
El primero y más probable es que, Ucrania, denuncie los acuerdos de Minsk, y mediante acciones ofensivas penetre en los territorios de Donetsk y Lugansk. La acción con fuerte presencia de blindados y artillería, pudiera estar precedida por intensos bombardeos de artillera y aviación que no podrían dejar de afectar a la población civil.
A pesar de la superioridad numérica ucraniana, la operación en Donetsk y Lugansk no sería un paseo pues los presuntos estados, han tenido años para reforzar sus defensas, preparar el teatro de operaciones militares, creando una red de obstáculos para dificultar, ralentizar, incluso impedir el avance de los carros de combate y la infantería ucranianas ocasionándole bajas considerables.
Estados Unidos, la OTAN y los gobiernos occidentales apoyarían políticamente a Ucrania o como mínimo se abstendrán de condenarla y los críticos estarían silenciados pues se trata de operaciones dentro de su territorio. La ONU, como es habitual, se limitaría a algún llamado al alto al fuego.
Para que este esquema se realizara, las tropas rusas desplegadas en la frontera tendrían que mirar para otro lado y abstenerse de intervenir lo cual, aunque poco probable, no es imposible.
La segunda posibilidad se desplegará si ante el avance de Ucrania sobre Donetsk y Lugansk, las tropas rusas se movilizan, cruzan la frontera y enfrentan los efectivos ucranianos en los enclaves. En caso de tener éxito, los militares rusos pudieran detener la ofensiva ucraniana, incluso obligar a las tropas a dar media vuelta y retroceder.
En esa hipótesis, Putin, en su condición de Comandante en jefe debería decir si, al salir a la “línea de contacto” que oficia como frontera de Donetsk y Lugansk con Ucrania, sus tropas se detienen, pasan a la defensa y consolidan las posiciones alcanzadas o continúan el avance hacia la profundidad del territorio ucraniano en dirección a Kiev. La opción más probable es la primera.
En cualquiera de estas alternativas, la OTAN y Estados Unidos quedan fuera de juego.
Otro ángulo de la provocación pudiera manifestarse si desde alguno de los países de la alianza contiguo a Ucrania como son Polonia, Rumania, Hungría, Eslovaquia, Letonia y Lituania o la República Checa, se registrarán ataques aéreos o con misiles contra las tropas rusas, en cuyo caso la réplica de la superpotencia pudiera ser inmediata y abrumadora.
En tales circunstancias pudiera invocarse el capítulo 5, del Tratado del Atlántico Norte que establece la defensa colectiva y, según el cual, “Si un país de la OTAN es atacado lo son todos”, lo cual involucraría a la organización, incluidos los Estados Unidos. No obstante, todavía no es la guerra mundial porque, ese mismo tratado establece que, cada país decidiría la forma y el alcance de su respuesta. No obstante, el peligro de una conflagración total es enorme.
Estas hipótesis no podrán ser verificadas hasta que no se lance la primera piedra que, según mi apreciación lo hará Ucrania, lo cual colocaría a Rusia en una disyuntiva decisiva. Datos relevantes serán la intensidad y la escala de las operaciones militares y si hay o no algún tercer país involucrado. En breve habrá respuestas. Allá no vemos.

LA PARADOJA DEL MOMENTO
J
Como el elefante, Rusia carece de depredadores naturales. Es el país más grande del mundo, la 11º economía y el mayor poderío militar mundial empatado con Estados Unidos. En Europa no tiene rival. Posee el mayor ejército dotado con el más poderoso cuerpo de artillería y dotación blindada, la armada y la aviación más temible, la más impresionante flota de submarinos atómicos y le sobran misiles. Sus ojivas nucleares y bombas atómicas superan las 6.000 y comparte el dominio del espacio exterior. No puede ser condenada en la ONU porque tiene derecho al veto.
Ningún país del mundo, ni todos juntos, excepto Estados Unidos pueden atacar a Rusia y sobrevivir a su represalia.
Para ir a la guerra, Rusia no necesita que alguien le envíe ayuda ni refuerzos y actúa libérrimamente, sin estar obligada a colegiar sus decisiones. Constitucionalmente Estados Unidos debe contar con el Congreso para declarar la guerra, mientras la OTAN obedece a una dirección política y un mando colegiado, y depende de Estados Unidos. Rusia no repara en tales formalidades.
No obstante, Rusia es el país del mundo con mayores preocupaciones de seguridad. ¿A qué le teme? Rusia no le teme a nada ni a nadie. Le temen a ella.
A Rusia le preocupa que la OTAN emplace en Ucrania misiles que en cinco minutos puedan alcanzar Moscú. Son los mismos minutos que necesita su cohetería para impactar, simultáneamente a todas las capitales europeas y, aunque Londres y París pudieran intentar una riposta, difícilmente se animarían a la inmolación que supone un segundo golpe masivo. Los europeos lo saben.
La “destrucción mutua asegurada” funciona para Rusia y Estados Unidos, no para Europa donde de 50 países, solo tres: Rusia, Francia e Inglaterra poseen cohetes y ojivas nucleares.
A todo ello habría que sumar las motivaciones que inspiran a los líderes y a los pueblos para librar batallas decisivas e inmolarse, como sucedió en la II Guerra Mundial y en la Gran Guerra Patria, en la cual los pueblos de la Unión Soviética, exhibieron un heroísmo sin precedentes y los jóvenes estadounidenses, británicos, australianos, brasileños, puertorriqueños y mexicanos, se enrolaban voluntariamente, las muchachas sustituían a los hombres en fábricas y haciendas y los afroamericanos pugnaron por un sitio en la epopeya para defender un país que los despreciaba.
Los “Ivanes, los Micha y las Katiuschas rusas que defendieron a pecho descubierto a Moscú y Stalingrado, resistieron los cercos y la ocupación y los jóvenes que, desde todo los pueblos y ciudades de los Estados Unidos, heroicamente fueron a inmolarse a parajes tan remotos como Guadalcanal e Iwo Jima, pueden no estar disponibles hoy, entre otras cosas porque ahora no hay causas por la que valga la pena morir.
No es lo mismo combatir fuera de la patria para liberar a Varsovia, Bucarest, Sofía, Austria o Noruega del yugo nazi que avanzar sobre Kiev o Minsk. No hay paralelo entre desembarcar en Normandía para aplastar nazis, vengar el holocausto, liberar a Paris y Roma que inmolarse en Crimea.
Los “millennialsʼ, cuya ideología se inspira más en el confort y el consumo, y cuyas experiencias bélicas se asocian a los videojuegos, quizás no respondan como lo hicieron aquellos jóvenes. En Chechenia las tropas rusas despachadas por Yeltsin no hicieron gala del heroísmo y la eficacia exhibida por las enviadas por Stalin a tomar Berlín o por Eisenhower para librar a París.
Librar las guerras del siglo XX fue absurdo, provocarlas en el XXI cuando no hay reivindicaciones creíbles ni ideas sublimes y cuando no hay manera de invocar la defensa de la patria, es criminal. Allá nos vemos.