¿Cuál fue el destino de personajes que en un momento anterior a 1959
ocuparon planos de actualidad en la vida cubana? El tiempo no
transcurre en balde y, por supuesto, a estas alturas ya murió la
mayoría de ellos. De todas formas, rastrearlos y seguir sus pistas no
siempre es fácil porque esa «celebridad» de la que disfrutaron pasó,
en muchos casos, al más absoluto de los anonimatos.
En otras ocasiones he abordado este tema y lo hago ahora, con muchas
adiciones, compulsado por la solicitud de un lector. Será, por fuerza,
una relación incompleta. No siempre logra uno enterarse de dónde está
o qué se hizo gente que un día ocupó espacio en la crónica social o en
las noticias del acontecer político.
Empecemos por los presidentes.

Entre dos ciudades
El coronel Carlos Mendieta Montefur, presidente de la República entre
enero de 1934 y diciembre de 1935, murió en La Habana, en 1960.
Residía en Tercera, 1202 equina a 12, en Miramar, y se hizo famoso por
su cría de gallos de pelea, los muy celebrados gallos Mendieta.
Carlos M. Piedra, jubilado en 1959 del Poder Judicial, falleció, ya
nonagenario, en su casa No. 661 de la calle D, entre 27 y 29, en el
Vedado. No llegó a la primera magistratura; estuvo, sí, a punto de
alcanzarla el 1ro. de enero del año mencionado, pero la Sala de
Gobierno del Tribunal Supremo se negó a tomarle juramento y aceptó la
designación hecha en la Sierra Maestra del también magistrado Manuel
Urrutia Lleó. Meses después, en julio, renunciaba Urrutia. Buscó asilo
en la Embajada de Venezuela y pasó a la de México cuando el país
sudamericano rompió relaciones con Cuba. Murió en Estados Unidos.
Carlos Prío Socarrás (74 años) se suicidó en 1977 en su casa de la
Florida. Fue inhumado en el cementerio de Woodland Park, de Miami,
donde también reposan los restos de los ex presidentes cubanos Carlos
Hevia y Gerardo Machado. Su esposa, Mary Tarrero, quien vivía retirada
desde la muerte de Prío, murió en septiembre de 2010.
Ramón Grau San Martín (87 años) falleció en La Habana el 28 de junio
de 1969. Poco antes de su muerte escribía en este mismo diario el
periodista Mario Kuchilán: «Aún hoy vive en su “choza” de la Quinta
Avenida y se mantiene lúcido y empecinado. Grau sigue igual. El mismo
viejo socarrón de siempre; no se rehabilita ni se va».

Militares y ministros
El dictador Fulgencio Batista, quien usurpó el poder mediante un golpe
de Estado en 1952 e implantaría un régimen sanguinario, murió en
Marbella, España, en 1973, a los 72 años de edad. Se hallaba reunido
con su familia cuando sufrió un infarto masivo. Está enterrado en
Madrid, en la misma fosa donde inhumaron a su hijo Carlos Manuel, que
falleció con 19. En la bóveda contigua fueron inhumados Emelina
Miranda, su suegra, y el coronel Hernández Volta, uno de sus
ayudantes. Marta Fernández Miranda, su viuda, murió en el 2006. Mucho
antes, el 19 de junio de 1993, había muerto Elisa Godínez, la primera
esposa de Batista.
El general de brigada Roberto Fernández Miranda, jefe del Regimiento
7, Máximo Gómez, con sede en La Cabaña, y director general de
Deportes, dio a conocer sus memorias bajo el título de Mis relaciones
con el general Batista. Era hermano de Marta. «Panchín» Batista,
hermano del dictador y gobernador de La Habana hasta el 31 de
diciembre de 1958, se vio obligado a ganarse la vida en Miami como
sereno. Andrés Rivero Agüero, el presidente electo en los comicios de
noviembre del 58, perdió en una mala inversión lo que logró sacar de
Cuba, y vivía de las entradas de su esposa, quien trabajaba como
peluquera. Anselmo Alliegro, presidente del Senado, poseía en Miami,
desde su exilio de 1944, casas de apartamentos y otros bienes que le
permitieron vivir con cierta holgura. Murió el 22 de noviembre de
1961.
