Emigración cubana y transculturación.

miraSe pierde la cultura.Transculturación –término creado por el sabio humanista cubano Fernando Ortiz- es un fenómeno gradual mediante el cual una cultura adopta rasgos de otra. Los cubanos residentes en Estados Unidos, por ejemplo, están en contacto permanente con agentes transculturalizantes como los macdonalds, la cocacola, Santa Claus, Halloween, Thanksgiven day, y muchísimos otros que poco a poco y en un proceso acumulativo, producen la “aculturación” o pérdida de la cultura original y asimilación de la extranjera.
Los hijos de los emigrantes cubanos hablan español (mal pero lo hablan) siempre que sus padres se hayan preocupado por enseñarles el idioma; no obstante, en la escuela y al jugar con sus amigos hablan generalmente en inglés.
En la siguiente generación nacida en Estados Unidos son pocos ya los que hablan el idioma de los abuelos y, en la tercera, son casos excepcionales los que hablan el idioma de sus bisabuelos. En dos, tres o cuatro generaciones , por tanto, se pierde uno de los elementos más importantes de la cultura, el idioma.
En la música, con cada nueva generación, el oído se acostumbra más y más a ritmos diferentes, con intérpretes norteamericanos y canciones con letras en inglés. Las grandes figuras de la cultura musical cubana van pasando rápidamente al olvido.
En la alimentación, el proceso de transculturación prosigue también gradualmente. Con la tercera generación pocos toman café fuerte, el pavo asado ha sustituido al lechón en las festividades y nadie recuerda como se preparan los dulces cubanos caseros. Incluso los “holydays” son ahora diferentes.
Las fechas patrias se difuminan en la memoria y se sustituyen por el “Memorial Day”, “Presidential Day”, “Martin Luther King Day”, “Independence Day”, etc., presididas no por la bandera de la estrella solitaria sino por la de Estados Unidos.
He citado sólo ejemplos. La transculturación abarca todos los aspectos de la vida social y mina por diferentes flancos la identidad del cubano. Los intelectuales norteamericanos más progresistas abogan por el desarrollo de una sociedad multilingüe y multicultural, pero el “establishment” estadounidense está diseñado para favorecer la homogeneización no la diversidad. Las instituciones de mayor influencia: escuelas, universidades, radio, televisión, Iglesias, partidos políticos, fuerzas armadas, etc., son agentes activos de  conformación de la monocultura y valladares contra la diferenciación.
Con mucha frecuencia, lo que se proclama como avances en el pluralismo y la diversidad no es otra cosa que el fenómeno, bien conocido por los sociólogos estadounidenses,  de “politización de la identidad”.
La inserción, por ejemplo, en las candidaturas de los partidos políticos de aspirantes negros, hispanos o de otros grupos étnicos, es sólo un ejercicio de balance demagógico para mostrar una imagen atractiva multicultural  captadora de votos y nada tiene que ver con una mayor representación de las diversas comunidades en los cargos electivos.
Los seleccionados por los partidos como aspirantes son siempre, o casi siempre, individuos que han sido asimilados por completo a la cultura dominante. Lejos de promover la conservación o el rescate de la herencia cultural de las minorías a que pertenecen, lo que adelantan es el proceso de transculturación y asimilación.
Esto sucede, por supuesto, con todas las minorías residentes en Estados Unidos, pero el caso cubano –y es necesario prestar mucha atención a esto- tiene características especiales, por cuanto la evolución de la cultura en la isla, bajo un regimen socialista,  transita por caminos diametralmente opuestos a los de la comunidad de origen cubano en Estados Unidos.
Durante más de cinco décadas, en Cuba se ha puesto el mayor énfasis en la educación universal y gratuita, en el desarrollo de la ciencia, el arte y los deportes, y en los valores que resaltan lo más valioso del corazón humano: igualdad, justicia social, solidaridad, internacionalismo.
En la sociedad de consumo estadounidense, la comunidad de origen cubano se desenvuelve en un medio que exalta el individualismo, el egoismo y la desigualdad, y se muestra impotente ante la pérdida de los restos de la cultura heredada de sus mayores. En la medida en que rompe vínculos con la isla resulta más vulnerable a la influencia transculturalizante de un sistema esencialmente racista, discriminador, represivo e imperialista. No pocas veces, la transculturación deriva en trágicas consecuencias; la peor, quizás, cuando el hijo o el nieto del emigrado parte a tierras lejanas para servir como carne de cañón en las guerras del imperio.
Son pocos los que entienden que no se conserva la cultura cubana encerrándola en el gueto de una Pequeña Habana que, por cierto, debido a los cambios demográficos, llaman ahora “Latin Quarter” (Barrio Latino) y en las noches está bajo el dominio de maras o pandillas centroamericanas, sino en los puentes que se establezcan con la isla, porque es allí donde están las fuentes, las raíces profundas de nuestra identidad y donde se desarrolla, siempre frondosa y renovada, la verdadera y trascendente cultura cubana.
No es la industria de la nostalgia, comercializando bienes culturales en la calle 8 lo que salvará las tradiciones cubanas que en tierra ajena desaparecen, sino en la preservación y la expansión de los vínculos con la patria. Los que no entiendan esto, están condenados a desaparecer fundidos en el “melting pot” de una cultura extraña.

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