El discurso de la izquierda marxista que dio lugar al comunismo, se basó en la presunción de que la burguesía podía ser derrotada, el capitalismo desmontado, el liberalismo trascendido, y el socialismo construido a partir de un plan.
Otras expresiones menos tajantes auspiciaron enfoques reformistas, apostaron a que el capitalismo salvaje del siglo XIX podía ser reformado, y la justicia social entronizada, al menos en rangos razonables.
De la misma matriz que el marxismo, creada por intelectuales que se contradecían aunque compartían preocupaciones, profesaban aproximadamente las mismas ideas, y creían en idénticos valores; surgió la socialdemocracia, que con diferencias fundamentales en torno al papel del estado, el ejercicio del poder, la propiedad, las clases sociales, y la democracia; enfocó el proceso político de manera diferente.
La primera opción, que conoció momentos brillantes y realizó grandes hazañas tras setenta años de éxitos y oportunidades perdidas, se agotó sin haber alcanzado las metas propuestas. En su andar, desde el dogmatismo y la ortodoxia, demonizó cualquier expresión de reformismo, llamó revisionismo a las innovaciones, negó la posibilidad de alianza entre clases, y asumió el consenso social como unanimidad sin matices.
En cambio, a pesar del interregno fascista, que modificó la geografía y las expectativas políticas en Europa, y de la Guerra Fría, que impulsó hasta límites demenciales el anticomunismo; la socialdemocracia alcanzó el poder y, en unos lugares más que en otros, combinó el desarrollo económico con políticas sociales avanzadas, que dieron lugar a los llamados “estados de bienestar”, cuyas conquistas han sido escamoteadas por las políticas neoliberales, aunque no anuladas.
Las diferencias de enfoques generaron una hostilidad que ha perdurado durante un siglo sin aportar nada, y estorbando demasiado. Todavía algunos militantes rechazan las opciones basadas en reformas, carecen de flexibilidad para las maniobras, y son refractarios a las alianzas. A veces creen que pactar con adversarios es traicionar.
En su desempeño las distintas corrientes, socialistas, liberales, socialdemócratas y otras, han aportado alternativas positivas, y también acumulado acciones erróneas y descréditos que han sido resultado, tanto de defectos de génesis, como de situaciones circunstanciales y liderazgos fallidos. No obstante siguen vigentes por la certeza de sus posiciones originales.
En América Latina las vicisitudes de las ideas políticas avanzadas, que incluyendo liberales y socialistas han llegado tarde, y tropezado con la barrera de la intolerancia asociada al dominio de oligarquías extremadamente conservadoras; las desavenencias al interior de la izquierda provocaron la confrontación de fuerzas que debieron ser aliadas, como marxistas, liberales, cristianos, y socialdemócratas.
En el umbral del siglo XXI, cuando la globalización se abría paso, el fin de la Unión Soviética y de los regímenes de Europa Oriental no liquidó las ideas socialistas, aunque le confirieron realismo. China, Vietnam y más recientemente Cuba asimilaron a tiempo evidencias decisivas: el socialismo no puede ser construido en un solo país ni impuesto desde arriba, tampoco copiado ni exportado.
Sin una propuesta alternativa suficientemente explícita y con capacidad de convocatoria mínima, la izquierda insiste en un discurso anticapitalista que atrae muy pocos partidarios, genera demasiados adversarios, obliga a la radicalización, y es desde todo punto de vista inviable. ¿Qué sentido tiene entonces la retórica?
Obviamente parece preferible optar por la humildad, moderar los excesos, ajustar las aspiraciones a lo que puede ser alcanzado, y evitar fracasos que son como crónicas anunciadas. El socialismo llegará como un fruto del desarrollo y la voluntad, asistido por la democracia, la participación, y la creatividad. Será portador de felicidad y armonía, y no eje de devastadoras querellas, y jamás se impondrá por la fuerza.
En la presente etapa, la gradualidad de la evolución parece preferible al caos y la división, entronizada en nombre de revoluciones electorales que no cuentan con suficientes créditos ni potencial. Allá nos vemos.