Casa propia también tenía allí el senador César Camacho Covani,
presidente del Partido Liberal en la antigua provincia de Oriente.
Ministro de Justicia en el batistato, «Lulú» Camacho, como le
llamaban, se creyó obligado a tomar el camino del exilio. Buscó amparo
en la Embajada española y luego de pasar varios días en una
instalación de esa sede diplomática, tuvo que enfrentar la
circunstancia de que España no concedía asilo político. Volvió
entonces a su casa, un apartamento del edificio marcado con el número
255 de la calle N. Tuvo suerte. Una mañana amaneció con la noticia de
que el apartamento de los altos había sido alquilado como un anexo de
la Embajada de Brasil.  Hizo su maleta y solo tuvo que subir la
escalera para encontrar asilo. Justo Luis del Pozo, el alcalde de La
Habana, hizo la misma operación, pero al revés. Enterado de la fuga de
Batista, tomó el ascensor en el noveno piso del edificio que habitaba.
Llegó al segundo piso y estaba ya en la Embajada de Paraguay.

El gran culpable
El siniestro Julio Laurent, del Servicio de Inteligencia Naval —el
hombre que asesinó a Jorge Agostini en plena calle, frente al hospital
Angloamericano del Vedado y a la vista de los vecinos, y ultimó,
asimismo, a Lydia y Clodomira—, trabajó en Miami como carpetero de un
hotel de cuarta categoría. Y el no menos terrible teniente coronel
Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de Inteligencia
Militar y asesino de Oscar Lucero y de decenas de jóvenes
revolucionarios, todavía en los años 80 laboraba como profesor en una
escuela de segunda enseñanza, en West Palm Beach.
El brigadier Dámaso Sogo Hernández salió de Cuba el 1ro. de enero de
1959 y se estableció en Miami, donde murió, como barbero. Era el
oficial superior de Columbia —tenía entonces grados de capitán— cuando
el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y fue el hombre que abrió a
Batista las puertas del campamento, lo que le valió el ascenso a
coronel. Otro de los grandes culpables del zarpazo, que ayudó a
consolidar con su nombre, prestigio y autoridad, el mayor general
Eulogio A. Cantillo Porras, fue condenado, en 1959, por su
participación en ese suceso. En Estados Unidos se vinculó a planes
contrarrevolucionarios, en particular al llamado Plan Torriente. Murió
olvidado por amigos y enemigos.
Francisco Tabernilla Dolz, general de cinco estrellas y jefe del
Estado Mayor Conjunto, no le ganó una sola escaramuza  a los barbudos.
Pero no más salió de Cuba, en 1959, no se cansó de culpar a Batista de
todas las desgracias del Ejército, además de las propias. Él y sus
hijos llegaron a pagar al periodista José Suárez Núñez, batistiano
hasta la víspera, un libro contra Batista, El gran culpable. Toda una
tribu que se enriqueció gracias a sus altos grados en las fuerzas
armadas y al negocio de contrabando que operaban en naves de la fuerza
aérea cubana. Uno de los reproches que el viejo Pancho hace a su
antiguo jefe es el dinero que no pudo sacar de Cuba. El mismo reclamo
que le hará el ex vicepresidente Guas Inclán, quien lo acusa de haber
llevado a la indigencia, con su fuga, a la «clase política» cubana.
El escribidor no cree del todo lo de la platica dejada en Cuba, pues
el general de brigada Francisco Tabernilla Palmero  —alias Silito,
hijo del viejo Pancho—, como secretario militar de Batista, supo de la
fuga con suficiente antelación. Él copió en unas hojitas color violeta
los nombres que el dictador le dictó para que estuvieran listos a la
hora de la partida.
