TOMADO DE CUBADEBATE

El Festival Internacional Jazz Plaza 2024 por trigésima novena ocasión convirtió a Cuba en el epicentro cultural del continente y del mundo. Ya concluido, resulta interesante abordar el análisis del acto curatorial que amparó la arquitectura de su programación.

Si una palabra definió al Jazz Plaza fue diversidad. Alrededor de ella se articuló la programación, la confluencia de expresiones artísticas, intérpretes, generaciones, formatos, repertorios, escenarios y audiencias. En una muestra de desafío al tránsito por lugares comunes, confluyeron en el diseño del evento la música, las artes plásticas, el arte danzario y audiovisual. La amplitud del espectro artístico posibilitó al público diseñar itinerarios estéticos propios marcados por la novedad y valía de las propuestas, en medio de un cotidiano sonoro en el que estas expresiones no son norma. El denominador común del evento: el rigor creativo, interpretativo, conceptual y científico.

El público cubano, ávido de música de este calibre, disfrutó del arte de figuras consagradas y emergentes dentro del escenario musical cubano a los que encasillar en uno u otro género, en algunos casos resulta casi imposible y si acaso necesario. Músicos como Josúe Borges Maresma, Janio Abreu, Ernesto Oliva, Dayramir González, entre tantos otros, frutos en su formación primera del sistema cubano de enseñanza artística, son expresión viva del nivel profesional y versatilidad alcanzada, para dejar una estela de placer y orgullo por lo que musicalmente hemos logrado.

Innovación y originalidad caracterizaron también la concepción del evento. Algunos de los grandes momentos, so pena de no mencionar a otros, fueron el concierto “Estrellas de Buena Vista y más”, una propuesta de Pancho Amat asentada en el rescate de la música cubana esencial desde la individualidad creadora de cada intérprete. “Sin Bola no hay paraíso”, fue un homenaje a Bola de Nieve, paradigma de la música y la cultura cubanas desde la mirada de las nuevas generaciones. El concierto de Aaron Goldberg junto a músicos cubanos de la talla de Oliver Valdés, Jorge Reyes, Emir Santa Cruz y Alejandro Delgado exhibió un repertorio en el que la recreación de la obra de Thelonius Monk y Pablo Milanés, dejaron atónitos a no pocos. Las confluencias de varias manifestaciones artísticas y la riqueza conceptual de cada una de las expresiones musicales en la presentación protagonizada por Roberto Fonseca, junto a exponentes del ballet Nacional de Cuba, entre otros artistas, sellaron la altura y la proyección cultural de un evento como el Jazz Plaza.

Vale destacar el homenaje por los 50 años de carrera artística de Joaquín Betancourt. Premio Nacional de Música 2019, Premio Grammy y multigalardonado en Cubadisco, Joaquín Betancourt, se ubica entre los productores y arreglistas más brillantes del ámbito musical cubano. Su pensamiento crítico musical y una obra musical fecunda lo convierten en un referente vivo para seguir haciendo de la música cubana no solo blasón de identidad nacional, sino para convertirla en eje cultural que tribute a la formación de un ser humano y una sociedad mejor.

Los coloquios “Leonardo Acosta in Memoriam” y “Mariano Mercerón in Memorian”, realizados en La Habana y Santiago de Cuba respectivamente, mostraron un amplio espectro temático. Marcados por un enfoque innovador, combinaron a través de diferentes modalidades expositivas presentaciones musicales, lanzamientos de libros, proyecciones audiovisuales, clases demostrativas, ponencias y paneles. El abordaje multidimensional del fenómeno jazzístico discurrió de la mano de importantes investigadores, expertos, músicos e instituciones con intervenciones que abarcaron la enseñanza, la historiografía, el patrimonio, la técnica interpretativa, la gestión y la industria musical. Próximos empeños deberán trabajar por enriquecer el programa del coloquio “Mariano Mercerón” de manera que se logre un mayor balance entre los eventos teóricos del festival en lo referido a la duración y el número de trabajos presentados.

La asistencia a las actividades demostró la avidez de las audiencias por consumir buen arte, en tanto arte emancipador, al distanciarse de la estandarización imperante en el escenario musical cubano e internacional. Resulta meritorio el esfuerzo de llevar el evento a Santiago de Cuba. Este paso fortalece las pautas de una política cultural que aspira a difundir lo mejor del arte en cada lugar del país más allá de la capital. Esta práctica ha de mantenerse y aunque ambiciosa, debe intentar hacerse extensiva a otros territorios.

Desde el jazz, la cultura se alzó como expresión de emancipación y libertad. El arte mostró su potencial como puente para el diálogo entre culturas y el entendimiento mutuo. Fue incluso la metáfora de una proyección política soñada. Desde Facebook, un espectador cubano comentaba a propósito del concierto ofrecido por el pianista estadounidense Aaron Goldberg, junto a músicos cubanos:

“El resultado fue un espectacular concierto en el que el estadounidense y los cubanos armonizaron de manera natural, como si se tratara de un grupo con muchos años de experiencia juntos. Prevaleció el respeto y admiración mutuas. Este momento no debería ser un destello, sino la norma en las relaciones bilaterales. Ojalá el lenguaje universal que es la música, se traspolara a la política”.

Muchas manos bordaron el festival de jazz. Dentro de ellas, Roberto Fonseca, pianista, compositor, arreglista y director artístico del evento, dejó su impronta personal. Figura ya indispensable dentro de la historia musical cubana, Fonseca materializó la cosmovisión alcanzada a lo largo de su intensa y prolífera carrera artística, en el diseño y concepción de un festival de compleja y lograda factura.

Jazz Plaza logró mucho. No obstante, queda por hacer todavía. Más de 20 países de América, Europa, Asia estuvieron representados. La participación del camerunés Gino Sitson, evidenció la exigua presencia de África. Un festival de esta naturaleza en próximas ediciones, debe aspirar a incluir un mayor número de exponentes del continente africano, cuyas tradiciones musicales fueron matriz y esencia para el surgimiento del jazz.

Cuba debe insistir en el empeño de que eventos de esta magnitud perduren y se conviertan en fuente espiritual nutricia para el pueblo, tan necesitado, en medio de la agobiante situación económica, de remontar el vuelo y seguir el camino ascensional del espíritu que posibilita el arte. Al público cubano, el llamado a aprehender este festival devenido en el mundo actual oportunidad y privilegio.

Lo que pareciera un sueño, fue una realidad. Evocando a Lezama, el Festival Jazz Plaza 2024 en Cuba, fue otra expresión de “la pobreza irradiante” y la “posibilidad infinita” generada de la voluntad de un país, en medio de la adversidad de estos tiempos.