Por Lorenzo Gonzalo, 21 de noviembre del 2016
Las recientes elecciones estadounidenses son historia; una historia no común, en los anales de las elecciones de ese país. Trump ganó y es ahora el Presidente del país y de todos los estadounidenses.

La contienda comenzó con un enfrentamiento ideológico. Donald Trump por un lado planteó una política nacional, con énfasis en el arancel de los productos importados, la adulación al blanco y una defensa del control migratorio al estilo de la década del veinte. Habló además de deportaciones masivas que recuerdan la época del Presidente Dwight Eisenhower
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Por su parte, Bernie Sanders, plateó reformar el sistema político, a favor de un socialismo democrático semejante al noruego, pero apegado a las realidades de la mal llamada “Norteamérica”. La prensa y las personas olvidan que México y Canadá también son norteamericanos.
Concluida las primarias cesó el choque ideológico. Hillary Clinton no pudo desprenderse de su atuendo tradicional, defendiendo un sistema donde los valores se limitan a defender los grandes intereses del capital, aun cuando comprometió su ideario, bajo la presión de los seguidores de Sanders, sintentizando un programa de reformas sociales profundas, que hubiesen dado continuidad al New Deal del Presidente Roosevelt y la llamada “Great Society” del Lindon B. Johnson.
El llamado “establishment” del Partido Demócrata, fue sordo y ciego durante las primarias y fue incapaz de entender el fenómeno que llevó al septuagenario Bernie Sanders a enardecer a las juventudes y a los trabajadores cansados de penar en un país rodeado de riquezas, donde sus salarios reales son iguales al de los años setenta.
La ceguera fue tan grande que además de no comprender el fenómeno Trump, tampoco entendieron la reacción masiva a favor de Sanders.
Una cosa quedó clara en estas elecciones y es que los políticos, las élites, las dinastías, los nombres repetidos de familias eternizándose en el Poder, han pasado de moda.
La candidatura de Hillary se convirtió en un asunto personal para Bill Clinton. Mientras tanto Trump era el “hombre fuerte”, capaz de ganar la presidencia dentro de un Partido históricamente representativo de las grandes fortunas, pero cuya dirigencia tradicional, habiendo perdido todo contacto con la sociedad requería reemplazo.
El Presidente electo mostró a unos y otros, cómo se ganan unas elecciones en ésta época de desequilibrios sociales, competencia económica mundial, donde Estados Unidos no decide unilateralmente y su hegemonía militar en ocasiones es desafiada.
Sanders salió del juego y sólo quedó Donald Trump como el único que cuestionaba las penurias que aquejan a millones de estadounidenses, defendía las fronteras y criticaba con dureza la “ayuda” a terceros países, a costa del erario público de la nación. Y aunque nunca brindó soluciones, trazando una hoja de ruta, al menos brindaba esperanza para el sector preterido de la época: los granjeros, el campesino estadunidense, el minero, los trabajadores de factorías desaparecidas o en vías de desaparecer y ese conjunto social que, con toda la razón del mundo, le interesa vivir como sus antepasados lo cuentan.
El otro sector que arrastraría y de hecho lo apoyó militantemente, fueron los elementos racistas, quienes desprecian a los inmigrantes porque ese inmigrante no es el alemán blanco de hace dos siglos: irlandeses, polacos, italianos y otros europeos que conformaron la base laboral de Estados Unidos en la época del vertiginoso despegue del siglo XIX.
En la Norteamérica Estadounidense, el color de la piel hizo la diferencia desde la llegada de, aunque los indígenas que, al comienzo fueron desplazados de las áreas de los recién llegados, más tarde también fueron víctimas de la pigmentación.
En las primarias Sanders ganó Wisconsin y Michigan y aunque perdió Pennsylvania, allí tampoco quedó muy mal parado. De haber sido Sanders el candidato, existían probabilidades para que hubiese ganado esos estados y de haber sido así, hubiera llegado a la Presidencia aun perdiendo Florida y Carolina del Norte, asumiendo que también hubiese obtenido mayoría (como seguramente hubiese sido), en los estados que ganó Hillary. Se puede argumentar otra cosa, pero las primarias se comportaron de ese modo: Sanders encarnaba la protesta progresista en contra del “establishment”, mientras Trump fue el radical libre que la representaba por otra vía. Además, debemos añadir, que la maquinaria republicana, cuando se vio perdida, se dedicó a asegurar el Congreso, pero denostó de Trump, favoreciendo la candidatura de Clinton. Sanders tenía grandes probabilidades.
Finalmente ganó Trump, quien mostró ser el más sagaz y a quien la prensa cubrió hasta la saciedad debido a sus faltas e inconsistencias. Pero basta una cobertura tan abrumadora como esa para que una sociedad pueda llegar a admirar por igual, artistas y bandidos. Tampoco el Partido Republicano Tampoco el Partido le hizo las trampas de que fuese objeto Bernie Sanders y que dieron lugar al despido de la Representante Wasserman de la Florida.
El problema más grave con la elección de Trump pudiera venir de sus arrebatos grandiosos a la hora de lidiar con los aliados naturales del país y sobre todo con los contendientes más peligrosos como Rusia y China. También habríamos de ver si realmente rompe el acuerdo con Irán y como esa región y la propia Rusia puedan asumirlo.
Respecto a Cuba no parece interesado en realizar cambios significativos, excepto que sea presionado desde el Congreso o desafiado retóricamente desde fuera. Está claro que los elementos conservadores de la emigración cubana, no cuentan. En campaña Trump se reunió con la Brigada 2506, un grupo escasamente representativo de la comunidad cubana, con la cual ningún compromiso es vinculante.
Con el nuevo Presidente que toma posesión el 20 de enero, es posible que suceda como con el guapetón de bares, que no ocasiona mayores problemas si no es desafiado por sus primeros desplantes y al final, muchas veces, termina pagando los tragos.










