El objetivo, en fin, nunca ha sido apoyar al pueblo cubano, como pretende asegurar Donald Trump; lo que siempre han procurado, infructuosamente, es sumergir a los habitantes de la Isla en la desesperación

Autor: Raúl Antonio Capote | [email protected]

El expresidente de EE. UU. y candidato a ocupar el máximo puesto por segunda vez en la Casa Blanca, Donald Trump, aseguró recientemente, en un video divulgado en la red Truth Social, que le pondrá fin a la Revolución Cubana.

«El liderazgo en Cuba podría cambiarse si soy reelegido el 5 de noviembre de 2024… Biden ha sido muy débil con los comunistas, yo apoyo al pueblo cubano», afirmó.

¿Cuál es en realidad la asistencia que debemos esperar los cubanos del exmandatario? ¿Quién es en realidad este señor que se autoproclama «libertador» de los cubanos?

El expresidente es responsable, durante su anterior gobierno, de la aplicación de 243 medidas contra el pueblo de Cuba. La política de hostilidad de su administración registró acciones que impactaron en todas las esferas de la sociedad y en la vida de los ciudadanos de la Isla.

Sin miramientos de ninguna clase, el magnate en el poder aprovechó la situación creada por la pandemia de la covid-19 para acentuar el daño y el sufrimien­to a los habitantes del archipiélago.

A manera de resumen, para los desmemoriados, recordemos que el gobierno de Trump puso especial énfasis en obstaculizar las principales fuentes de ingresos y en entorpecer nuestras relaciones comerciales con el mundo.

La decisión de permitir demandas en los tribunales estadounidenses, al amparo del Título iii de la Ley Helms-Burton, fue una acción sin precedentes, que constituye un desestímulo a la inversión extranjera, lastrada ya por las trabas del bloqueo.

La prohibición de viajes de cruceros y la modificación de dos de las licencias que permitían las visitas de ciudadanos estadounidenses a Cuba causaron daños a los ingresos del país. A esto se sumó la creación de la Lista de Alojamientos Prohi­bidos, que incluyó 422 hoteles y casas de renta.

Además, se cancelaron los vuelos regulares y chárters a todo el país, excepto a La Habana, donde se mantuvieron con limitaciones.

Por otro lado, la suspensión de las remesas y la prohibición de transferencias desde terceros países, a través de Western Union, y la imposibilidad de tramitar los envíos mediante las empresas Fincimex y AIS, eliminaron los principales canales formales y crearon mayores dificultades a los recursos de muchos cubanos.

La campaña de descrédito a la cooperación médica internacional, auspiciada y promovida por Washington, favoreció la interrupción de los convenios con varios países del área, e incrementó las presiones hacia organizaciones multilaterales y terceros países.

Se reimpuso a Cuba la medida que impide la importación de productos de cualquier país que contengan más de un 10 % de componentes estadounidenses, lo que constituye un obstáculo real para adquirir insumos necesarios, independientemente del mercado de origen.

Otro de los «grandes gestos amistosos» de la administración trumpista fue la creación de la Lista de Entidades Cubanas Restringidas por el Depar­tamento de Estado, que prohíbe a personas sujetas a la jurisdicción estadounidense realizar transacciones financieras directas, medida que dificulta el comercio exterior y la exportación de bienes y servicios.

En ese mismo orden de cosas, buscando causar el mayor daño posible, el sector bancario-financiero fue seriamente afectado por las sanciones de la Casa Blanca.

Bajo el pretexto de la supuesta injerencia de Cuba en Venezuela, se sancionaron buques, navieras, compañías aseguradoras y reaseguradoras vinculados al transporte de combustibles. Solo en 2019, 53 embarcaciones y 27 compañías fueron penalizadas.

Como parte de la política de máxima presión, se incluyó a Cuba en listados arbitrarios y unilaterales, entre ellos el que designa a la Isla como Estado patrocinador del terrorismo.

No se puede obviar el impacto que tuvieron los informes del Departamento de Estado sobre Derechos Humanos, Libertad Religiosa, Trata de Personas y Terrorismo, que reforzaron la retórica contra Cuba.

El corolario es extenso y variado. Va desde la suspensión de la emisión de visas en el Consulado en La Habana, la cancelación del acuerdo de las Grandes Ligas de beisbol con la Federación Cubana, las multas a bancos y compañías extranjeras hasta las sanciones a empresas que venden materiales y productos médicos, incluso durante la pandemia de la COVID-19.

De no ser por la fortaleza del sistema de Salud Pública de la Mayor de las Antillas, la voluntad política del Gobierno, la sapiencia de los científicos y la entrega sin límites de todos los trabajadores del sector, la pandemia hubiera causado un gran desastre humanitario.

Ni un equipo, ni una vacuna, ni el oxígeno necesario, nada llegó desde el vecino del Norte que, además, impidió, mediante un acto que solo puede calificarse de brutal, la compra en terceros países de los medios imprescindibles para enfrentar la pandemia.

El objetivo, en fin, nunca ha sido apoyar al pueblo cubano, como pretende asegurar Donald Trump; lo que siempre han procurado, infructuosamente, es sumergir a los habitantes de la Isla en la desesperación, para que actúen contra sí mismos y faciliten la reconquista de Cuba a los monopolios yanquis y a la élite entreguista, que vegeta en ese país a la sombra del águila imperial.

Ese y no otro es el plan de Trump para su nuevo periodo de gobierno. El nuestro, el de los cubanos: «enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, mantener a nuestra Patria libre».