Sueños y realidades, hombres y verdad

  
 
Sólo unas breves letras, porque la grandeza como el infinito son un instante eterno.
 
Fidel ha muerto y con su desaparición renace el mundo que soñó.
 
Los sueños son una combinación de deseos y realidades, nunca camisa de fuerza para apretar el devenir. Así lo vio Fidel: “los únicos que pueden destruir la revolución son los propios revolucionarios”. Nunca abroquelarse ante la realidad y jamás ceder los mejores vuelos de la imaginación.
 
Después de su partida, Fidel pertenece al mundo de todos. Es de Cuba y es del mundo; mío y tuyo, del amigo y del enemigo; de quiénes deseamos continuar la obra de las transformaciones y de quienes permanecen petrificados como si la eternidad y el mañana no existieran; de quienes tanto lo queremos que no aceptamos dejarlo ir; de quienes lo quieren en presente para ahondar en sus errores y de los convencidos que en circunstancias diferentes, no hubiese incurrido en ellos; de quienes lo imaginamos volando hacia el futuro, visualizando independencia y justicia, libertades, comprensiones y entendimientos; deshaciendo lo hecho y haciendo lo nuevo; siempre avanzando para forjar las bases de la mejor sociedad que delirantemente avizoró.
 
Con su muerte comienza la valoración de su legado. No solamente durante décadas se dedicarán libros, trabajos académicos y reflexiones, sino el presente emitirá sus juicios y junto con ellos, los manidos conceptos del vaso medio lleno y el medio vacío. Yo prefiero el del vaso lleno. No es menos cierto que hubiese podido evitar ciertos excesos y censuras caprichosas, pero la perenne agresión desde Washington, requería de un constante alerta para evitar una confianza popular, inconvenientemente peligrosa.
 
Consternado con la noticia, me uno al dolor de la mayoría de los hombres y mujeres honrados que ya lo juzgaron con el corazón y por su dedicación a una obra que, por su grandeza, requiere de renovación constante.
 
La muerte de Fidel es un hito más en nuestra historia y en la de los países que aún batallan por sus independencias.
 
No tengo duda que llevaremos su obsesión de orden y justicia hasta el infinito. Sobrarán voluntades, hombres, mujeres, pueblo y universo para que sea rayo de luz constante en el horizonte.
 
Abrazo a todos y me abrazo yo mismo en esta mezcla de dolor y alegría ante la muerte de su gigantesca voluntad.
 
El enemigo honesto y valeroso lo venerará y bajará la cabeza en ademán de tributo y consternación, el enemigo mediocre y ruin, el incapaz de arriesgar en lo más mínimo sus intereses en aras de un mejor porvenir, se arrastrará por el piso, disfrazando su rabia con carcajadas de impotencia y bailes estereotipados, ante el temor a la figura que nunca debieron temer. Su muerte consagró su triunfo. Murió rodeado de sus sueños y seguro de que sobrarán brazos para hallar soluciones.
 
Así lo veo y así lo digo.

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