia la inversión extranjera
El movimiento no se limita al sector privado nacional.
Las nuevas disposiciones vinculadas al Decreto-Ley 128/2026 modifican aspectos relacionados con la inversión extranjera, el comercio exterior y el turismo.
Entre las modificaciones anunciadas se encuentra la eliminación de la obligación de que determinados inversionistas extranjeros contraten necesariamente a sus trabajadores mediante entidades empleadoras.
También se flexibilizan mecanismos financieros y procedimientos relacionados con operaciones en el exterior.
Simultáneamente se establecen nuevos procedimientos para que determinadas personas jurídicas puedan realizar directamente actividades de comercio exterior.
Vistas aisladamente, podrían parecer modificaciones administrativas.
Observadas conjuntamente, muestran algo diferente: Cuba intenta modificar su arquitectura empresarial.
176 transformaciones
Estas disposiciones tampoco aparecen solas.
Forman parte de un paquete mucho mayor de 176 transformaciones económicas y sociales anunciado por Cuba.
Según las cifras divulgadas en la información que sirve de base a este análisis, 134 de esas medidas —el 76,1 %— ya contarían con respaldo jurídico mediante su publicación en la Gaceta Oficial.
Agricultura, comercio exterior, inversión, empresas estatales, actores privados y otras áreas forman parte del proceso.
Podrá discutirse su velocidad.
Podrá cuestionarse su profundidad.
Y, sobre todo, habrá que comprobar sus resultados.
Pero resulta cada vez más difícil afirmar  que nada está cambiando en Cuba.
Dos miradas diferentes reconocen el movimiento
Existe además un detalle periodísticamente significativo.
Medios con posiciones editoriales muy diferentes están informando sobre estas transformaciones.
Desde Cuba, Cubahora presenta las nuevas disposiciones como parte de las transformaciones del sistema empresarial y destaca la incorporación del sector privado junto al estatal como motor de la economía.
Desde Estados Unidos, informaciones difundidas por Nora Gámez Torres describen el nuevo marco jurídico como la reforma más profunda experimentada por el sector privado cubano desde la legalización de las mipymes en 2021.
Las interpretaciones políticas son diferentes.
Pero existe una coincidencia difícil de ignorar:
el espacio jurídico y económico concedido a la empresa privada cubana se está ampliando.
Y entonces aparece la gran contradicción.
Cuba cambia. ¿Y sus adversarios?
Durante décadas, sectores políticos enfrentados al Gobierno cubano han reclamado cambios.
Algunos no buscan solamente reformas económicas. Su objetivo declarado continúa siendo un cambio de régimen.
Es legítimo discrepar profundamente del sistema político cubano. También es legítimo reclamar derechos, libertades y reformas.
Pero existe una enorme diferencia entre defender esas posiciones y considerar que la asfixia económica, el aislamiento permanente, el bloqueo, el embargo petrolero o incluso una acción militar puedan constituir soluciones para Cuba.
Hay que estar claro. No todos los opositores ni todos los sectores del exilio cubano piensan de la misma manera. Sería injusto colocarlos bajo una sola etiqueta.
Pero las posiciones más radicales existen y deben ser analizadas.
Y precisamente ahora surge una pregunta incómoda:
Si durante décadas se reclamó a Cuba que abriera su economía, ¿qué corresponde hacer cuando comienza efectivamente a abrir espacios que antes estaban cerrados?
Cambiar no significa que todo esté resuelto
Tampoco sería responsable presentar estas reformas como la solución automática a la crisis cubana.
Las leyes y el propio tiempo tendrán que demostrar que funcionan.
El Gobierno cubano ha anunciado reducir la burocracia, proporcionar seguridad jurídica, ampliar transparencia, corregir distorsiones económicas y crear condiciones para que producir resulte más atractivo que simplemente importar y vender.
Y existe una prueba todavía más importante: que las reformas lleguen a la mesa de las familias cubanas.
Porque ninguna transformación económica podrá considerarse exitosa solamente porque aparezca publicada en una Gaceta Oficial.
Su verdadero resultado deberá medirse en alimentos, electricidad, medicamentos, salarios, producción, empleo, vivienda y calidad de vida.
Cuba también tiene responsabilidades internas que no pueden atribuirse al embargo estadounidense. Pero es EEUU quien mantiene en una insólita lista a Cuba que prohibe comercializar con la isla y no permite la llegada de petróleo, porque esa es la otra mitad de la ecuación.
El famoso embargo, bloqueo,  tampoco puede desaparecer del análisis, porque es igualmente incompleto,  estudiar la economía cubana como si las sanciones estadounidenses no existieran.
Las restricciones financieras, comerciales y de inversión condicionan las posibilidades económicas de la Isla y complican precisamente algunos de los mecanismos que ahora Cuba intenta desarrollar.
Y aquí aparece una contradicción particularmente importante para Washington: ¿Tiene sentido reclamar durante décadas una mayor participación privada en Cuba y dificultar después las posibilidades de ese mismo sector privado para comerciar, financiarse y relacionarse normalmente con Estados Unidos?
Esa discusión merece salir de las trincheras ideológicas. Seamos claros.
¿Bombas o empresas?
Hay momentos históricos en que una palabra puede sintetizar una alternativa.
En este caso podrían ser dos: bombas o empresas.
Una política absurda imagina que la transformación de Cuba llegará mediante presión, aislamiento, colapso o fuerza.
La otra posibilidad apuesta por algo menos espectacular, pero posiblemente mucho más transformador: empresarios, inversiones, comercio, intercambio, viajes, negociación y diálogo.
Una bomba destruye un puente.
Una empresa puede construirlo.
El comercio obliga a conversar.
La inversión crea intereses comunes.
Y los intereses comunes pueden hacer aquello que durante más de seis décadas la confrontación no consiguió: comenzar a sustituir enemigos permanentes por interlocutores.

