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Ser “verdaderamente independientes” sólo será posible si una parte considerable del esfuerzo por crecer y desarrollarnos queda en manos de nuestros ciudadanos.
Dr.C Juan Triana Cordoví

En unos días terminará el primer trimestre de este año. El programa de estabilización macroeconómica largamente anunciado sigue sin ser conocido públicamente. De vez en vez, atisbos de él aparecen en algún que otro reportaje. Sin embargo, ese programa es, desde mi perspectiva y también la de otros colegas, solo una parte de lo que necesariamente hay que hacer para enrumbar la economía nacional por la senda del crecimiento y del desarrollo.

Al menos existen tres ámbitos de trabajo que hay que echar adelante: el correspondiente a la reforma económica en sí misma; el asociado al ya famoso aunque casi desconocido programa de estabilización macroeconómica y; el que debe conducir a la transformación productiva del país y a estimular la inserción internacional en esta compleja economía mundial.

De que hay puntos en común entre ellos no hay dudas, como tampoco de que hay relaciones de precedencia y de que el país se encuentra en condiciones extraordinariamente difíciles para hacerlo. Es innegable que es necesario e impostergable comenzar.

No hay suficientes datos públicos que permitan hacer un balance pormenorizado de los resultados económicos de estos primeros tres meses. Al menos yo no los conozco.

Como se esperaba, luego del anuncio del incremento de los precios del combustible, la cotización del dólar en el mercado informal ha seguido cuesta arriba, devaluando aún más el CUP y también la MLC, y reduciendo día a día la capacidad de compra del ingreso personal.

Las dificultades para garantizar el acceso a los alimentos que se distribuyen centralmente y a precios relativamente asequibles a esa parte de la población que realmente necesita ser subsidiada, confirman cuán difícil es la situación. Igual ocurre con el suministro de energía.

Y si bien el turismo parece comportarse mejor que el año pasado en términos de arribos, su desempeño sigue estando lejos de ser el motor que nuestra economía necesita y no solo porque los turistas sean menos que aquellos de los años dorados, sino también, porque su propensión a importar es tan alta que limita con creces el efecto multiplicador sobre el resto de la economía.

Esto ocurre porque, entre otras cosas, existen indicaciones que limitan las relaciones del turismo con otros actores/sectores de nuestra economía, así como una tasa de cambio que los saca de la competencia y porque persisten “regulaciones” internas que dificultan que el resto de los vagones de la economía doméstica se “enganchen” adecuadamente en ese tren.

Cambiar esas indicaciones y regulaciones que limitan ese efecto de arrastre, debería ser parte de la política para dinamizar la economía, sobre todo, por esa apuesta grande en término de inversiones y nuevas habitaciones que el gobierno hizo hace ya varios años y que hoy parece difícil puedan generar los ingresos que permitan la recuperación de la inversión en los plazos esperados.

Mientras, el sector agropecuario en general sigue con un comportamiento inercial y la idea de sembrar más tierra con menos recursos no parece lograr los efectos deseados.

La acumulación de déficits en inversiones en la agricultura, la débil capacidad de importación de insumos imprescindibles, el encarecimiento de los insumos —en el mercado formal e informal– que la devaluación del peso cubano ha provocado y otros muchos y viejos problemas, como las deudas mantenidas por la empresas estatales con los productores, parecen obstáculos que perpetúan y perpetuarán la baja contribución de ese sector a la alimentación de la población.

Algo que resulta difícil de entender si tenemos en cuenta que la Revolución realizó una radical reforma agraria, que en un inicio puso la tierra en manos de quien la trabajaba y humanizó el trabajo agrícola como muy pocos países de nuestra región y dotó al sector de centros de ciencia y tecnología como pocos tienen en América Latina.

La buena noticia está en la decisión de impulsar con relativa rapidez la construcción de parques fotovoltaicos que si bien no solucionarán el “problema energético” aliviarán en algo la situación.

Ese programa, que debe llevar al país a generar la cuarta parte de la energía que consume con fuentes renovables, fue lamentablemente demorado. Esa demora se paga hoy, en un mayor desabastecimiento de energía.

Es increíble que no se entienda que cualquier esfuerzo en pos del desarrollo y del bienestar está asociado a un mayor consumo absoluto de energía, aunque el consumo relativo de la misma sea cada vez menor y sea cualitativamente diferente en términos de tipos de fuentes. ¡La transformación productiva necesita energía!

