HISTORIAS QUE FIDEL NO ME AUTORIZÓ A CONTAR

Salvador Capote

La foto es en Quito, Ecuador, en 2016. De izquierda a derecha: Comandante (llamado así porque, siendo niño, Fidel Castro le salvó la vida), su hermana Marisol, mi esposa Elisa, mi hija mayor Romy, Myriam Oña Sarmiento, madre de Comandante; y Andrés Pantoja con su madre.

Veintiocho años antes, en 1988, me encontraba en Quito, Ecuador, coordinando la ayuda médica que Cuba prestaba a ese pueblo hermano. El 12 de agosto de ese año me disponía a ir a la casa del famoso pintor Osvaldo Guayasamín, porque éste había organizado una fiesta de cumpleaños para Fidel que se encontraba en Quito invitado a la toma de posesión del nuevo presidente ecuatoriano Rodrigo Borja, cuando llegó a mi apartamento el periodista Iván Oña, amigo de Cuba y defensor de la Revolución Cubana. Venía muy angustiado porque su hijo, de pocos meses de edad, había nacido con una malformación cardíaca y necesitaba una urgente operación y la implantación de un marcapasos. Realizar la operación en Quito era muy riesgoso y el costo, decenas de miles de dólares, estaba totalmente fuera de sus posibilidades económicas.

Lo invité a ir conmigo a casa de Guayasamín. Cerca de las doce de la noche llegó Fidel, y después que picaron un cake de chocolate y le cantamos un feliz cumpleaños, se instaló en una de las habitaciones y comenzó a recibir a los invitados uno por uno o en pequeños grupos. Pero había más de 500 personas y, en esas circunstancias, era prácticamente imposible llegar hasta él.

En eso vi, porque se destacaba por su estatura por encima de la muchedumbre, a “Chiquitico”, un miembro de la escolta de Fidel, a quien conocía desde los tiempos del Batallón Universitario, y a quien llamábamos así precisamente porque era todo lo contrario. Lo llamé y le dije que necesitaba hablar urgentemente con Chomi (Dr. José Miguel Miyar Barruecos, secretario de Fidel). Vino Chomi y le expliqué la situación. Me indicó que escribiera en un papel, en forma muy escueta, toda la información, que él se la transmitiría a Fidel.

Pensaba “¿y de dónde saco yo ahora un papel?” cuando pasó por mi lado una señora con un plato de cebiche de camarones sobre una servilleta de papel. Le pedí que me regalara la servilleta. Me miró como se miraría a un extraterrestre pero me la dió. De pie, con mucho trabajo, tratando de no romperla, escribí los datos necesarios. Le entregué el memorandum-servilleta a Chiquitico, éste se lo llevó a Chomi, y Chomi se lo entregó a Fidel. Iván Oña me esperaba en los jardines.

Un rato más tarde vino Chomi: “Dile a Iván Oña que recoja en su casa lo indispensable y vaya con su familia al aeropuerto militar, que hay un avión cubano esperando allí para trasladarlos a Cuba esta misma noche”.

Y así fue. Fidel celebró su cumpleaños número 62 salvando la vida de un niño ecuatoriano. Iván llevó a su hijo a Cuba, lo operaron en el cardiocentro del hospital  pediátrico William Soler y le pusieron un marcapasos. Posteriormente, nombraron a Iván en un cargo diplomático en la Embajada de Ecuador en La Habana para que los médicos cubanos pudiesen seguir de cerca la rehabilitación de su hijo. Hoy, Comandante es ingeniero mecánico y ejerce su profesión en Quito.

En el extremo derecho de la foto, está Andrés Pantoja con su madre, de un grupo de cuatro que, cuando eran niños, también Fidel les salvó sus vidas, pero ésta es otra de las tantas historias sorprendentes que Fidel no me autorizó a contar. Han pasado los años, y mi familia y las familias de estos niños, a pesar del tiempo y la distancia, mantienen relaciones fraternales, porque un hombre extraordinario, con un extraordinario humanismo, las unió con el lazo indestructible de la solidaridad.