La oportunidad de Miami
Quizás ninguna ciudad estadounidense debería observar este proceso con mayor atención que Miami.
Aquí reside una enorme comunidad cubana con capital, conocimientos, tecnología, experiencia empresarial y vínculos familiares con la Isla.
Imaginemos por un momento otra relación.
Empresarios cubanoamericanos invirtiendo legalmente en pequeñas y medianas empresas cubanas.
Agricultores estadounidenses vendiendo directamente sus productos.
Empresas privadas cubanas adquiriendo equipos y tecnologías estadounidenses.
Capital participando en agricultura, energía, transporte, construcción y producción.
Familias dejando de relacionarse únicamente mediante remesas para convertirse también en socios de proyectos productivos.
¿Es imposible?
Durante muchos años también parecía imposible que Cuba reconociera empresas privadas con más de cien trabajadores.
Hoy estamos discutiendo precisamente eso.
La pregunta ha cambiado
Quizás durante demasiado tiempo Washington y La Habana se hicieron mutuamente la misma exigencia:
cambia tú primero.
Ese razonamiento nos ha acompañado durante más de seis décadas.
Los resultados están a la vista.
Por eso los acontecimientos actuales merecen otra mirada.
No se trata de pedirle a Estados Unidos que renuncie a sus principios.
Ni de pedirle a Cuba que renuncie a los suyos.
Se trata de reconocer algo mucho más elemental: cuando una realidad cambia, una política inteligente debe al menos examinar si también necesita cambiar.
Cuba va camino a demostrar hasta dónde está dispuesta a llevar estas transformaciones.
Estados Unidos tendrá que decidir qué hace frente a una Cuba dispuesta al negocio y al comercio, no es eso lo que mas sabe hacer el principal inquilino de La Casa Blanca.
Y quienes todavía imaginan que el futuro de Cuba puede construirse mediante el aislamiento, la asfixia o las bombas deberían responder una pregunta muy sencilla:
¿por qué no intentar primero con empresarios, comercio, inversión y diálogo?
Después de más de sesenta años de confrontación, quizás haya llegado el momento de sustituir una vieja pregunta.
Ya no solamente: ¿Cuándo cambiará Cuba?
Ahora también debemos preguntar:
Si Cuba está cambiando, ¿están dispuestos a cambiar quienes durante décadas le exigieron que cambiara?

 

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