Mientras, el contexto internacional sigue siendo de alta incertidumbre, certezas poco halagüeñas, y algunas sorpresas agradables.

Un mundo minado de conflictos militares no es el mejor de los escenarios para un archipiélago pequeño que depende, en gran medida, del mercado mundial. Esa inestabilidad a nuestro país le cuesta mucho más que a otros.

La posibilidad cada vez más real de que Donald Trump sea el próximo presidente de los Estados Unidos, no permite esperar nada bueno desde esa administración, tal cual ha confirmado en recientes declaraciones sobre Cuba.

Tampoco una eventual administración demócrata va a “revolucionar” la política hacia Cuba. La Cámara de Representantes ha aprobado recientemente una resolución propuesta por el congresista Mario Díaz-Balart que prohíbe expresamente dedicar recursos de los “fondos para la promoción de la democracia en Cuba” a proyectos asociados a la reforma empresarial, la reforma económica o el emprendimiento, dando continuidad a los esfuerzos de la congresista María Elvira Salazar para desvirtuar la legitimidad del emprendimiento privado y limitar su evolución en la isla.

Una buena noticia son los acuerdos entre Cuba y Rusia. Entre ellos cabe destacar la posibilidad de realizar los pagos de la deuda en rublos; aplazar los pagos del calendario 2023-2027 a 2020-2040; devengar intereses sobre las cantidades aplazadas y también la asistencia a cuba en el suministro de combustible.

Fue Carlos Rafael Rodríguez varios años antes del triunfo de la Revolución quien llamara la atención sobre las potencialidades del mercado socialista, como una alternativa a la dependencia que Cuba tenía del mercado norteamericano.

Es cierto también que aquel mercado socialista como lo conocimos ya no existe y probablemente no existirá más en muchas y muchas décadas, porque ni siquiera los “países socialistas” que han sobrevivido practican ya aquellos estándares.

La alternativa del mercado socialista que recomendara Carlos Rafael se convirtió después en una larga relación de dependencia económica, financiera y comercial por casi treinta años, en buena parte obligatoria, debido a la política de bloqueo de Estados Unidos hacia Cuba mantenida por todos estos años.

El mercado socialista y en especial el mercado soviético se convirtieron en la lanzadera que facilitó no sólo la sobrevivencia económica sino también todo el esfuerzo de desarrollo que permitió esa gran movilidad social que caracterizó aquellos primeros veinte años de la Revolución y también condujo a alcanzar indicadores sociales comparables, y en algunos casos hasta mejores, que algunos países capitalistas avanzados.

También permitió un esfuerzo industrializador que tuvo resultados visibles no sólo en cuanto a la participación de la industria en el PIB sino también en la creación de una base de conocimiento autóctono de indiscutible valía que paradójicamente no nos condujo a reducir/diversificar aquella dependencia; ni tampoco a conquistar nuevos mercados con nuevos productos sobre la base de la competitividad de los mismos.

La dependencia trae aparejada la adopción —ya sea voluntariamente o por imposición— de estilos, maneras, modos de hacer y de pensar. En nuestro caso fue así en la época de la colonia, en la de la neocolonia y lógicamente en la de nuestra historia de país socialista.

He querido sintetizar algunos rasgos de aquella relación, que sin duda constituyó una magnífica oportunidad para Cuba y que vista a la distancia nos dice que no fue suficientemente bien aprovechada, pero que dio frutos innegables a nuestro país.

Es importante entender que esta nueva relación tiene otras bases, que será con una economía capitalista y con empresas también capitalistas. Obviamente hay diferencias radicales, pero seguiré pensando que es una muy buena oportunidad, en especial dado el contexto tan agresivo que Cuba debe enfrentar.

Aprovechar esa oportunidad no debería disminuir estas otras oportunidades internas que tenemos, la que se sustentan en la evolución de nuestros actores económicos nacionales, todos ellos. Debería servirnos para potenciarlos a todos, facilitarles las condiciones imprescindibles para su integración funcional a los esfuerzos de crecimiento y desarrollo.

Ser “verdaderamente independientes” sólo será posible si una parte considerable de ese esfuerzo por crecer y desarrollarnos queda en manos de nuestros ciudadanos, si alcanzamos a diversificar nuestros sectores productivos e impulsar su complementariedad, a fomentar la producción de riqueza más que a perseguirla.