Cuando salí de Cuba a finales del 61, aún los norteamericanos no habían impuesto el bloqueo económico y todavía se permitía la libre empresa. En realidad, comenzaban a escasear algunos productos, pero en general había una oferta bastante aceptable. Hacía alrededor de poco más de un año que había dejado mi trabajo para dedicarme a otros asuntos.

Salí de Cuba hacia México un atardecer y aunque han pasado más de seis décadas aún recuerdo, como si fuera hoy, la tristeza que sentí al ver la ciudad de La Habana desde la ventanilla del avión, con la incertidumbre de no saber cuándo podría regresar. Dieciocho años más tarde aterricé en Varadero lleno de alegría, al volver a pisar Cuba.

Nunca quise irme de mi Patria, pero lo hice por motivos que contarlos hoy no tiene ninguna importancia.

Salí de Cuba, pero Cuba nunca salió de mí. Nunca le deseé mal a su pueblo ya que lo consideraba, lo consideré y lo considero, el mío. Mis discrepancias políticas con el Gobierno revolucionario en el pasado nunca me llevaron al anticubanismo, ni al odio a mi patria, muy diferente a quienes empezaron odiando a Fidel y su Revolución y terminaron odiando a Cuba y a su pueblo. Son esos mismos miserables que no pierden la más mínima oportunidad de tratar de desprestigiar la Isla, de hacerle daño y de buscar adeptos en las redes sociales para llenarlos de rencor contra ella.

Miami, la cuna del odio contra Cuba, está repleta de esa morralla despreciable que sabe que no tiene ni la menor oportunidad de derrocar al Gobierno revolucionario, pero que le piden a gritos en las calles de esta ciudad al Gobierno de Estados Unidos que la invadan, derroquen el socialismo e impongan un gobernador para que este restablezca el capitalismo.

Ahora acabo de regresar de La Habana. Fui a darme un baño de cubanía, a ratificarme el amor que tengo por aquella tierra y aquel pueblo, que es mi tierra y es mi pueblo.

Es verdad que en los últimos 30 años he ido numerosísimas veces, pero desde hacía tres no había regresado y me he sentido muy feliz al comprobar que mis sentimientos no han cambiado ni un solo milímetro.

Soy un cubano que he defendido, defiendo y defenderé a esa Cuba libre y soberana que hoy existe y que el pasado domingo realizó sus elecciones en medio de una tranquilidad absoluta, sin pitos, globos ni matracas, como se realizan en el mundo occidental en el que la propaganda electoral, las mentiras y las promesas son el orden establecido.

Vi el 26 de marzo al pueblo acudir a las urnas sin ninguna presión por parte de las autoridades ya que, como el voto no es obligatorio, a las urnas asisten los que quieran.  Esta vez participó cerca del 76 por ciento de los inscritos en el padrón electoral, muy por encima de la media del mundo occidental.

El sistema electoral cubano es muy original. Está libre de la propaganda electoral que intoxica a los ciudadanos en muchos países. Solo es criticado por los que de forma malintencionada cuestionan todo de Cuba, pero evidentemente y en palabras del Presidente Díaz-Canel, a los cubanos les resbalan esas críticas.

Estoy contento de haber regresado a La Habana después de tres años sin ir y comprobar lo que me imaginaba.  A pesar de que la situación económica es muy difícil, que la inflación es tremenda y que la población atraviesa un sinnúmero de dificultades, estoy seguro de que el pueblo cubano saldrá adelante, tal y como históricamente lo ha hecho en diferentes ocasiones. Así será.