Recordar

Hay recuerdos que son necesarios para poner en su justo lugar los actos de los hombres. El Profesor cubano Gregorio Alberto Cejas residente en Estados Unidos me envió una crónica digna de ser publicada y que el protagonista sepa que se le admira con gratitud por la obra de su vida

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El día que Eusebio Leal, se permitió llorar.

 

El 19 de mayo de 1995, se conmemoraba el Centenario de la caída en combate del Apóstol de Cuba, José Martí y Pérez. Para cerrar la jornada, se celebraría en horas de la tarde, una velada solemne en el Teatro y como orador principal del acto, estaba invitado el Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana y un erudito en asuntos martianos.

El día antes, temprano en la mañana, recibí la encomienda de escribir el mensaje de agradecimiento y de reconocimiento, para leerlo una vez concluida la conferencia del Doctor Leal. Se había organizado un acto en el cual se le entregaría además, como homenaje, un pequeño jinete mambí, que blandía un machete y portaba la enseña nacional. La pequeña escultura, encerrada dentro de una urna de cristal, era una obra emblemática de cubanía y honraba la magna celebración martiana.

Sentado frente a la guerrera escultura, pensaba yo en el Doctor Leal. Lo recordaba desde niño, con su programa televisivo, el del andar incansable por la Vieja Habana, el programa preferido de mi madre, y de cómo su personalidad, me había servido de inspiración para estudiar la Carrera de Historia en la Universidad. Ese día, con tamaña tarea frente a mí, recordé una vez más, la mañana en que unos años antes, siendo yo un joven profesor de Historia, logré que Eusebio me recibiera en su atareada oficina, y conociera de mi ambicioso programa de historia militar colonial y hasta que me brindara sus consejos y su ayuda para mejorarlo.

Había escrito ya unos cortos párrafos de agradecimiento, de los habituales, los de siempre, cuando me llegó una idea. Tomé una hoja de papel y escribí a lo largo de ella  su nombre. Se me ocurrió hacerle un acróstico. Y así, dándomelas de improvisado poeta, comencé a hilvanar estrofas rimadas, utilizando para ello, las letras iniciales de su nombre completo, pero sin métrica alguna. Al concluir, me di cuenta de que le faltaba algo de ritmo, y continúe su nombre y apellidos con el vocablo: Mambí. Y así con EUSEBIO LEAL SPENGLER MAMBI, lleno de una inspiración desconocida hasta entonces, logré escribir en unos minutos el ansiado acróstico. Concluido, le hice algunas correcciones ortográficas. Lo releí varias veces en voz alta, dudé si la comparación con el filósofo anglosajón Spengler, al definirlo como un… Spengler Cubano del Siglo XXI… seria de su agrado, pero no viendo nada contradictorio en el símil, así lo dejé. Recuerdo que al concluir, el poema decía algo así como: …el Mambí que te entregamos hoy, lleva entre sus manos, la enseña de la Patria.

Después de revisarlo varias veces, llamé a Enriquito y se lo leí. El “Gordo” se quedó pasmado cuando escuchó aquello, me arrebató el manuscrito y subió de inmediato, para que le dieran el visto bueno y se lo imprimieran. En unos minutos regresó eufórico. Ese sería el cierre de la ceremonia.

Demás está decir que la velada fue un acto memorable. A teatro repleto, el Doctor Eusebio Leal, impartió una conferencia sobre José Martí inolvidable. Narró, con esa oratoria que lo distingue, pasajes de la obra del Apóstol, desconocidos para muchos de los presentes, logró con el poder de su síntesis, una reseña caleidoscópica la vida de Martí y lo más importante, bajó del pedestal al Héroe Centenario y anduvo de su brazo respetuoso, como solo él sabe hacerlo, por entre el seducido y atónito auditorio.

Al cierre, mientras unos niños le entregaban entre ramos de flores, el pequeño Mambí, Enriquito, desde lo alto del podio, leía, lacónico pero firme, el acróstico enmarcado. Todos en el teatro lleno, hasta los más lejanos como yo, pudimos notar, como al escuchar cada frase del poema, el Doctor Eusebio Leal se emocionaba y al final, incontenible, se enjugaba las lágrimas escapadas por la emoción y la felicidad. Ese día Eusebio Leal lloró, y muchos de los recios y curtidos frente a él, también mojaron sus mejillas.

Han pasado más de veinte años y durante todo este tiempo, por modestia, he guardado este relato. El Doctor Eusebio Leal, no supo nunca quién fue el autor del acróstico y del acto simultaneo de la entrega del mambí, pero  hoy, al conocer de su convalecencia, quiero  animarle con estas letras y este recuerdo mágico, y confesarle, que el original emborronado del acróstico, lo custodia como preciado tesoro mi anciana madre, ese es su sencillo homenaje agradecido, para el hombre que tantas veces le ha permitido soñar y que le ha enseñado a andar, por la Habana de su sueños.

 

Gacejas

Miami. Febrero 2016

 

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