Al intervenir en el Foro Económico Mundial en Davos, Henry Kissinger, presentó fórmulas según la cual “Ucrania debería otorgar territorios a Rusia”, es decir territorios por paz, sugiriendo el retorno a prácticas y chanchullos  políticos a los cuales Europa, Estados Unidos y la Unión Soviética, renunciaron al constituir la Sociedad de Naciones en 1919, suscribir la Carta del Atlántico en 1941 y la Carta de la ONU en 1945. Al legitimar el desmembramiento territorial de Ucrania Kissinger propone abrir en Europa una caja de Pandora.

El fin de la II Guerra Mundial se saldó con los Tratados de París de 1946/1947 que dieron continuidad a las negociaciones, iniciadas en la Conferencia Cumbre de Potsdam. En ese proceso lo primordial fueron los asuntos territoriales, siguiendo la lógica de, en lo posible, restablecer las fronteras europeas de 1937 con tres excepciones. Alemania, Unión Soviética y Polonia. La URSS obtuvo territorios de ocho países, Polonia cedió y recibió. Italia, Yugoslavia y Grecia fueron parte del ajuste y Albania recuperó la independencia. Alemania perdió más de 100.000 km².

Con 15 años Henry Kissinger escapó del fascismo alemán y llegó a Estados Unidos. Fue obrero, estudió y enseñó ciencias políticas en Harvard, sirvió en la Armada norteamericana y en los años 50 y 60 debutó en la política colaborando con las administraciones de Eisenhower, Kennedy y Johnson, echando las bases de una impresionante carrera diplomática.

En 1969 Nixon lo nombró consejero de Seguridad Nacional y en 1973 Secretario de Estado, cargo en el cual fue ratificado por Gerald Ford ejerciendo hasta 1977. Fue interlocutor de casi todos los líderes mundiales de su época y desempeñó un papel protagónico en el diseño de la política de distensión de Estados Unidos con la Unión Soviética y China, el fin de la guerra en Vietnam y las pláticas sobre control de armas estratégicas que dieron lugar a los acuerdos SALT.

Maniobró para, a la vez, respaldar a Israel y camelar a los árabes iniciando un proceso que en 1978 condujo a los acuerdos de Camp Davis, el reconocimiento del estado de Israel y más tarde a la creación de la Autoridad Nacional Palestina.

En conjunto, Kissinger introdujo en la política exterior estadounidense acentos que combinaron negociaciones y presiones, practicando la distensión, auspiciando una relación con la URSS cercana a la coexistencia pacífica. No puede decirse lo mismo de su desempeño respecto al Tercer Mundo, especialmente, América Latina donde endosó las operaciones encubiertas y utilizó los servicios especiales, auspiciando entre otras acciones repudiables, el golpe de estado contra el presidente chileno Salvador Allende.

Con su indiferencia Kissinger asimiló la represión que eliminó una generación de militantes de izquierda en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y otros países, nunca se dio por enterado de las desapariciones y las torturas, las guerras sucias y las prácticas de la Escuela de las Américas y el Plan Cóndor. No obstante, favoreció los avances diplomáticos que en 1977 condujeron al acuerdo Torrijos-Carter y a la devolución del canal a Panamá.

Aunque se afirma que en algún momento Kissinger puede haber considerado probable un mejoramiento de las relaciones de Estados Unidos con Cuba, aunque adoptó la posición de que ello no sería posible a menos que la Isla retirara sus tropas de África al tiempo que apoyó a las fuerzas que trataron de frustrar la independencia de Angola.

El fin del socialismo en Europa Oriental, la reunificación de Alemania y el colapso de la Unión Soviética hizo que apareciera en Europa el fantasma de los conflictos territoriales. Afortunadamente, los líderes del momento, especialmente los de la Unión Soviética y Rusia, asumieron aquel mega ajuste con una altura que permitió realizarlo en paz.

Kissinger ha escrito libros y artículos y recibido cualquier cantidad de reconocimientos y condecoraciones, entre ellas un Premio Nobel. Admirado, repudiado y temido, es una personalidad respetada y de las más relevantes figuras diplomáticas del siglo XX. Con cerca de los 100 años es un destacado, talentoso y agudo político y un analista que debe ser atendido, pero no es infalible y respecto a Ucrania, en mi opinión, ofrece un mal consejo.

Permitir a la OTAN la militarización y la proliferación nuclear, otorgar patentes de corso para anexar territorios por la fuerza o mediante maniobras políticas y privilegiar las guerras de conquista, no puede ser el camino para lograr una seguridad colectiva equitativa ni la opción para la convivencia civilizada Europa y el mundo en el Tercer milenio de la era cristiana.  Allá nos vemos.