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José Martí y la geopolítica de EE.UU para el Caribe

José Martí y la geopolítica de los Estados Unidos para el Caribe: la Conferencia Internacional Americana de 1889.

Hoy entregamos nuestra  radiomiamitoday.com al joven Dr cubano Yuri Fernández Viciedo amplio conocedor y estudioso de la obra de nuestro Apóstol José Martí

El siglo XIX fue el siglo de la expansión territorial de los Estados Unidos a todo lo largo del espacio continental que hoy ocupan. Este crecimiento estuvo unido al desarrollo de una política exterior abocada al control sobre los territorios hemisféricos recién independizados de España, en la mayoría de los cuales se habían constituido repúblicas marcadas por la inestabilidad política y la conflictividad regional.

En 1889, el gobierno norteamericano llevó a cabo una audaz ofensiva diplomática con el objetivo modelar una esfera de control político sobre la región a partir de la influencia económica de mecanismos financieros de inversión e intercambio mercantil regionales. Bajo la gestión protagónica del entonces Secretario de Estado James G. Blaine se llevó a cabo un cónclave de carácter hemisférico: la Conferencia Internacional Americana, que pasaría a la historia como la primera Conferencia Panamericana. Las sesiones y trabajos se extendieron por meses: desde el 2 de octubre de 1889 hasta el 19 de abril de 1890. Las discusiones abarcaron una amplia agenda que incluyó el arbitraje para disputas, el establecimiento de una unión aduanera continental y la creación de una oficina de repúblicas americanas. De hecho, el cónclave constituyó el antecedente germinal de lo que sería en el siglo XX la OEA y el llamado Sistema Interamericano.

Entre los miembros del cuerpo de prensa acreditado para cubrir la conferencia se encontraba José Martí, quien desde 1881 residía en la ciudad de Nueva York y fungía como corresponsal del diario argentino La Nación. Esta fue su única acreditación oficial ante la conferencia. No era un delegado, no tenía voz ni voto en las sesiones plenarias. Solo ocupaba el lugar que las normas del periodismo moderno le asignan a un reportero: el espacio del testigo y la función reporteril.

Sin embargo, las crónicas enviadas al diario La Nación no fueron meros reportajes. Martí desarrolló en ellas un periodismo de análisis que no solo no resultó indiferente a la esencia del cónclave, sino que tampoco se mostró neutral. Sus textos constituyeron verdaderos ensayos de interpretación geopolítica que, publicados en Argentina, irradiaban a toda la América hispana, e hicieron del reportero Martí la conciencia crítica del evento.

La saga de textos martianos que recogen las sesiones y trabajos de la Conferencia y que se hallan publicados en el volumen seis de sus Obras Completas, calan por el análisis y la interpretación de los intereses y trasfondos ocultos que rodearon al cónclave. Conocedor de ambas culturas y de la diversidad desigual de contextos que separaban a la América anglosajona de la América española, Martí alcanzó a traducir para los lectores de su tiempo no solo las palabras, sino también los silencios más allá de los discursos apologéticos y de fraternidad. En sus crónicas se contraponen las declaraciones oficiales, las actuaciones extraoficiales y las presiones sobre los representantes, con las cifras de los presupuestos de guerra y las rutas marítimas que revelaban la esencia de un proyecto de control hemisférico sin precedentes, que convertiría a los Estados Unidos en el centro de gravedad financiera y política en la región.

La valoración del enfoque martiano sobre los intereses geopolíticos de los Estados Unidos hacia el Continente, velados en los objetivos de la Conferencia Internacional Americana de 1889, requiere la respuesta a una pregunta que se impone: ¿resultó el cubano José Martí el único latinoamericano en apreciar la amenaza expansionista de los Estados Unidos sobre el resto del continente durante el siglo XIX? La pregunta resulta pertinente, pues la singularidad de sus crónicas acerca de la Conferencia, no ha de mostrarlo como un observador aislado en una cuestión que no debió pasar inadvertida a lo largo del siglo.

 

  1. Percepciones desde el Sur: la expansión de los Estados Unidos

La voluntad expansionista de los Estados Unidos hacia el sur del continente americano fue un hecho político percibido en el Sur desde los inicios del siglo XIX por voces de diferente signo político, pero coincidentes. Paradójicamente, una de las primeras visiones críticas acerca del expansionismo de los recién fundados Estados Unidos, provino de un criollo habanero: Francisco de Arango y Parreño. En el marco del debate acerca de la abolición de la esclavitud suscitado en las Cortes constituyentes españolas de 1811, impulsado por el diputado mexicano Miguel Guridi y Alcocer, el ayuntamiento de la ciudad de La Habana elevó su protesta ante las mismas. El extenso documento –redactado por el propio Arango- constituyó una cínica y argumentada defensa del modelo cubano de esclavitud de plantación en el cual la oligarquía esclavista habanera cifraba sus esperanzas de prosperidad. En una de sus páginas Arango y Parreño declara:

“Vemos crecer —no a palmos, sino a toesas— en el septentrión de este mundo, un coloso que se ha hecho de todas castas y lenguas y que amenaza ya tragarse, si no nuestra América entera, al menos la parte del norte; y en vez de tratar de darle fuerzas morales y físicas, y la voluntad que son precisas para resistir tal combate; en vez de adoptar el único medio que tenemos de escapar —que es el crecer a la par de ese gigante, tomando su mismo alimento— seguimos en la idolatría de los errados principios que causan nuestra languidez, y creemos conjurar la terrible tempestad quitando los ojos de ella,…”[1].

Arango fue el principal representante del reformismo ilustrado de los esclavistas criollos de La Habana y veía en el sistema esclavista de plantaciones el medio natural para la prosperidad de la oligarquía criolla de la Isla. Su impresión acerca de los intereses geopolíticos de Estados Unidos sorprende por la clarividencia, al anticiparse en más de diez años al discurso del presidente James Monroe sobre el Estado de la Unión en 1823, en cual se articuló la famosa doctrina acuñada más tarde con su nombre.

El creciente poder de los Estados Unidos hacia finales de la década de los años veinte del mismo siglo, se vislumbraba amenazante para los estados latinoamericanos. El fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá y la complicidad de la diplomacia norteamericana en su desarticulación, condujeron a Simón Bolívar a afirmar que: “Los Estados Unidos que parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

Las visiones hispanoamericanas acerca del expansionismo norteamericano anteriores a José Martí, resultaron escasas y provenientes de fuentes divergentes, pero no estaban erradas. En la década de los noventa del propio siglo XIX, el general estadounidense Joseph Cabell Breckenridge se refería a la guerra de 1846 contra México en uno de sus discursos titulado “¿No hay Ejército?”, en los siguientes términos:

“Esta guerra, como las precedentes, resultó gloriosa para las armas americanas y otro de sus resultados fue la adición de un extenso imperio a nuestros dominios nacionales;…”[2]

El comienzo de la década de los años noventa del siglo XIX fue profético para los expansionistas estadounidenses. En ese año, Alfred T. Mahan –oficial de la marina de os Estados Unidos- publicaba su libro The influence of Sea Power Upon History, 1660 – 1783. La obra gozó de más de quince ediciones en cuestión de ocho años y se convirtió en el fundamento para la doctrina naval del país aplicada a sus intereses geopolíticos. Tras argumentar la naturaleza estratégica de la posición geográfica en que quedarían los Estados Unidos si se produjese la apertura de un canal interoceánico en el istmo del Continente, Mahan sostuvo que los Estados Unidos tendrían que establecer bases navales de operaciones en el Caribe con el objeto de mantener las flotas norteamericanas cerca de cualquier escenario de seguridad, con el objetivo de proteger la entrada al Misisipi y garantizar la preponderancia comercial de Estados Unidos en la región[3]. La primera edición del libro de Mahan tuvo lugar en 1890, cuando José Martí sumaba casi diez años de residencia en los Estados Unidos. Por razones de convergencia temporal, la publicación de una obra tan influyente e intensamente editada en el país no debió resultarle indiferente.

 

  1. José Martí: el reportero que cubrió la esencia del panamericanismo en 1889

El sexto volumen de las Obras Completas de José Martí, recoge doce crónicas enviadas al diario argentino La Nación, relativas a la Conferencia Internacional Americana de 1889. Escritas entre 1889 y 1890, las crónicas de Martí diseccionaron el aparato retórico estadounidense y expusieron el proyecto geopolítico subyacente a la Conferencia, desde lo que pudiéramos denominar como una periferia consciente.

La primera de sus crónicas (“El Congreso de Washington”) constituye un texto donde apariencia y esencia se contraponen constantemente, desde el contraste entre las palabras y los hechos. La mordacidad del espectador crítico se aprecia desde el primer párrafo, cuando señala que las limitaciones al discurso panamericanista no radicaban en palabras: sino en situaciones objetivas. Un año antes de la publicación de la obra de Alfred T. Mahan, Martí menciona las pretensiones de control extraterritorial de los Estados Unidos –precisamente- sobre el área del Caribe:

“(…) al congreso que llaman aquí de Panamérica, aunque ya no será de toda, porque Haití, como que el gobierno de Washington exige que le den en dominio la península estratégica de San Nicolás, no muestra deseos de enviar sus negros elocuentes a la conferencia de naciones; ni Santo Domingo ha aceptado el convite, porque dice que no puede venir a sentarse a la mesa de los que le piden a mano armada su bahía de Samaná, y en castigo de su resistencia le imponen derechos subidos a la caoba.”[4]

