
Las naciones y los pueblos existían antes de las guerras y seguirán allí después que hayan concluido.
Los estados tienen contradicciones profundas y libran enconadas luchas armadas, pero los países y los pueblos no se enemistan, menos cuando los unen lazos de índole étnica, económicos, territoriales, culturales, especialmente lingüísticos y de otro tipo. Ocurre algo análogo al interior de los países donde las clases y las facciones políticas se enfrentan y, aunque cultivan reservas, a la larga se reconcilian, España y Alemania, son botones de muestra.
Las transiciones demoran más o menos, asumen diferentes formas, pero llegan. A pesar de la Guerra Fría y de la carrera de armamentos que sostuvo la paz en la idea de la “destrucción mutua asegurada”, del cataclismo que significó la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, excepto por los enfrentamientos en la ex Yugoslavia, los pueblos europeos vivieron casi ochenta años en paz, incluso avanzaron hacia la integración y la unificación y a punto estuvieron de sumar a Rusia a tales procesos que hubiera sido como una “consumación de la primavera”.
En Rusia y Ucrania pueden gobernar líderes de unos u otros partidos y realizarse luchas letales, no obstante, al final del día, ambos serán eslavos y estarán frontera con frontera. El idioma, los sentimientos y la historia común, les permitirá comprenderse. Las heridas sanarán y las reservas serán trascendidas. Definitivamente lo que los une es más fuerte que las manipulaciones políticas que, circunstancialmente los dividen y los enfrentan. Siempre ocurre así.
La Primera Guerra Mundial fue una guerra europea que involucró a Estados Unidos que, entonces trató de solucionar la cuestión de las guerras europeas mediante la propuesta de los 14 Puntos y la creación de la Sociedad de Naciones, proyectos aceptados por 57 estados, prácticamente todos los existentes. 22 de ellos fueron latinoamericanos.
Aquellos fueron los primeros resultados de los esfuerzos por introducir institucionalmente el multilateralismo en las relaciones internacionales e instalar un mecanismo global de seguridad colectiva que protegiera la convivencia y contribuyera a la paz. En 1926 el ingreso de Alemania en la organización fue un momento que parecía trascendental. No obstante, la organización no pudo impedir el auge del fascismo, pero fueron esfuerzos válidos por la reconciliación europea.
No obstante haber significado un paso trascendental, la Sociedad de Naciones no pudo evitar la II Guerra Mundial, como tampoco la ONU ha podido, debido a sus imperfecciones estructurales, impedir la guerra en Ucrania ni podrá frenar la escalada que puede conducir incluso a una confrontación nuclear entre Rusia y la OTAN. El ministro de defensa de Alemania, país que inició las dos guerras mundiales, le ha puesto fecha.
Para Boris Pistorius, es probable que el Viejo Continente haya vivido ya su “último verano de paz” y que la guerra entre Rusia y la OTAN podría comenzar “antes de 2029”. La predicción es apocalíptica. Moscú tomó nota y, según han declarado sus voceros, se prepara por si la amenaza llegara a hacerse efectiva.
Desde el inicio de la confrontación, con este diario por tribuna, acompaño y aliento los esfuerzos por la paz, tanto de los que protagonizan la guerra y asumen los costos humanos como los que, desde fuera, se esfuerzan por detener una carnicería carente de sentido. Hace tiempo dejé de ocuparme de quién la inició, para interesarme por quién o quiénes le pondrán fin.
La idea de luchar “hasta el último ucraniano” y de alabar el heroísmo de los jóvenes rusos que, sin entusiasmo alguno, dan su vida por una causa extraña, son aberraciones.
La búsqueda de la paz, por líderes que, como Xi Jinping, Lula, Erdogan, Donald Trump y otros muchos, buscan fórmulas para detener la guerra y procurar la paz que es no sólo lo más importante, sino lo más urgente.
La victoria en esta guerra no se alcanzará en los campos de batalla como ocurrió en la II Guerra Mundial y en la Gran Guerra Patria libradas por la Unión Soviética y la coalición de los Aliados quienes, con impar heroísmo, enfrentaron las jaurías nazi-fascistas que amenazaron con sepultar, bajo montañas de cadáveres, todo lo que la humanidad había conquistado, especialmente la democracia y la convivencia pacífica.
La idea de que la solución de este conflicto se relaciona con arsenales y tremebundas innovaciones militares es errónea. También lo son los esfuerzos por construir nuevas coaliciones que enfrenten al “occidente global”, entidad realmente inexistente. Lo global es el mundo con todos incluidos. Los empeños por crear entidades nuevas para otras confrontaciones son recreaciones de empeños superados.
“La paz, proclamó Mandela no es un camino, es el único camino”. Allá nos vemos.
La reconciliación de Europa
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