
TRADUCIDO DESDE EL MÁS ALLÁ POR MAX LESNIK
En 1896, el general Valeriano Weyler ordenó la reconcentración: obligó a los campesinos cubanos a abandonar el campo y concentrarse en ciudades y pueblos controlados por el ejército español. El objetivo era claro —aislar a los mambises, cortarles todo apoyo, alimentos e información. El resultado fue una catástrofe humanitaria: cientos de miles de cubanos murieron de hambre y enfermedades.
Más de 130 años después, la estrategia se repite con otra forma. Desde enero de 2026, el presidente Trump impuso medidas que impiden que otros países envíen petróleo a Cuba, bajo amenaza de aranceles a quien lo haga. México detuvo sus envíos, Venezuela ya no puede enviar, y los tanqueros se desvían. El resultado es el mismo de siempre: el pueblo cubano queda aislado energéticamente.
La falta de combustible ha provocado apagones masivos que duran horas o días enteros, hospitales que no pueden funcionar con normalidad, cosechas que se pierden por falta de transporte, y una crisis humanitaria que ya está cobrando vidas evitables. Es la misma lógica: asfixiar a la población civil para presionar al gobierno.
«Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día…
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!…»
Weyler llamó su crimen «reconcentración». Trump lo llama «presión máxima». El nombre cambia, las víctimas son las mismas y el método es idéntico: usar el sufrimiento del pueblo como arma.
