Política y sociedad actual en la América Estadounidense

Los procesos políticos en Estados Unidos han sido de corte partidista y en su evolución han confirmado las preocupaciones de George Washington, quien se opuso a la creación de partidos, porque “dan lugar al surgimiento de facciones”.
 El partidismo produce extrañas reacciones en la ciudadanía. Los ciudadanos, a cuya mayoría no les interesa ni tienen posibilidades de fundar negocios, escuchan a los políticos defender la propiedad privada, la iniciativa personal, los impuestos y cosas por el estilo y para sorpresa de todos, terminan identificándose con la prédica y los predicadores. Para colmo, algunos de ellos, sin disponer apenas de recursos, sueñan con emular a Bill Gates, Warren Buffet, Soros y otros.
Entre las tantas deformaciones que ha ocasionado la práctica del sistema, observamos que mayoritariamente, de uno u otro modo, las personas en general entran en pánico cuando un candidato anuncia su propósito de aumentar el impuesto de los ricos. Esa reacción es una de las tantas demostraciones del desconocimiento respecto al medio que les otorga una serie de beneficios que no existirían sin la existencia del Estado. Es un rechazo de políticas que, a la larga, los benefician porque permiten financiar prestaciones como Seguro Social, Seguro de Desempleo, atención médica, escolarización primaria y secundaria gratuita, bibliotecas, clases de pintura, música y arte en general, para niños y adultos, de forma gratuita que ofrecen las estadidades locales y muchos beneficios más que no podrían pagar con el peculio que devengan y que contradictoriamente son beneficios que actualmente disfrutan y que pueden ser mejorados. En estas elecciones, por ejemplo, pocos ciudadanos conocen que el programa demócrata, entre sus tantos planteamientos, propone enseñanza gratuita hasta el nivel universitario, para familias que perciben menos de 125,000 dólares (90 % de la población). En realidad, la propaganda distorsionada sobre el libre comercio, el mercado, la oferta y la demanda, a las cuales los políticos se refieren en sus comparecencias públicas como si fuesen mecanismos anárquicos, produce milagros.
 Tal como he comentado en otros trabajos, Los Estados Unidos están en un punto de inflexión que tal vez rescate lentamente la sociedad de ese partidismo que convierte el medio en un enfrentamiento de facciones políticas y cuyo subproducto, en las elecciones del 2016, está expresado en las demandas marginales de los diversos grupos sociales pertenecientes a uno u otro de los partidos.
 Una cosa son las facciones políticas que representan los dos partidos tradicionales estadounidenses y otra las manifestaciones sociales representadas por minúsculos partidos sin trascendencia en el medio, los cuales, a pesar de plantear con seriedad soluciones sociales racionales, ejercitan un partidismo de capilla heredado de las milenarias prácticas religiosas y del estilo partidista existente.
 La única ventaja que los partidos políticos pueden ofrecer, es la posibilidad de lidiar dentro de ellos con diferentes ideologías, lo cual permite acordar periódicamente los programas socio económicos parar desarrollar en cada temporada de gobierno. Aunque ninguno de los partidos existentes fue concebido con ese criterio, sus dinámicas estructurales hicieron que, en la contienda del 2016, se trocara por primera vez en desafío, cuando Bernie Sanders puso a discusión una prédica socialista que esté reforzada por una estructura democrática de relevo. Jamás esto había sucedido en el panorama político estadounidense.
Trump y Clinton son parte de lo tradicional y si en algún momento la campaña tuvo un corte ideológico fue durante las primarias, cuando el Senador Sanders obligó a Hillary una y otra vez, a debatir cambios y reformas nunca antes discutida en una contienda. Allí se enfrentó el sistema tradicional defendió por ambos candidatos y una nueva visión de Estado y sociedad, defendida por el Senador.
 En realidad, los sistemas políticos en los países desarrollados, no responden a la lucha de clases aguijoneadas por las diferencias económicas, sino por divisiones de otra naturaleza, conformadas por «grupos» disímiles en sus ideas, cuyos miembros son personas provenientes de diversos niveles económicos, exceptuando el uno por ciento que posee el dominio del capital y la riqueza nacional, quienes al margen de sus fortunas, a veces también se identifican con el 90% minoritario.
 Negar la existencia de las clases sociales y económicas, es como negar el sol. Ahora bien, en las sociedades hiperdesarrolladas como Estados Unidos de América del Norte, las clases supermillonarias, poseedoras de gran influencia en la política, son una minoría ínfima, cuyo protagonismo enfrenta cada año un reto mayor para lidiar con las grandes mayorías, cuyos accesos a las decisiones del Poder van en aumento. Como contrapartida de esta clase, dentro del conjunto mayoritario de la población (90 %) las diferencias económicas han pasado a planos inferiores, distinguiéndose entre sí fundamentalmente, por las diferencias personales, tanto que va convirtiéndose en tendencia, que las personas prefieran ser distinguidas de esa manera y no por sus éxitos profesionales, científicos o económicos.
 En Estados Unidos, ni aun ese ínfimo grupo mayoritario una vez fuera de su círculo de iguales, son considerados como casta o persona especial diferente de las demás. La mayoría de ciudadanos en Estados Unidos, por debajo de los 125,000 dólares de ingresos domésticos, (aproximadamente un 90%), disponen, como promedio, de los mismos privilegios sociales y políticos y con el tiempo van adquieriendo mayor representatividad. Este proceso ha creado barreras a la influencia de los grandes capitales, haciendo que su peso en la política disminuya cualitativamente. Son aún muy tenues, pero su efectividad se hace manifiesta, cuando observamos la evolución social del siglo XX.
 Esta sucesión de los acontecimientos en Estados Unidos y los cambios en la distribución del Poder (que para mí resultan evidentes y ojalá no esté equivocado), me hace pensar que el ser humano no es, en esencia, una aspiración permanente al lujo, la vanidad y la ostentación. Creo que esa conducta es consecuencia de las circunstancias y en condiciones materiales que les permitan vivir ausentes de inseguridades, esas manifestaciones desaparecen.
 Pienso que merita la pena seguir hablando de estos asuntos.
 Así lo veo y así lo digo.

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