Murió Fidel Castro Ruz, el dictador;” el megalómano que entronizó en Cuba el “culto a la personalidad”; “donde no se movía piedra alguna sin su consentimiento o con la muerte inevitable ante la desobediencia”, como dicen sus detractores y aquellos que no supieron ganarle la partida que ellos mismos inventaron.
Los detractores son víctimas de su ego insatisfecho y sobre todo de una avaricia que prefiere replicar una república ajena, recreando ejercicios inútiles que las realidades niegan. Los segundos, quienes perdieron el juego que ellos mismos diseñaron, son los incapaces que no recordaron que la Revolución cubana es consecuencia del devenir de una República a medias, legada por la ceguera española y las intransigencias del Norte estadounidense. Ambos incurrieron en la equivocación de no insertarse a un proceso que por historia les correspondía.
¿Dónde están las estatuas de Fidel? ¿Dónde los rasgos del culto a la personalidad que siempre le imputaron? ¿Por qué no continúan insistiendo en su grandiosidad personal? ¿Por qué no hablan y comentan, con igual recurrencia que antes lo hacían, que en su testamento pidió la cremación inmediata para evitar la idolatría sana y espontánea que practican los pueblos por sus héroes? ¿Será quizás porque es un hecho más que desmiente las faltas de entendimiento de un enemigo de paja? o ¿porque muestra la perenne vocación a la infamia que siempre los ha distinguido?
¿Por qué no hablan de los crímenes que ellos cometieron para evadir un enfrentamiento ideológico que debió comenzar por exigirle al Norte “manos fuera de Cuba”? ¿O es que prefieren denostar de las medidas severas a las que obligó la seguridad nacional cubana ante el terrorismo estimulado desde Washington? ¿Por qué callan que el mismo país que les prometió ayudas y le facilitó prebendas, a costa de las contribuciones de sus ciudadanos, mata sin reparos fuera de su territorio a sus enemigos y entierra en vida a quienes captura dentro del suyo?
El sepelio de Fidel, el Comandante, como lo bautizaron sucesos que hubiesen sido evitables, fue el menos pomposo de los homenajes que se le rinden al más insignificante Jefe de Estado, solo negado por la marejada humana que reclamó recordarlo.
La Plaza de la Revolución, punto de confluencia de las pasadas tensiones políticas con aquella voluntad que se negó a aceptar los retos injustificado a la soberanía cubana, regresó callada, en cientos de miles, para ser ellos nuevamente los protagonistas que con su presencia sellaron el estilo de trabajo, que espontáneamente naciera al inicio de aquel agredido proceso de cambios. Quisieron recordarlo como fue, en ese rincón cubano, donde las almas clamaron sus alegrías y también lloraron crímenes como el asesinato del Che o el avión de pasajeros derribado por una bomba cuando volaba de Barbados a Cuba lleno de jóvenes deportistas y civiles.
Fidel es el único gran líder que se negó a quedar inmovilizado en bronce. Parecería que su persona descalificara esas muestras materiales del recuerdo. Ninguna calle, edificio o ciudad lleva su nombre. En más de una oportunidad había dicho aquella frase de José Martí, “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.
Siempre, enemigos, detractores e indiferentes, se equivocaron en sus predicciones. Las valoraciones y opiniones vertidas sobre la Cuba del cambio, se enfocaron en la figura de Fidel y no entendieron el significado profundo del acontecer, donde las intrigas y prepotencia de Washington jugó un papel bochornoso para su propia historia.
¿Qué queda de Fidel? Sus ideas, por eso no quiso que lo enclaustraran en el bronce de una estatua. Las erróneas y las buenas. Y también sus autocríticas que, si tuvieron limitantes o falta de claridad, fue el resultado de una represión consciente ante la verdad de un proceso aún no consolidado y por la delicadeza de no entorpecer las acciones de quienes lo sustituyeron en la dirección del gobierno y la Administración del Estado.
Aparentemente la única estatua que Fidel ordenó antes de su muerte fue un monumento a la REFLEXIÓN. Así lo dejó implícito en sus años de retiro, donde evadió ordenar acciones de gobierno y concentró sus esfuerzos en la meditación permanente, las cuales llamó con ese término que destaca claramente la importancia de las ideas y la revaloración del pensamiento: REFLEXIONES.
Así se despidió, para orgullo de quienes lo entendimos y para bochorno de quienes han escogido disfrazar sus frustraciones con la falsa alegría del vencido.
Como dijo un amigo “pasarán los años y unos y otros, los primeros y los segundos, recordarán obligatoriamente “qué hacían el día que murió Fidel”. Ese será el dulce recuerdo de unos y la terrible pesadilla de los otros.
Así lo veo y así lo digo










