Los trágicos sucesos del Hotel Saratoga en la Habana Cuba son un caudal de solidaridad, amor y actos heroicos.  A cada minuto nos llegan historias desgarradorças  del lamentable accidente, como la que sigue, enviada porSandra Yisel Ramírez Rodríguez desde el ICAP en la Habana

Camila Moros, juntos a sus compañeros del 6t0 1, de la Escuela Primaria Concepción Arenal, estaban preparando una fiesta sorpresa por el día de las madres a su maestra María Victoria Salomón, cuando ocurrió la explosión. De pronto todo fue un caos. Camila vio entre la tolvanera a su amigo Leo, con un hilo de sangre en la cabeza, a una niña paralizada por el terror y a otros dos cogidos de las manos. Vio a su maestra salir de entre la espesa calina, con un brazo muy lastimado y gritado a los niños que salieran por la escalera metálica hacia el segundo piso.

¡Por la escalera del frente no, por la metálica, todos, vamos, vamos!, le escuchaba. Y los niños empezaron a reaccionar y a correr en medio del miedo, sintiendo aún temblar el edificio. Veía con mucha dificultad a los de otras aulas también correr a la escalera y ya abajo, con heridas en la cabeza, en los brazos o las piernas distinguió a varios, en medio del polvo aún flotando en todas partes; escuchaba el llanto de los que cree que eran de pre escolar y sobre todo a los maestros gritar ¡Sigan bajando, sigan bajando, a la calle, por la puerta de al lado! Ya afuera vio a muchas figuras enormes con cascos amarillos y rollos de soga al hombro, que llegaban volando y daban voces y les señalan para el Capitolio. Los llegados arropaban la hilera de niños, los llevaban hacia el ala sur del imponente edificio. Maestros y trabajadores seguían saliendo, cada uno con un racimo de tres o cuatro niños de la mano y seguían las ordenes de los gigantes de los cascos.

Le pareció ver que en una ambulancia se llevaban a una maestra y a otros niños, pero no estaba segura. Su mirada estaba fija en el edifico sede de la Casa Editora Abril, donde trabaja su mamá. De repente, Camila, casi arrastrando a la maestra que estaba a su lado, voló los cincuenta metros que le separaban de la librería Abril, a los brazos de la vieja Rita, la recepcionista, que miraba aturdida hacia la zona del desastre. Entonces vio a su mamá, que debió salir como un torpedo de la editora, porque chocaron en el abrazo y Camila, por ahora, no quiere recordar nada más.