El programa de la Conferencia inició para los delegados americanos con un mes de viaje en tren por el país. El viaje, según informó Martí a los suscriptores argentinos de La Nación, no era sino una operación de presión sobre los diplomáticos americanos:

“(…) para mostrar a los huéspedes la grandeza y esplendidez de las ciudades, y aquella parte de las industrias que se puede enseñar, a fin de que se les arraigue la convicción de que es de la conveniencia de sus pueblos comprar lo de éste y no de otros, aunque lo de éste sea más caro, sin ser en todo mejor, y aunque para comprar de él hayan de obligarse a no recibir ayuda ni aceptar tratos de ningún otro pueblo del mundo”[5].

En una oración sentenciosa José Martí describe toda su saga de crónicas acerca de la Conferencia, y al cónclave mismo, cuando sostiene en esta primera crónica: “Las entrañas del congreso están como todas las entrañas, donde no se las ve”[6].

La opinión divulgada por la prensa norteamericana de la época acerca de la Conferencia fue una de las fuentes que, de cara a la comprensión objetiva del suceso, empleó el reportero Martí para informar a sus lectores argentinos. La tercera crónica, redactada el 2 de noviembre de 1889, comienza con citas de titulares de la prensa norteamericana relativos al suceso. El contenido de los mismos no dejaba lugar para dudas: la prensa norteña interpretaba el panamericanismo –con el agravante del estilo triunfalista- como dominación y expansión económica hacia los pueblos del Sur. De este modo, los lectores argentinos de La Nación pudieron constatar -a partir de un corresponsal in situ-, la matriz mediática central de la prensa estadounidense en torno a la Conferencia Americana[7].

La tercera de las crónicas de Martí acerca de la Conferencia Americana constituye un material para el análisis de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos hacia el sur del Continente y sus recursos. El texto abunda en sentencias y reflexiones que describen las gestiones políticas de Washington en torno a la reunión como expresión concentrada de los intereses económicos que controlaban al país. Este es el marco de análisis donde expresó una de sus citas más famosas acerca de la Conferencia, que describe a la misma como una operación diplomática para el asalto económico al Sur con la falacia del libre comercio:

“Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles: y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, (…), que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”[8].

La tercera de las crónicas martianas contiene –además- el agregado de analizar la política exterior de los Estados Unidos a partir de los orígenes nacionales del país. En este caso, la labor reporteril de Martí apoyó su análisis en el método histórico a fin de establecer un patrón de comportamiento que identificara paralelismos entre la naturaleza fundacional de los Estados Unidos y los objetivos de sus élites económicas tradicionales frente a los pueblos del sur. Para el reportero Martí resultaba cuestionable en grado sumo que el proyecto de independencia de los Estados Unidos no incluyese la abolición de la esclavitud en el país, erigiendo un pacto federal donde la libertad individual coexistía con su antítesis:

“De raíz hay que ver a los pueblos, que llevan sus raíces donde no se las ve, para no tener a maravilla estas mudanzas en apariencia súbitas, y esta cohabitación de las virtudes eminentes y las dotes rapaces (…).Del holandés mercader, del alemán egoísta, y del inglés dominador se amasó con la levadura del ayuntamiento señorial, el pueblo que no vio crimen en dejar a una masa de hombres, so pretexto de la ignorancia en que la mantenían, bajo la esclavitud de los que se resistían a ser esclavos”[9].

La ausencia de una apolítica exterior de solidaridad con la causa independentista sudamericana y con el proyecto del Libertador Simón Bolívar de independizar a las islas del Caribe, fue recordado por Martí en el enfoque histórico que predomina en esta tercera crónica:

“(…) y cuando el sud, libre por sí, lo convidó a la mesa de la amistad, no le puso los reparos que le hubiera podido poner, sino que con los labios que acaban de proclamar que en América no debía tener siervos ningún monarca de Europa, exigió que los ejércitos del Sur abandonasen su proyecto de ir a redimir las islas americanas del golfo, de la servidumbre de una monarquía europea”[10].

Las páginas siguientes constituyen una reseña de las declaraciones propias de sucesivos gobiernos norteamericanos respecto a la expansión del país hacia el Sur y termina con una sentencia lapidaria que aplana cualquier atisbo de neutralidad en sus escritos y contextualiza los límites personales de Martí respecto a sus sentimientos de admiración por los logros económicos e institucionales de los Estados Unidos: “La simpatía por los pueblos libres dura hasta que hacen traición a la libertad; o ponen en riesgo la de nuestra patria”[11].