Jefe del Regimiento Mixto de Tanques 10 de Marzo y de la División de
Infantería Alejandro Rodríguez, con sede en la Ciudad Militar de
Columbia, el general Silito dirigió una escuela militar en la Florida.
Dice el coronel Irenaldo García Báez en una entrevista publicada en la
revista Réplica, de Miami, en febrero de 1972: «Pero se le apretó el
cuadro y trabaja en el jai alai y como bookkeeper (contador) en una
fábrica de muebles».
En la misma entrevista, Irenaldo revela que ya en los finales de la
noche del 31 de diciembre de 1958, por orden de Batista, volvió a la
sede del Servicio de Inteligencia Militar y quemó todos los papeles
comprometedores, sobre todo aquellos que dejaban constancia de los
nombres de los agentes batistianos infiltrados en partidos
oposicionistas y  organizaciones revolucionarias. Regresó a la Ciudad
Militar y en la oficina de Silito coincidió con el general Cantillo.
Asegura: «Cuando me vio, me dio un abrazo y me dijo: “La guerra
terminó. Al fin… Gracias a Dios habrá tranquilidad”. Me interesé por
conocer nuestra situación, y él explicó: “Ustedes marchan al
extranjero y en meses regresan. Se les respetarán propiedades y cuando
regresen se retiran y a vivir felices”».
El coronel Florentino Rosell y Leyva era el jefe de la Ingeniería del
Ejército y, por tanto, del tren blindado. Murió en Miami enormemente
rico. El general Alberto Ríos Chaviano, el carnicero del cuartel
Moncada en 1953 y concuño del viejo Tabernilla, salió de Cuba días
antes de la caída de la tiranía, cuando Batista lo destituyó de su
mando militar en Las Villas y lo designó agregado militar en la
República Dominicana. Derrocada la dictadura, se estableció allí como
ganadero. Ramón Tabunda, un cubano que se fue después, de Caibarién, y
que llegó a convertirse en el «zar de la carne» en ese país caribeño,
tenía una opinión pésima acerca del ex militar. Decía: «Tramposo. Mala
persona, mal amigo, mal negociante. Le comprabas 500 cabezas y si
podía te robaba diez. Pensé en boicotearlo para que no pudiera salir
de sus reses ni regalándolas, pero, por suerte, murió».
El coronel Rego Rubido, el hombre que rindió la plaza militar de
Santiago de Cuba al Ejército Rebelde y fungió, reconocido por la
guerrilla, como último jefe del Ejército, salió de Cuba en 1959 para
ocupar, por designación del Gobierno Revolucionario, un cargo
diplomático en Brasil. Desertó e instalado en Puerto Rico, vendió
guarapo con un trapiche ambulante por las calles de San Juan, hasta
que el coronel  Ramón Barquín lo rescató y lo llevó a trabajar a su
escuela.

Coda
No acaba aquí la lista, pero sí el espacio. En una entrega posterior,
el escribidor abordará el final del coronel Orlando Piedra, jefe del
Buró de investigaciones, muerto a consecuencia de la golpiza que le
propinaron en el asilo de ancianos donde se hallaba recluido. Tratará
de otras figuras civiles y militares del batistato, como Santiago Rey
y Guillermo de Zéndegui, y los brigadieres generales Hernando
Hernández y Julio Sánchez Gómez, entre otros. Y también de personas
que nada tuvieron que ver con Batista: políticos como el ex candidato
presidencial Carlos Márquez Sterling y el ex senador Emilio (Millo)
Ochoa, que pudo haber sido presidente de Cuba y fue taxista y
mensajero en Miami; un hombre de acción como Mario Salabarría,
protagonista, en 1947, de la masacre de Orfila; una mujer de sociedad,
como la condesa de Revilla Camargo, y hombres de empresa como Julio
Lobo. (Continuará)