Política

 Política no es sólo lo posible

                            
                                   Los ciudadanos estadounidenses no están preocupados con la política exterior. Tienen confianza en los resultados obtenidos hasta hoy por una estrategia basada en la negociación, uno de los mejores legados del Presidente Obama. Respecto al interior del país tienen un criterio diferente porque las consecuencias las reciben en carne propia. La economía doméstica es un asunto que preocupa al ciudadano en general porque el aumento galopante del costo de la vivienda, los seguros, la salud, los fármacos y la obligación de desplazarse en automóvil por la ausencia de transportación pública adecuada, la educación y otros, hacen cada vez más difícil la vida en una sociedad que tiene ofrecimientos en aumento y medios para adquirirlos proporcionalmente decrecientes.
 
Los debates sobre política exterior, que los republicanos en especial han tratado de explotar, azuzando el temor de una supuesta inseguridad del país por imaginarios ataques provenientes de Medio Oriente, no alcanzan a convencer a un público muy numeroso, porque la realidad no les muestra que la nación esté bajo ataque enemigo. Y en verdad no lo está. La parálisis que actos terroristas pueden causar, está limitado a los países en conflicto de esa región y en cautelosa medida para Europa que tiene una inmensa población de origen musulmán y flujos migratorios cuya contención es muy compleja e históricamente justificada. Lo único que afecta realmente la seguridad pública es el alcance indiscriminado a las armas y el enaltecimiento cultural del superhéroe y el manejo de la violencia. Quizás esto no sea todo lo que afecta en ese sentido, pero definitivamente tiene una gran incidencia en ello. Los aspectos de la política exterior que la mayoría republicana y otros relacionan con la inseguridad, no es parte de la problemática del país porque no está al alcance de la comprensión ciudadana, excepto que el panorama ideologizado que le presentan tiende a confundir a muchos. Felizmente el debate abierto en los medios alternativos y en una parte de la prensa privada que no defiende el oficialismo, debilita esos argumentos, poniendo el tema en la última escala de los intereses ciudadanos que están más preocupados en la educación de sus hijos y en el diario bregar por su existencia.
 
De manera cruda, “a calzón quitao”, como diría un español de pura cepa, el único discurso que se centra en las realidades de la sociedad estadounidense, se escucha sólo en el mensaje de Bernie Sanders y también, en cierta medida, de Hillary Clinton, a quien el discurso de su oponente la ha obligado a derivar a la izquierda para no perder demasiado apoyo de los militantes de su Partido y de un buen sector de los independientes. Los republicanos sólo incursionan ligeramente en los asuntos socio económicos del país con un mensaje torcido que, o bien culpa a los inmigrantes de todos lo malo que sucede, como es el caso de Donald Trump o insisten sobre la debilidad de una política exterior que contraria a todas las expectativas, ha tenido aciertos y siembra la esperanza de que un mundo sin amenazas constantes de guerra ni predicciones apocalípticas, es posible.
 
Quienes rechazan una política exterior basada en el entendimiento y el compromiso, son aquellos que aún ondean banderas nacionalistas pasadas de moda, nacidas al clamor de la política conocida como Destino Manifiesto, inaugurada por James Monroe en 1817, cuando la nación llegó al Pacífico y acordó con Inglaterra fijar el paralelo 49 como frontera norte. Afanes belicosos fundados en creencias de superioridad, justificados en apariencia por los triunfos y progresos de la joven república, pero contradictorios con el espíritu de trabajo que los hizo posible, son los únicos creyentes en que el país disminuye su estatura, cuando hace pactos, acuerdos y compromisos mutuamente beneficiosos y respetuosos con terceros.
 
El planteamiento de Sanders puede que tenga las fallas concomitantes a los idealismos de los grandes soñadores. Puede que no responda fidedignamente a las condiciones generales del país en términos de una educación ciudadana comunitaria capaz de entender cambios que en su proceso de realización deben crear zozobras y desbalances. Pero la historia política de su persona no lo define como alguien acostumbrado a lo descabellado, aunque tampoco proclive a dejar de hacer por meras razones circunstanciales.
 
Los cambios y transformaciones profundas no siempre se ajustan completamente a las circunstancias del entorno. Porque si bien es cierto que la política es el arte de lo posible, también es el resultado de la voluntad pública para elegir gente de voluntades inquebrantables, consecuentes con su pensamiento. Sanders lleva muchos años coordinando esfuerzos con espíritus de esa naturaleza, decididos a cerrar filas, a sujetar juntos el timón del barco, porque no siempre las aguas furiosas son quienes deciden su estabilidad y destino. Si la política fuese puramente el arte de lo posible, no hubiese existido una Guerra Civil que unió definitivamente el Norte con el Sur, el negro no hubiese sido reconocido como ciudadano, los chinos no se hubiesen podido desprender del estigma que los excluyó, las mujeres no hubiesen adquirido jamás su derecho al voto, la vejez no tendría ese mínimo de alivio que en pálida medida suaviza los últimos años de vida, ni los derechos civiles existirían. O sea, las transformaciones se pueden hacer a contrapelo de que la realidad inmediata parezca contradecirlas y es aquí donde el verdadero político se consagra. Muchos de sus planteamientos parecerían contradecir las realidades, estar más allá de lo posible inmediato, pero lo mediato también es parte del presente y susceptible de ser previsto. Así ocurrió con Lincoln, Franklyn D. Roosevelt. Kennedy y el propio Obama, quienes fueron parte de la ciudadanía que en sus épocas pudieron prever y actuaron en consecuencia.
 
Eso es al parecer lo que está sucediendo en el alma de muchos. Especialmente en los jóvenes, a quienes llaman los “milenios”, quienes quieren asegurarse un futuro cierto. Desprecian esa economía que se hizo nuevamente furiosa a partir de la década del sesenta, desplazando, haciéndose más darwinista, como fue a finales del Siglo XIX. No desean más ser parte de unas relaciones sociales que ha transformado el ambiente sin darle espacio a todos aquellos que lo habitan, mientras a golpe de espejismos, que luego se derriten ante sus ojos cuando la vejez los vence, han logrado que trabajen más y sean aún más creativos. No sé cuánta verdad hay en Sanders, porque me gusta la tradición de este país que nunca ha creído en líderes, pero definitivamente su discurso es la denuncia social más clara que político alguno haya expresado en esta nación. Me refiero a aquellos que en algún momento han llegado a ocupar una posición política como la suya.

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