El análisis diacrónico de las relaciones entre los Estados Unidos y la América hispana justificaba toda la suspicacia y la sospecha que destila esta tercera crónica, al afirmar:

“Y es lícito afirmar esto, a pesar de la aparente mansedumbre de Ia convocatoria, porque a ésta, que versa sobre las relaciones de los Estados Unidos con los demás pueblos americanos, no se la puede ver como desligada de las relaciones, y tentativas, y atentados confesos, de los Estados Unidos en la América”[12].

La lectura de las tres primeras crónicas de José Martí acerca de la Conferencia Americana en el siglo XXI, invitan al estudio contextualizado de las otras nueve. Los paralelismos históricos con el presente resultan inevitables, como si los intereses económicos de las élites estadounidenses hacia los pueblos americanos del Sur y el modelaje cíclico de su esquema de relaciones, constituyera un bucle temporal del cual resulta imposible escapar para ambas partes. Es la constatación de un eterno retorno, o de que los trabajos de Sísifo carecen de vacaciones.

 

  • El legado de las crónicas martianas en La Nación

 

El lector latinoamericano del siglo XXI podrá leer en las crónicas reporteriles de José Martí acerca de la Primera Conferencia Americana de 1889 su presente. De la prosa martiana emerge una anatomía para el expansionismo estadounidense y sus principales impresiones parecen rejuvenecer con el paso del tiempo. Certeza precisa de que el bucle de contradicciones entre los intereses geopolíticos de los Estados Unidos en sus relaciones con América del Sur ha tenido avances y retrocesos: pero no una solución definitiva a sus contradicciones.

Las impresiones martianas acerca del cónclave poseen la buena salud de la actualidad:

  • El desdén racial y cultural como justificación del dominio. Martí percibe el profundo desprecio de los delegados anglosajones hacia los latinoamericanos, a quienes consideran «pueblos inferiores, sin fuerza para el progreso» que debían permanecer bajo tutela y vigilancia.
  • El enfoque de Hispanoamérica como un mercado cautivo. Martí denuncia que Estados Unidos no buscaba verdaderos socios, sino la consecución de intereses basados en el principio de «comprar sin competencia y vender sin rival», a través de un proyecto de unificación monetaria que era, en esencia, un plan para anular la competencia europea en el Sur y asegurarse el monopolio comercial sobre las materias primas y el consumo de sus mercancías en la región. De ahí el proyecto de una unión monetaria como trampa de subordinación financiera que ataría las economías de la región a las fluctuaciones y necesidades del Tesoro estadounidense, creando una dependencia estructural y una zona de influencia financiera irreversible.
  • El panamericanismo como doctrina de dominación. José Martí califica a la convocatoria a la fraternidad continental como una fachada y advierte que «de la taza de la amistad puede caer a los pueblos un súbito veneno», sentenciando que el llamado a la unión hemisférica ocultaba la voluntad de erigir un imperio informal bajo el liderazgo único, y nada benévolo, del «águila temible».
  • La urgencia de la unión latinoamericana como escudo. La más estratégica de sus impresiones, sin embargo, no fue sobre los objetivos de Estados Unidos, sino sobre el imperativo geopolítico de la América del Sur de defender la soberanía de sus estados como una cuestión de seguridad común. Se trata de la vía contra hegemónica de que solo un bloque de repúblicas unidas, conocedoras de su identidad común y de la realidad del «gigante de las siete leguas», podría negociar de igual a igual, resistir el asedio económico y declarar a tiempo una «segunda independencia».

 

[1] “Representación de la Ciudad de La Habana a las Cortes, El 20 de julio de 1811, con motivo de las proposiciones hechas por don José Miguel Guridi Y Alcocer y don Agustín de Argüelles sobre el tráfico y esclavitud de los negros”. En Francisco de Arango y Parreño, Obras, volumen II. Introducción y Estudio Introductorio de Gloria García. Editorial Imagen Contemporánea, La Habana, 2005, p. 40.

[2] Breckenridge, Joseph C.: “No Army?” [Discurso], The Library of Congress, EE.UU., División Manuscritos, Colección Breckenridge, Caja 637. Citado en Eliades Acosta Matos, El Apocalipsis según San George, Casa Editora Abril, La Habana, 2005, p. 45.

[3] Mahan, Alfred T., The influence of Sea Power Upon History, 1660 – 1783. Fifteenth Edition. Little, Brown and Company, Boston, 1898, pp. 33 – 34.

[4] Martí, José, “El Congreso de Washington”, New York, 28 de septiembre de 1889. Obras Completas, volumen 6, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 33.

[5] Ídem.,  p. 34

[6] Ídem. , p. 35.

[7] Martí, José, “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias”, Nueva York, 2 de noviembre de 1889. Op. Cit., p. 46.

[8] Ibídem.

[9] Ídem., p. 47.

[10] Ibídem.

[11] Ídem., p. 48.

[12] Ídem., p. 53

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