Pesimismo por inercia

                                                   
 Las expectativas de los conservadores de origen cubano en Miami  ante los cambios de Washington respecto a Cuba, son derrotistas. Ni siquiera pesimistas. Lo han asumido como un golpe bajo del aliado que nunca fue, excepto que circunstancialmente los usó en algunos sucios procesos en la era de la Guerra Fría.
Por otro lado están los cubanos emigrados, cuya mayoría tienen profundos vínculos con su tierra, pero que se han identificado en gran medida con los hábitos de bienestar y confort alcanzado por muchos de ellos en su nuevo país de referencia. La leyenda quizás les haga pensar que esa grandeza se debe exclusivamente al sistema político y pocos reflexionan que el desarrollo de Estados Unidos estuvo favorecido por su origen histórico, su independencia relativa, hasta el punto de no haber sido nunca una real colonia y contar además con una geografía que supera en recursos y ubicación, a cualquier otro del globo terráqueo. Pero aun entendiendo que no se trata de un sistema milagroso, la realidad es que disfrutan de sus beneficios y sus imperativos, sin que ninguno de los dos aspectos los alejen de su tierra natal.
Este grupo mayoritario de cubanos, viajeros itinerantes a la tierra que los vio nacer, quienes reclaman su baño de sol como los judíos y católicos se inclinan ante la Tierra Santa o frente al Sagrado Sepulcro en la región palestina, manifiestan alegrías con las decisiones de Obama, pero no ocultan su escepticismo. Muestran dudas sobre los cambios que hará el gobierno cubano para aumentar la eficiencia de su producción y su sistema en general. Sobre todo ampliarla y universalizarla internamente, de modo que el esfuerzo laboral de quienes allí viven sea resarcido a la altura de una expectativa de vida, capaz de facilitar una existencia libre de las presiones causadas por la búsqueda diaria de lo elemental. O sea, lo ocurrido hasta hoy no hace que la comunidad cubana que supera el millón de personas en Estados Unidos y sobrepasa mundialmente los dos millones, muestre aún optimismo respecto al futuro inmediato de sus familiares y amigos de la Isla. Esta manera de ver los nuevos acontecimientos es compartida también por mucha gente que vive en Cuba.
Por otro lado, escuchamos voces desde la Isla que ven imperialismo por todos lados, agresiones, trampas, en fin son tan pesimistas como los resentidos conservadores o tan escépticos como muchos emigrados de aquí y algunos cubanos que viven allá. Han hecho de la desconfianza primitiva un modo de pensar. No sé si inducida por las consignas repetidas o si se trata de una idea inoculada en la piel por la transmutación de agresiones que siendo de carácter foráneo contra el Estado nacional cubano, algunos dentro de Cuba la han hecho suya hasta el grado de considerarla un asunto personal. Pero lo cierto es que un número de personas en Cuba quizás relevantemente alto, asumen con desconfianza cada nueva medida aprobada por Washington para desmontar el Bloqueo-Embargo y otros no confían en la capacidad o voluntad del gobierno cubano.
Yo permanezco entre los optimista y me distancio de los anteriores. Porque sé, como lo saben casi todos, que Obama, aun dentro de sus enormes discreciones presidenciales, necesita calibrar sus acciones para hacer finalmente efectivo que el Congreso derrumbe el muro de la ignominiosa Ley del Bloqueo. Si el Congreso no actúa, la validez de sus decisiones actuales resultará nula. En cuanto al gobierno cubano, estoy seguro que con paso firme, no sé si con la debida rapidez y a costa de ciertos sacrificios sociales, avanzará con acierto hacia una economía eficiente y una reestructuración política genuina, asentada en las experiencias de estos años de vicisitudes. Al menos, para lograrlo, tiene experiencia suficiente.
Ahora bien, es obvio que las medidas presidenciales para cercenar el Bloqueo van a priorizar aquellas que estimulen convenientemente el objetivo de precipitar cambios en Cuba a favor de los intereses estadounidenses, aun a costa de las necesidades de los cubanos. En esto, Estados Unidos tiene la gran ventaja de ser un país admirado por mayorías, quienes llevados por leyendas y realidades, confunden su grandeza con la existencia de un sistema político que, a pesar de ser igual en otras naciones, no ha dado en ellas resultados similares. Frente a esto Cuba tiene la ventaja que su gente, a pesar de las dificultades, carencias e incógnitas de cincuenta y cuatro años, confió en el futuro y el buen éxito que logren las reformas en curso, se impondrá a las influencias foráneas. Me imagino que las autoridades cubanas tengan presente que esta vez el experimento no puede fallar.
Entiendo la decepción del ya reducido grupo de cubanos de origen que comienza a aceptar que perdieron la batalla y también el escepticismo de muchos emigrados cubanos. Pero no comprendo los lamentos que señalan las intensiones de Washington de influenciar en el proceso político cubano, cuando esa política ha sido práctica universal nunca negada por Estados Unidos. Es una política que incluso aplican con sus aliados, con el occidente europeo, Medio Oriente, con regiones estratégicas y amigas tan sensibles como Israel, así que como vamos a impresionarnos o preocuparnos a estas alturas y con nuestras experiencias, por los esfuerzos que puedan hacer para intentar llevar sus instituciones a Cuba. Creo que es una perdedera de tiempo y desvía la atención sobre el debate de qué hacer para impedir precisamente que esos propósitos fructifiquen. La política económica del bloqueo está en vías de desaparición y ella permitirá que Cuba actúe a los mismos niveles de competencia que el resto de mundo, pero mientras tanto, Cuba tiene tareas que cumplir al margen de lo anterior. Debatir este asunto creo que es de vital importancia y es el único antídoto contra cualquier plan foráneo. Nuestra realidad se impondrá, siempre y cuando la hagamos verdadera. Así lo veo y así lo digo.