ESTRATEGIAS, TACTICAS Y PROGRAMAS

                                                                            

8257d758967a440fa0e1a2b51a53c332a87c916dTiempo atrás, cuando el movimiento comunista y obrero internacional era regido desde Moscú, algunos partidos y organizaciones sindicales latinoamericanas de inspiración marxista, oponían cierta resistencia.

Aunque hubo diferencias ideológicas o políticas asociadas a interpretaciones dogmáticas del marxismo y otros vicios, los desencuentros giraban alrededor de la táctica y la estrategia, vinculadas a los entornos culturales y a las coyunturas políticas locales.

Por esas y otras razones, muchos líderes socialistas y comunistas entraron en contradicción con la Internacional Comunista y con la dirección soviética. Ni siquiera Fidel Castro pudo evadir estas polémicas que años después revivieron en torno a la pertinencia de la lucha armada.

Lo que interesa ahora no es establecer quienes tuvieron razón en una etapa u otra, sino rescatar el precedente asociado a los debates políticos acerca de la elección de las tácticas o estrategias más apropiadas, las alianzas posibles, las metas alcanzables, las consignas movilizadoras y los programas que podían servir de base para la construcción de consensos a escala social.

Únicamente en Cuba, después del triunfo de la lucha armada contra la dictadura de Batista, la puesta en marcha de transformaciones de beneficio popular, en irrepetibles condiciones históricas, con el liderazgo de Fidel Castro y el apoyo masivo de la Unión soviética, fue posible difundir entre las masas las ideas socialistas y promover el apoyo popular para la construcción del socialismo.

Si bien la Revolución Cubana contribuyó al auge de las luchas populares y de liberación nacional en América Latina, despertando admiración y concitando solidaridad, ello no significó una penetración significativa de las ideas socialistas en los ambientes políticos y las masas latinoamericanas.

Lo que en ese terreno pudo haberse avanzado, retrocedió con el colapso de la Unión Soviética, que consolidó el predominio de la ideología liberal, el capitalismo y el pensamiento conservador. No obstante, por un extraño giro, la crisis socialista coincidió con la del neoliberalismo y con el debut de una generación de líderes de la llamada Nueva Izquierda latinoamericana, que mediante elecciones lograron llegar al gobierno en varios países, promover importantes transformaciones y sostenerse en el poder a lo largo de unos quince años.

A los estereotipos y prejuicios políticos e ideológicos generados por setenta años de accionar anticomunista, se sumó la crisis y el fin de la Unión Soviética y otros procesos que no favorecieron la difusión de las ideas socialistas ni prestigiaron el modelo político que se intentó construir a partir de ellas. Por esas y otras razones, en América Latina ni en ninguna otra parte, excepto China, Cuba y Vietnam, no es oportuno adoptar como programa la propuesta de “construir el socialismo”, cosa que tampoco es necesario.

Debido a las experiencias concretas y a los prejuicios vigentes, el establecimiento del socialismo no es viable a partir de cerradas victorias electorales, sobre todo cuando se carece de medios y de posibilidades para la difusión y defensa masivas de estas ideas.      

Deformadas, mal explicadas y peor comprendidas, esas ideas que no siempre resultan atractivas para las masas, se asocian a un discurso anticapitalista que asusta a las clases medias, hace dudar a la intelectualidad y es aprovechado por la reacción, los sectores conservadores y la derecha internacional para realizar su labor ideológica y política.

En América Latina, ya sea desde el poder o la oposición se impone un amplio debate en torno a la estrategia y táctica de luchas, estilos de gobernar y programas estratégicos. La idea de una organización política  de la izquierda continental, que no sea una pasarela para discursos de ocasión, sino un eficaz foro de concertación, ronda los ambientes. Ojalá se concrete. Allá nos vemos.

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