
Salvador Capote
Los intelectuales elitistas suelen ser contrarevolucionarios. Posan, casi siempre, de pensadores centristas, pero cambian de opinión o la modulan sutilmente, según sea hacia el Norte o hacia el Sur a donde sople el viento. Desde sus torres de marfil, se erigen como árbitros autodesignados, hipercríticos de una Revolución en la que sólo han participado, en el mejor de los casos, como espectadores. Hipersensibles, tienen la piel muy fina y reaccionan como princesas ofendidas, ante deficiencias, reales o supuestas, de la Revolución, pero muestran una piel gruesa, impenetrable, que lo soporta todo, frente a los que utilizan hasta un bloqueo genocida para destruirla. Paradójicamente, el camino más rápido de regreso a La Vieja Cuba, la del millón de analfabetos absolutos y otros dos millones funcionales, es el que nos trazan los intelectuales de La Joven Cuba que, como mutantes con ego sobredimensionado, reniegan de una Revolución a la que deben hasta su propio nivel profesional.










