No estaba en las gradas cuando bahía de Cochinos ni durante la crisis de los misiles. Anduve por Nicaragua cuando se enfrentaba a la contra, en Angola mientras se peleaba contra la UNITA, y viajé a Cabinda donde operaba el FLEC. Nunca combatí, pero pasé mucho tiempo en maniobras, entrenamientos, y lecturas bélicas.
No había cumplido treinta años cuando leí “De La Guerra” de Karl Von Clausewitz, y trabajaba en el Ministerio de las Fuerzas Armadas cuando disfruté del “Buen Soldado Shveik”, lectura que comenté con otro oficial quien me dijo: “Al ministro no le gusta…” (En aquel momento era Raúl Castro). Nunca supe si fue cierta o no la preferencia, pero me abstuve de nuevos elogios. Cuando años después le presté el libro “Trampa 22” a mi hijo, que cumplía el servicio militar, le aconsejé que no lo comentara, al menos en el campamento.
Tal vez por aquellas experiencias y lecturas, y por haber vivido un tramo de mi vida adulta durante la Guerra Fría, las amenazas bélicas no me impresionan. Creo como Klausewitz que “La guerra es la continuación de la política…” y que en desencadenamiento intervienen el odio, la enemistad, el primitivismo, el azar y el cálculo de probabilidades…” Excuso sus omisiones porque no conoció las guerras mundiales, el nacimiento del imperialismo moderno, ni supo de la geopolítica. No obstante su apotegma es válido.
La guerra es política, y amenazar con ella lo es también. Ese es el fundamento de la espiral de armamentos nucleares, la lucha por el predominio en la carrera espacial, y los fundamentos de la Guerra Fría basada en el equilibrio del terror y la Destrucción Mutua Asegurada, doctrina en la cual, lo único seguro es que tal destrucción no ocurrirá, excepto que algún hecho casual la provoque.
Nadie debería preocuparse demasiado. China no se prepara para cargar contra Estados Unidos y la OTAN. Rusia no hará la guerra a occidente, no solo porque no puede ganar sino porque puede perecer. No hay en occidente ningún político o general que crea viable invadir a Rusia. Todo se trata de política, de una especie de propaganda armada.
Es probable que, llegado a algún punto, las superpotencias se entiendan, cosa que entre Rusia y Estados Unidos hubiera sucedido de no haber surgido el problema de Crimea, y del mismo modo que en la economía global ocurre una especie de convergencia, también lo habrá en la esfera militar.
Desde hace 71 años no hay enfrentamientos militares entre las grandes potencias europeas. En ese período la Unión Soviética y Estados Unidos maniobraron para tensar las cuerdas y evitar su ruptura. En 1948 cuando los accesos terrestres a Berlín fueron bloqueados, la fuerza área norteamericana aprovechó para exhibir músculos mediante un fabuloso puente aéreo.
Durante la Guerra de Corea, Truman destituyó a MacArthur cuando propuso lanzar bombas atómicas sobre China, en 1956 Eisenhower moderó los aprestos bélicos de Inglaterra y Francia en torno al canal de Suez, y JFK saldó la Crisis de los Misiles en Cuba mediante un arreglo con Nikita Kruschev.
Los conflictos locales, de baja, media, o alta intensidad tipo Afganistán (en la era soviética y después), Kuwait, Irak, Libia. Ucrania y otros, son ajustes geopolíticos para controlar materias primas o territorios, y casos como los de Palestina son auténticas luchas de liberación que algún día se saldarán mediante negociaciones, por las armas es imposible.
Apagado el foco de Irán, si bien queda el de Corea del Norte, es poco probable que su liderazgo quiera suicidarse. Por lo demás nadie debería perder el sueño, sobre todo cuando, como acaba de ocurrir en América Latina, se ha suscrito un acuerdo de zona de paz que debe excluir toda confrontación bélica.
La paz es una conquista al parecer irreversible. Obviamente existen opiniones distintas, por cierto respetables. Allá nos vemos.










