Estados Unidos es hasta hoy, el país más desarrollado científica y técnicamente. Aun cuando China le pisa los talones en desarrollo económico, mantiene aún gran dependencia de la tecnología que hunde sus raíces en Silicon Valley. Lo cual no significa que en breve pueda igualarse en ese aspecto e incluso comenzar a ganarle la batalla. Todo está en dependencia de las libertades que el régimen político socialista chino logre instrumentar, para atraer cerebros y estimular el desarrollo de las nuevas generaciones de científicos nacionales.
Paradójicamente con ese desarrollo, el estadounidense promedio es acientífico y en el peor de los casos anticientífico. No solamente entre las personas ajenas a las direcciones administrativas ya sean políticas o económicas, sino dentro de esas propias esferas. Uno de los casos más destacados es el del Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, 
Al margen de creencias religiosas, las cuales, en general, no niegan la evolución de las especies incluyendo la humana (a excepción de Meadows y otro puñado de fanáticos), el rechazo de los descubrimientos científicos es usual dentro de un alto y alarmante porcentaje de la población estadounidense.
Esta ignorancia generalizada es uno de los causantes que enfrentan los gobiernos locales, estatales y federales en la actualidad, para coordinar racionales estrategias propuestas por científicos de la medicina y poder controlar la expansión del coronavirus con el menor número de bajas.

La diferencia adquirió un tono tan dogmático en los primeros años, que cada una de las facciones terminó convirtiéndose en una organización política con funciones partidistas de poder: el Federalista impulsado por Alexander Hamilton y el Republicano-Democrático, representado por Thomas Jefferson.
De esta decisión y de cuyas inconveniencias no se puede culpar a la inteligencia y brillantez de aquellos hombres educados, con un profundo sentido práctico del pensamiento liberal, especialmente de las ideas provenientes de John Locke, han surgido contrariedades como estas, afectando el control de la pandemia y favoreciendo las irregularidades practicadas a diario por el ocupante de la presidencia del país.
Alimentar el sistema partidista, sólo ha ayudado a profundizar polémicas cuyas múltiples respuestas están a la luz de todos. Enclaustrar en partidos políticos la voluntad de sopesar las problemáticas nacionales, en lugar de canalizarlas a partir del conocimiento científico-técnico en unos casos o al calor de la experiencia social que nos permite hoy el reservorio de información acumulada en las últimas tres o cuatro centurias, implica el riesgo de provocar parálisis al crecimiento o al desarrollo o al mantenimiento del estatus quo de la nación.
Tonterías como negarse a utilizar máscara en público por parte de un sector poblacional alentado por un Presidente desconocedor de la disciplina académica, restar importancia a los distanciamientos sociales y la tendencia a minimizar la letalidad de la infección, contribuyen a estimular la ignorancia científica de la población. Todos y cada uno de los lineamientos sugeridos por los médicos contribuyen a disminuir los contagios. Ninguno por sí solo constituye una solución, excepto que se apliquen en su conjunto. Pero la práctica extendida de transformar cada suceso y posible solución, en falsos programas políticos que sirven como marco de propaganda a los “partidos” donde supuestamente se “afianzan los valores democráticos”, en sustitución de racionales debates parlamentarios o serias valoraciones en el seno del cuerpo ejecutivo, debilita el buen camino de una nación, con extraordinarios recursos y un inmenso acumulado del saber universal que dos décadas atrás, nadie pensaba que un día podrían ser desafiadas por país alguno.











