Una cubana cargaba libros en sus viajes. Era el modo que encontraba de llevarse además de las lágrimas y sonrisas que bordaban los recuerdos, un pedacito de Cuba. Un día se propuso aprehender sus días de retorno y al marcharse llevar de compañía a “su Martí”. Tuvo desde entonces la clave para descifrar las respuestas a las angustias, los pesares, las nostalgias, los amores, las batallas y un interminable etcétera vital. El dolor de la partida, con Martí tocaba a menos. Para sostenerse, empujar el cielo y horizontes, la fuerza con Martí, se hacía inmensa. La esperanza de volver, con Martí, se hacía más. Aquella cubana comprendió que Martí era el ancla para no andar a la deriva en los mares turbulentos de este mundo y en las innombrables soledades de ultramar.

Un año nuevo asoma y trae consigo el desafío de volvernos a levantar e intentarlo todo por los sueños, más allá de los avatares del destino y de los imperfectos caminos de los hombres. Nos tiembla el alma, se nos cansa el cuerpo, las distancias duelen, el amor se aferra y un empuje invisible y sobrehumano nos mantiene en pie. Retoña Martí en enero, omnipresente y perpetuo para iluminarlo todo. Se siente que la vuelta a la semilla apremia. Allí aguarda Martí, amoroso como un padre, el regreso de su estirpe.

Está su obra bella, útil y lo que es más, necesaria, para los cubanos todos. Para aquellos hijos que, como la mujer que cargaba libros, asentaron sus vidas en otras tierras y que cómo árboles a los que le crecen ramas, flores y frutos, siguen teniendo sus raíces en la tierra que los vio nacer, Martí es la fuente para mitigar la sed de Cuba. Entonces se nos confirma misterio, respuesta, cultura, orgullo, recurso, escudo, memoria, credo, refugio y paz. Martí nos une. Martí es amor. Martí es la Patria. El legado de su obra es la brújula vital que no nos deja perdernos donde estemos. Desandando sus caminos aprendemos desde adentro a amar a Cuba.

Tú, Maestro, nos enseñaste a vivir con la frente erguida y el corazón completo, desde la aurora hasta el ocaso de la vida. Nos tatuaste en la frente tu presagio: “Yo no se qué misterio tiene esa dulcísima palabra: cubano”.

Comienza el año. Martí espera. Martí nos salva. Volvamos a sus pies para leerlo, hasta sentirlo y vivirlo de memoria.