El título de este trabajo parecerá quizás, el de una novela de ficción. Realmente no es la intención pero por su contenido podría serlo.
Llamo a mis amigos casi diariamente. Especialmente a quienes viven en Cuba, que son la mayoría. Antes de iniciar la conversación siempre les pregunto: “dime cómo está la cosa” y responden lo mismo: “nada nuevo”.
La respuesta lo dice todo: estamos viviendo en la inacción, dejándonos sepultar por el excremento de las moscas y las picadas de avispas ávidas de agredir por agredir.
Yo siempre he comentado que prefiero morir de pie y no tirado en una cama. Prefiero morir de pie frente a mi enemigo que dejarme ahogar bajo el abusivo poderío y la cobardía de quienes lo administran.
Pero en esa realidad tenebrosa y aplastante, vive Cuba hace meses. Porque es cierto que durante más de 60 años ha estado agredida por el vecino del Norte, donde además, debido a ineficiencias del sistema soviético que adoptaron, existían dificultades y escaseces. Pero nunca había sufrido el ensañamiento maléfico de una administración como la actual.
En mis más recientes escritos, a lo largo de este año y finales del anterior he mencionado reiteradamente que Washington no quiere hablar con el gobierno cubano. Esta aseveración la vengo sosteniendo desde hace más de año y medio. A varios de mis amigos y conocidos les advertí: no es un tsunami, sino una marea que sube sin fin y los va a sorprender. Hay que ser creativos.
El establishment, como se denomina a esa gran masa que dirige los destinos del país en Los Estados Unidos de América, se cansó del tema cubano. Una vez que transcurrieron varios meses luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países, gracias a la gestión mesurada y pragmática que realizaron Barack Obama y Raúl Castro, los cambios que esperaban de la dirección cubana, en un sentido más acorde con los parámetros del hemisferio y el mundo que la geografía asignó a la Isla, nunca fraguaron, aun cuando fueron anunciados en los primeros momentos por el General Raúl Castro. Estoy convencido que Obama no aspiraba a cambiar el orden social, pero confiaba que la inteligencia y la realidad aplastante de los acontecimientos mundiales en el mundo del socialismo y las ideas progresistas, bastaban para que abrazaran la senda de las nuevas concepciones actualizadas a partir del derrumbe estrepitoso de la URSS.
Ahora estamos en una encrucijada que inexplicablemente no la vieron venir. Pero era de esperar desde el momento que la presidencia de Biden no continuó con la política de su presidente Obama. Por el contrario, comenzó una época de sanciones, señal evidente de que estaban agotados de lidiar con el tema Cuba, algo previsible a las puertas de una nueva era que ya se avizoraba y donde las grandes potencias mostraban su aspiración a una repartición del mundo por áreas de influencia.
El problema actual de Cuba no es económico. De hecho han procedido a aprobar cambios necesarios para el desarrollo eficiente de la producción y el comercio que ya venían considerándose desde comienzos de este siglo. Estas nuevas transformaciones en décadas atrás confrontaron lamentablemente la resistencia de un nutrido grupo de personas que se petrificaron ideológicamente tras la caída del Bloque Soviético. Jamás un cubano, criollo, isleño, de modales relajados y de tolerante personalidad, había permitido que su pensamiento se congelara en el tiempo. Pero ocurrió y eso contribuyó en gran medida a la situación actual. Todo esto se justifica oficialmente utilizando términos como “consenso”, “convencer a los compañeros”, conservar la llamada “unidad”, en fin justificando errores en aras de compañerismos que ninguna gobernanza, ante el dinamismo de las circunstancias, puede darse el lujo de considerar.
Hay situaciones en la vida política de las naciones que, ante la presencia de nudos gordianos que cierran el paso al avance de las ideas, requieren de un Alejandro el Magno, quien al ver que con las habilidades de sus manos no podía zafar el Nudo Gordiano que sujetaba la lanza del yugo para entonces poder “conquistar el Asia”, como rezaba la profecía, no tuvo dudas sobre cómo actuar.
Un guerrero, líder o dirigente no puede detenerse ante semejante disyuntiva cuando lo importante era poder echar a andar el carruaje y enyuntar las bestias. Fue entonces que Alejandro procedió a romper el nudo con un contundente golpe de su espada. Esto aplica a toda dirección política en momentos críticos. Si no se puede resolver la situación por la inconveniencia de un nudo, al margen de su esencia, se quiebra de un tajo y manos a la obra que nadie se opone a Alejandro el Magno, salga el sol por donde salga.
En la actualidad y repito lo mencionado en párrafo anterior, el problema de Cuba no es económico, porque ya tiene aprobadas las bases para lograr soluciones eficientes. El gran problema es político. Es un conflicto que afecta los hilos internos del sistema y del gobierno cubano y en esencia es también de carácter geopolítico.
