Síguenos

¿Tiquitizados?

He conocido cubanos en dos sitios fuera de la Isla: en Miami y en San José.

¿Diferencias? Notorias.

En Miami, demasiado el odio y dinero de sobra para sustentarlo.

Los cubanos de San José, la capital de los ticos, que así llama a los habitantes de Costa Rica, no eran así. Antes de 1959  habían sido también políticos, negociantes, periodistas, dueños de fincas y de diversas propiedades. Pero, en general, no se manifestaban como los de Miami.

Es cierto que en época de Revolución todo es osado, brusco, repentino. Baten los vientos  huracanados de la utopía y de la lucha de clases, término este último que hoy parece se quiere echar al olvido. A los menos se le hacen trizas sueños políticos y empresariales, sanos y tramposos. Es lógico. En aquel mundo cubano dominado por la propaganda anticomunista de la prensa escrita, la radio, la televisión, de la muy leída revista Selecciones de Reader’ Digest, de Life en español y hasta de los muñequitos infantiles de los pilotos los Halcones Negros, no todos estaban preparados para una sociedad nueva, humanista, socialista,

Hicieron maletas, los de rumbo a Centroamérica y los de la Florida. Se fueron aunque no con mucho pesar, seguros que los norteamericanos no permitirían a un guerrillero barbudo introduciendo el relajo socialista tan cerca de sus costas y, ellos, tranquilos y triunfantes, volverían.

Algunos se decidieron por un pequeño y pacífico país, sin siquiera ejército, lo que lo hacía especial. Un país donde el fundador y secretario general del partido comunista es distinguido por el congreso de la nación como Benemérito de la Patria, donde a una cubana recién llegada que luego crearía los prestigiosos colegios San Judas Tadeo, le ocurrió un hecho que mucho le llamó la atención. Iba caminando con una monjita por la Avenida Central de San José cuando ve a un señor muy distinguido que salía de la Gran Vía con una bolsa de aguacates en la mano. Preguntó quién era.

—Es don Mario Echandi, el presidente de Costa Rica –respondió la monjita como lo más natural del mundo.

Miami, en ese momento, era bien diferente. Nada de aguacates. En Washington, el presidente, a través de su CIA ponía en manos de los esbirros que escaparon de la justicia revolucionaria armas, explosivos, dinero y múltiples procedimientos, algunos muy ingeniosos, para asesinar al carismático barbudo que el pueblo aplaudía en Cuba.

Convertían a Miami, al Miami blanco y cubano, en la capital de la contrarrevolución mundial gracias al odio que la mayoría cargaba y que a través de los medios controlados por ellos transmiten a los que llegan después. Es curioso, pero es raro el cubano que dice haber emigrado para vivir mejor. Exponen razones grandilocuentes, políticas: “en busca de libertad.”

Y uno con asombro ve a gente joven, nacidos con la Revolución o poco antes, que no habían sido ricos, ni de padres siquitrillados. La mayoría con títulos universitarios, no pocos de ellos graduados en otros países, títulos que obtuvieron sin pagar un centavo, becados hasta los de las regiones más inhóspitas del oriente cubano, donde por primera vez en la historia se tendieron carreteras, se levantaron hospitales y hasta cines ambulantes llegaron. Habían gozado bailando con los Van Van. Ni un policía los había mirado atravesado.

Y hay que oírlos. Dicen que la Revolución fue la inventora de pobreza y represión, aunque sus ojos nunca vieron, como vio cualquier ojo de antes de 1959 a un niñito de nueve años lustrando el día entero zapatos con su cajoncito de limpiabotas, ni supieron de gente en los campos que morían por falta de atención médica, ni conocieron a un amigo del barrio torturado y aparecido muerto en un cuneta, con felices moscas verdes y brillantes entrando y saliendo de sus fosas nasales y de la boca entreabierta de dientes recién partidos.

Entonces, contados jóvenes “del interior” conocían la Capital, y ¿cuántos de los de La Habana pernoctaban en el Hotel Nacional o en el moderno Habana Hilton? Menos habían visto las extraordinarias aguas de Varadero, donde algunos de los exilados que conocí en San José tenían casas de veraneo.

Pero los de Miami asombrosamente repiten que antes cualquiera podía tener un Buick y salir a vacacionar por el mundo. Cuba era una tacita de oro, incluso para gente como ellos, cuyos padres eran simples trabajadores, campesinos sin tierras o pequeños comerciantes.

Es cierto que no pocos confrontaron problema de vivienda, que se silenció a los Beatles y hubo escaseces, sobre todo luego de 1991, cuando desapareció la URSS, durante los duros años del llamado Período Especial. Claro que también la Revolución encabronó a gente que no tenía que encabronar, aunque, si se analiza, no fue la Revolución en su proyección, en su dirección, sino los oportunistas burócratas, extremistas, que siempre se cuelan en todo lugar. Más en un país acosado y atacado por la nación más poderosa del mundo.

Y la Revolución tuvo que defenderse como gato bocarriba, y a un gato, en esa posición, y acosado, no le queda más remedio que arañar y, a veces, en la tensión defensiva, tira un manotazo y araña a quien no debe.

Los arañazos no son grandes heridas. Los Estados Unidos, por supuesto, no arañan: muerden y ni siquiera como perro, sino como tiburón. Durante la Segunda Guerra Mundial, temiendo un ataque procedente de miles de millas de distancia –no de ochenta– encerró en campos de concentración a miles de infelices trabajadores japoneses que consideró posibles quinta columna. Las dos bombas atómicas que tiraron no tienen nombre, pues se sabía que el emperador Hirohito tallaba para rendirse. Y sesenta años después, ante el temor de un ataque terrorista, tortura prisioneros y encarcela durante  más de una década a personas que considera enemigos, sin presentarles cargos. Ya el Ku Klux Klan no lincha en la noches sureñas, pero la policía mata negros.

Si la décima parte de eso lo hace Cuba, la fríen. La vieja historia del tiburón comiéndose a la sardina. Y los cubanos-miamenses hubieran alegremente apoyado al tiburón

Eso sólo se da en Miami. Lo dice este cronista que conoció también a los cubanos de San José, Costa Rica. Será que allá, en la volcánica tierra de los tolerantes y respetuosos ticos, se tiquitizaron.

Otras Publicaciones