Traducido desde el Más allá por Max Lesnik

Así como Chaikovski nos retrató la derrota de Napoleón al invadir a Rusia con su “Sinfonía 1812” o el compositor estadounidense George Gershwin, nos llevó a la capital francesa de los años veinte del pasado siglo con su rutilante composición musical “Un americano en París” o una cadenciosa tonada de Benny Moré nos transporta a La Habana de los años cincuenta con su rítmica voz cargada de cubanía, no hay mejor reflejo de lo que es el mundo de hoy en que vivimos que esa distorsión musical que se ha dado en llamar “Reguetón”.
Vivimos en tiempos de mediocridades y banalidades en los que cualquier personajillo menor puede ser “líder” de una potencia mundial de la misma manera que un pelagatos cualquiera descamisado y de cuerpo tatuado se embolsa miles de dólares en una sola noche vociferando un reguetón de moda de su infecunda invención.
Los grandes hombres de la política mundial, como la música de otras épocas han sido suplantados por mercachifles y reguetones. Ya lo decía el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor.
No es que la tengamos cogida con los “reguetoneros”, no es en contra de ellos, nada personal de mi parte, es con los tiempos que vivimos en los que el mundo está girando al revés, cuando los Mozart, los Chopin, Albeniz o Lecuonas han pasado al olvido y el que dirige la orquesta mundial puede ser hasta un Donald Trump.
Y hasta la próxima entrega de El Duende que con mi gallo me voy cantando a mi tumba fría. Bambarambay.










