Hace 14 años, el publicamos en Cuba Debate  el  artículo «De mi disidencia no vivo yo» hoy lo retomo porque, el cuartito como decia Panchito Riset,  esta igualito.  Miami no cambia respecto a Cuba. 

A mí no me duele en prendas admitir que estoy en franca minoría con respecto al resto de mis compatriotas cubanos que viven en el sur de La Florida. Sabemos y no creo que haga falta repetirlo, que mis puntos de vista con respecto a la política de Estados Unidos hacia Cuba no son compartidos por la mayoría de mis coterráneos que viven en Miami, lo que  me convierte en un  verdadero «disidente».  Aquí estar contra el bloqueo a Cuba y abogar por las mejores relaciones entre Cuba y Estados Unidos es un pecado capital.
Discrepar de los más, desde una posición minoritaria, me convierte en un ente extraño en Miami. Ser aquí un «disidente» puede ser algo peligroso.  Años atrás, cuando Miami era «la ciudad de las bombas», once atentados terroristas fueron perpetrados contra la revista «Réplica», una publicación semanal de gran éxito de la que era yo su director.
Intentos de asesinatos contra mi persona no faltaron en aquellos tiempos, cuando por escribir lo que pensaba sin temor ni favor, me llevó al camino de la discrepancia para convertirme en uno de los primeros exilados «disidentes» de Miami.
No voy a negar, que si bien tengo muchos amigos y compañeros de ideas que respaldan mi posición, para los más extremistas de la derecha, soy un «execrado». Un «comunista» que merece el castigo infame de morir carbonizado en una pira incendiaria en la esquina del restaurante Versalles de la calle ocho de la Pequeña Habana.
Sin embargo mi «disidencia» no me lleva a declararme en «Huelga de hambre» suicida, en protesta porque el gobierno norteamericano no me complace en mis deseos, de cambiar su política exterior en relación a mi país de origen.
Disentir de los demás, aunque sea desde una posición equivocada según el sentir y pensar de los otros, no constituye en si un acto criminal.  Pero si bien, discrepar de la mayoría es un derecho inobjetable que debe ser respetado por todos, gobernantes y ciudadanos, esa actitud contestataria no puede servir en mi opinión para encubrir conductas que conlleven contubernios con gobiernos extranjeros y mucho menos si quienes se prestan a tales rejuegos están motivados por mezquinas razones económicas.
Vivo desde hace muchos años en Miami y he aprendido a convivir en una ciudad donde reina la  intolerancia y el extremismo político más irracional. Algo que tiene que ver más con los cubanos, que con los norteamericanos.  Me duele decirlo pero es la verdad, para vergüenza de mis compatriotas cubanos. En mi caso mi «disidencia» es  respetuosa para las costumbres y leyes del país donde resido, expresando siempre lo que pienso sin cortapisas ni sordinas.
Para mi no es nada fácil ser un  cubano «disidente» en Miami. Aunque si de algo estoy orgulloso es que puedo decir en alta voz que nadie me paga por lo que hago o por lo que digo. Que nunca he cobrado, ni ayer ni hoy, salario alguno de un gobierno cubano o extranjero. Por lo menos de mi «disidencia» no vivo yo.