La constitución aprobada del año 2019, es indicación que existe un conocimiento de las deficiencias del sistema existente anteriormente basado en las concepciones soviéticas que probaron catastróficamente su ineficiencia y de la realidad cultural donde crecimos. De esa constitución quedaron pendientes de aprobación un buen número de leyes anunciadas en dicha Carta Magna.
Han pasado 7 años y la inmovilidad de aspectos esenciales a la supervivencia del sistema que abraza un proyecto social al cual aspiramos una inmensa mayoría de cubanos, son un reflejo de la inacción política a la que se acostumbraron las diversas dirigencias del país. Unas veces justificadas por la presencia agresiva y visible del Norte que vigila y conspira para que nada se mueva de modo positivo y la mayoría por el temor de perder las riendas del poder. Algo que nadie en su sano juicio desea porque ese poder es precisamente el indicado para conducir los cambios y dirigir los nuevos rumbos de dicho proyecto.
Querámoslo o no, pertenecemos a la esfera de influencia de Los Estados Unidos de América y éste a su vez es parte de la influencia del conjunto regional. Dicho esto, lo que hagamos como país tiene que tener en cuenta esa presencia y la proveniente de los países del Sur, algunos de ellos proclives a recibir directrices de Washington.
El Norte quisiera que todo el hemisferio fuese a su imagen y semejanza. Son las máculas que arrastra por su complejo de hermano mayor. Sin embargo, ellos mismos están sujetos a cambios, muchos de los cuales se vislumbran en las luchas políticas de los últimos tiempos.
Pero eso no niega la existencia de valores comunes que fueron logros alcanzados al triunfo del liberalismo, conquistas como las que señalaba Rosa de Luxemburgo a Lenin cuanto criticó la erradicación del voto, la libres expresión, de asociación y otros aportes que fueron resultado de largas luchas de las clases trabajadoras, intelectuales, profesionales, hombres de empresa en general, por sacudirse el autoritarismo y la falta de movilidad.
Estos valores que van aparejados con la visión general del hemisferio y le cierra la boca al agresor norteño, están allí, aprobados en esa nueva Constitución Cubana de 2019. Sólo que carecen de un detalle. Son Leyes anunciadas pero aún pendientes. Eso forma parte del entramado político interno sin solucionar.
En estos momentos que se han aprobado 176 medidas que sin dudas contribuirán a modernizar la economía de la Isla, sobre las cuales se apresuraron en aprobar un conjunto de decretos leyes y regulaciones que garanticen su funcionalidad, aún continúa sin aprobarse la Ley de Empresas.
O sea, no ha sido aún aprobada una Ley integral y única como exige la Constitución de 2019, de modo que exista un cuerpo jurídico completo. Y no vamos a mencionar otras Leyes que la Constitución exige pero ni siquiera han sido redactadas en un borrador como la Ley de Libertad de Información, de Hábeas Data (derecho a revisar y corregir información que el estado guarda sobre la persona), Ley de Gobierno Local y otras más que están en iguales condiciones.
Lo señalado constituyen gravámenes políticos, son parte de esa problemática política ajena a la económica, cuya incidencia no es sólo interna sino que influye en las pretensiones del Norte que nos declaró su enemigo gratuitamente desde 1963 al aplicarnos la Ley del Enemigo de 1917. Son asuntos que causan dudas en las dirigencias de otras naciones sobre la credibilidad del estado, específicamente en USA, donde no basta con tener en cuenta el partido político que administra la gobernanza sino el pensamiento del establisment. Esperar que cambie el balance del Congreso en noviembre de salir triunfante una mayoría demócrata son sueños de verano si no cambia el criterio generalizado del establishment que no vemos, pero se siente.
No voy a extenderme más en expresar las razones que tengo para decir que el problema de Cuba en estos momentos no es económico, sino político. Quienes no compartimos el programa político del gobierno actual (y gobierno no son las personas sino el programa que administran), pero que somos parte del sistema, podemos entender ciertas demoras, pero no tantas hasta el punto de afectar lo esencial. En un momento que la marea sube por minuto y la población padece segundo a segundo, sufre y desespera, hay que actuar sin importar los costos siempre y cuando los dados a poner sobre sus pies el proyecto permanezcan en sus respectivas funciones.
Siempre digo que por soberbia somo capaces de cometer muchos errores, pero el único en el cual no puedo incurrir, es poner en juego la vida de mi nieto, hija, mi familia en general porque mi obligación, sin importar cuánto me cueste, es preservarla aun bajo peligro de perder una parte de mi cuerpo o quizás la propia vida. Por encima de todo está la vida y el bienestar de aquellos que están bajo mi amparo, esa es la frontera que jamás podemos cruzar.
