Tal como ocurrió en Estados Unidos, Europa y Asia en los años cincuenta del pasado siglo, los países latinoamericanos más desarrollados como México, Argentina y Brasil, vivieron una era de optimismo nuclear, asociada sobre todo a la expectativa de producir energía eléctrica abundante y barata, y de ese modo acelerar el progreso y promover el bienestar. Ese clima fue favorecido por el programa estadounidense “Átomos para la Paz”
Según su promotor, el presidente Dwight Eisenhower, el programa trataba de borrar la horrible imagen que, de la energía nuclear y de los Estados Unidos, dejaron los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, y a la vez contribuir a la promoción de ese recurso y evitar la proliferación del arma nuclear, para cuya introducción decenas de países tenían posibilidades reales.
A nivel mundial las expectativas más optimistas no se justificaron. Las investigaciones nucleares resultaron caras, y las cuestiones de seguridad muy difíciles de resolver. El caso es que 63 años después que en 1954 la Unión Soviética pusiera en marcha la primera planta electronuclear, solo 29 países han seguidos sus pasos, y las 443 instalaciones de ese tipo existentes en el planeta generan apenas el 17 por ciento de la electricidad que se consume.
Por otra parte, la era del petróleo barato, que estuvo vigente hasta los años setenta del siglo XX y parece regresar, así como los avances tecnológicos que paulatinamente reducen los costos de la producción y utilización de las energías no convencionales, han desestimulado el uso del átomo, quien además recibió un duro golpe con los desastres nucleares de Chernóbil, y más recientemente el de Fukushima en Japón.
De las 443 plantas electronucleares existentes en el mundo solo seis están en América Latina, (dos en Argentina, dos en Brasil, y dos en México). En esas instalaciones funcionan seis de los 439 reactores de potencia en operaciones. Mediante el átomo se genera el cuatro por ciento de la electricidad consumida en México, 3,1 de la utilizada en Brasil, y el seis de la producida en Argentina.
Además de estos tres países, solo Cuba dio pasos concretos para la construcción de una planta electronuclear, proyecto que fue cancelado en 1992, cuando tras la caída de la Unión Soviética, se hizo técnica y económicamente inviable. A pesar de interesarse por el uso del átomo con fines médicos o de otro tipo, ningún país ha emprendido proyectos en gran escala.
Un hecho relevante es que, aunque circunstancialmente el tema atrajo el interés de algunos círculos militares, y países como Brasil y Argentina extraen, enriquecen, y comercializan uranio y producen tecnologías nucleares, incluyendo reactores; el denominador común siempre ha sido el uso de la energía atómica con fines pacíficos. A ello contribuyó la promoción de la idea de convertir al continente en una región libre de armas nucleares, lo cual fue ratificado con la firma del Tratado de Tlatelolco promovido por México.
Actualmente, aunque a los países más avanzados en el área nuclear se han sumado otros como Venezuela, Chile y Colombia, en varias universidades latinoamericanas se forman especialistas de alto nivel, incluso Brasil se ha enfrascado en la construcción de un submarino movido por energía atómica.
Debido a los altos costos y a los problemas de seguridad que plantea, la energía nuclear no figura entre las prioridades del desarrollo económico en la región. Aunque no soy partidario de su demonización, lo cierto es que, hasta hoy, la energía atómica ha generado más problemas que beneficios. Allá nos vemos.











