Compañero presidente, ante todo agradecerle esta oportunidad de diálogo sobre temas medulares de nuestra cultura; y asegurarle que creemos en usted, porque usted confía en nosotros.
Deseo iniciar citando dos fragmentos de su discurso clausura al IX Congreso de la Uneac que conmovieron a los que allí fuimos convocados, usted nos recordó que la misión más importante de estos tiempos es desatar una irreconciliable batalla contra la incultura y la indecencia, tomando como premisa que debemos oponernos a la avalancha colonizadora que avanza en tiempos de la globalización. Han pasado cuatro años y en ciertos sectores, muchos más de los que deseáramos, continúa naturalizándose, desde los centros de poder, una creciente fascinación por lo indecente, lo soez, vulgar, pornocultural, violencia, lenguaje sexista, cosificador, etc., elementos que desde la saturación constituyen vía expedita para, luego de aculturar, colonizar culturalmente.
Tales prácticas invariablemente son precedidas por la justificación que es necesario fomentar ingresos financieros, hacia lo institucional y personal, como único sendero del éxito. La edificación, desde los espacios de intervención pública, de modelos de signo inverso, –negativos desde nuestra consideración de los valores que debe atesorar un ente social coherente–, genera un movimiento epigonal por un contrato de verosimilitud no signado: usted me lo dice y yo me lo creo. Los ciudadanos se ven inmersos en el conflicto del ser o el ostentar. No existe entonces una pérdida o inversión de valores, no, es un fenómeno aún más complejo: los valores se modelan, y lo que para una generación fue positivo, como la decencia, deviene en su antípoda: lo indecente como tarjeta de presentación para ascender al beneplácito grupal y acceso al éxito.
¿Quién decide hoy la Política Cultural? En ocasiones, por lo que he apreciado en mi territorio, entidades con más entusiasmo y deseos de cumplir normativas que competencias profesionales, o individuos solamente interesados en espurios crecimientos económicos, y en otros casos, peor aún, por personas arropadas de una profunda indigencia cultural.
Considero que para sacudirnos del peligro de colonización, o su variante más oscura: la vocación por autocolonizarse, debemos convertir cada espacio de intervención pública en un centro de formación desde el divertimento, recordemos a Paulo Freire: “Nadie educa a nadie —nadie se educa a sí mismo—, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”. Pero también nadie se deforma a sí mismo, los hombres se deforman entre sí con la mediación del mundo. Urge construir estrategias formativas, o estaremos hipotecando el porvenir sin posibilidad de retorno, y el tiempo se agota.
Un comentario
De total acuerdo con lo expuesto por el cro. Marco Antonio, soy de la generación en que la ética y la decencia primaban, ahora se permite el reggetón con letras inapropiadas, hasta los maestros en las escuelas lo promueven, como decimos los viejos ¨en mi época¨ eso no era así. Desde soportar en la Mesa Redonda cuestionamientos a la concepción de la nacionalidad hasta recibir turistas visitantes con antecedentes penales graves, consumidores de drogas, solo por un supuesto beneficio económico. Personalmente prefiero la escasez a rendir mis convicciones.