Aunque sin el poder ni la maldad de los inquisidores del medioevo, los agoreros que conspiran contra la Inteligencia artificial, comparten su actitud negativa ante el progreso científico y la innovación. Ningún censor tuvo nunca razón, la tuvieron siempre quienes abrieron caminos a la ciencia y la innovación.

La inteligencia artificial (IA) se define como conjuntos de recursos, algoritmos y técnicas que imitan las capacidades y habilidades humanas, asociados a enormes bases de datos y poderosas máquinas llamadas ordenadores o computadoras. La IA no es una ciencia particular, sino el mayor conjunto de conocimientos jamás reunido, integrado a vastos e intrincados procesos vinculados a la automática, la electrónica, la nanotecnología y otras tecnologías avanzadas que, como la escritura y las matemáticas transversalizan los procesos cognitivos contemporáneos.

El término Inteligencia artificial fue utilizado por primera vez en 1956 por John McCarthy, para resumir, el llamado Machine Learning (aprendizaje automático) y en el Deep Learning (aprendizaje profundo) cuyo objetivo maximalista es crear “máquinas inteligentes”, capaces de imitar comportamientos humanos basados en el funcionamiento del sistema nervioso central y el cerebro como son, entre otras cosas, pensar, hablar, amar y emocionarse. La alocución de “maquina inteligente” es todavía más una analogía que una realidad.

La inteligencia artificial más que una invención específica como ocurrió con la caldera de vapor o el aeroplano, es un intenso y dilatado proceso que comenzó cuando se crearon máquinas que de modo mecánico realizaban funciones hasta entonces privativas de los humanos.

Desde hace décadas existe la llamada inteligencia artificial «weak» (débil), capaz de funcionar en un contexto limitado, centrada en la realización de tarea específicas, como fue el caso de las calculadoras, las máquinas IBM de tarjetas perforadas y hoy las aplicaciones de Google, los motores de búsqueda y otras, incluidas las que son capaces de reconocer y comparar imágenes, voces, huellas dactilares, olores, y datos de carácter biométricos. En el momento se han desarrollado otras categorías de la IA todavía en fase de concepción

Los recursos de la IA, además de a las ciencias exactas, se aplican ya a la investigación histórica, a la economía política, la sociología, las doctrinas filosóficas pasadas y contemporáneas, corrientes políticas, las biografías y  currículos de líderes, al conocimiento de la obra de científicos, artistas y creadores, incluso al arte militar, terrenos en los cuales es capaz de concatenar procesos acaecidos en todas las épocas y en todas las culturas y civilizaciones, permitiendo generalizaciones que ninguna mente humana es capaz de realizar.

Los aportes de la IA a la medicina, la enseñanza de todas las disciplinas científicas, la agricultura, la industria, y la producción en general; la conquista del espacio, el entretenimiento y todas las esferas en las cuales el trabajo vivo, se auxilia con la aplicación de máquinas y conocimientos avanzados, son realidades que nadie rechaza ni pone en duda.

Por añadidura, la IA, que almacena en su memoria prácticamente todos los conocimientos producidos por la humanidad y cuenta con poderosos recursos estadísticos que proporciona a gobernantes y decisores en todas las ramas, asesoramiento de alta calificación y consejos para la toma informada de decisiones correctas.

Unido al reconocimiento de las bienhechurías proporcionadas por la IA, se han gestado temores que van desde preocupaciones triviales acerca del impacto sobre el trabajo y la mano de obra, usos militares, empleo en la vigilancia y la represión, la invasión de la privacidad, impactos sobre los sistemas de enseñanza-aprendizaje, la propiedad intelectual, las manipulaciones de la información y el control de la opinión pública y otras manifestaciones.

Existe también el temor es que personas u organizaciones capacitadas y dotadas de los medios necesarios, fácilmente adquiribles y razonablemente económicos, pudieran aprovechar los recursos de la IA para fabricar armas de exterminio en masa, incluidas nucleares y el terrorismo.

Las más elaboradas conjeturas negativas respecto a la IA se relacionan con temores acerca de que las máquinas y los sistemas de procesamiento de datos avanzados adquieran capacidades y se doten a sí mismas de atribuciones para la toma decisiones, incluso contra los criterios de los humanos que las crearon, fantasía que no encuentra respaldo en los círculos científicos más calificados. Por otra parte, se puede afirmar que, con los propios recursos de la IA tales amenazas pueden ser neutralizadas.

El conocimiento de las virtudes, las posibilidades y los temores en torno a la IA se visibilizan para la opinión pública general a partir de la aparición del ChatGPT y la firma OpenAI que, una vez más han saltado a la actualidad, esta vez con el culebrón asociado al despido de San Altman de lo cual les contaré en la próxima entrega. Por ahora, allá nos vemos.