Fui y honré

   Después de arribar a La Habana el pasado  lunes 28 de noviembre, sentía que estaba envuelto en un  torbellino de emociones. Este viaje se trataba de un motivo distinto a las otras decenas que había realizado. Fueron tiempos de respeto, admiración y agradecimiento por la pérdida del maestro de nuestra  vida,  Fidel Castro Ruz.

La Habana, ciudad mística, estaba de completo luto. Se había ido la figura física del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana. El hombre,  que lo fue en su más alto perfil humano.

Concurrí a la Plaza de la Revolución José Martí, compartiendo el pesar de  centenares de miles de habaneros que andaban en largas filas, para ya dentro del recinto luctuoso debajo de la impresionante estatua de Apóstol, brindar  mis respetos a una gran foto con flores blancas debajo,  la insigne figura legendaria de un Fidel joven de barba negra, en uniforme de guerrillero, mochila al hombro, con su  fusil en ristre y  parte de su Sierra Maestra de fondo, comenzaba a escribir la nueva historia de Cuba hacia una sociedad mucho mejor y justa, de los pobres y para los pobres de esta tierra. Su peregrinaje cívico, moral y guerrillero, de gran estadista, recorrería el mundo entero.

Por la noche avancé desde donde pernotaba con mi familia,  por la calle Paseo hasta la Plaza, que acurrucaba a un millón de cubanos y cubanas, para seguir rindiendo merecido homenaje a nuestro Fidel y donde desde mandatarios extranjeros hasta  figuras comprometidas y agradecidas con la Revolución Cubana, desde África hasta Cabo de Hornos, se sumaban a aquel dolor expreso. De pronto a unos pasos de llegar, se paraliza aquel recorrido de miles de cubanos por ese Paseo, al escucharse las notas iniciales del Himno Nacional. Aquella masa humana se detiene como por arte de magia y de pie, inmóviles  todos, honramos el emocionante  momento.

Pude, en esta ocasión, estar junto con la prensa nacional e internacional y  escuchar los diversos gestos de dolor de algunos de los presentes en la tribuna de ese pueblo, que enérgico y viril hacía temblar la injusticia. Después al siguiente día, temprano, me sentí bien al estar presente cuando la caravana de vehículos doblaba desde Paseo hacia el Malecón por la calle 23 en el vedado,  y que conduciría los restos de Fidel, en una  urna de madera preciosa, hasta Santiago de Cuba, por la carretera central, en el mismo recorrido, ahora a la inversa,  de aquella caravana que casi 57 años atrás, el día ocho de enero de 1,959, invadía con aquellos triunfantes barbudos de verde olivo, llenos de collares y sencillez revolucionaria, esas zonas de la capital, después de la fuga obligada del dictador  Fulgencio Batista.

Pude comprobar que millones de cubanos, en ambas orillas de la carretera, durante mil kilómetros, muchos con lágrimas de dolor y sus pechos apretados, en silencio,  mostraban con su presencia, la solidaridad humana que les unía para despedir a su eterno líder.

Ya una vez de regreso en este Miami y su parte revuelto y brutal que nos desprecia a los cubanos dignos,  me reencuentro con la contrastante  brutalidad y la falta respeto de un grupúsculo de unas cuatro o cinco mil personas – en esta área conviven casi un millón de cubanos – que incluían hasta inocentes niños, en el circo permanente de la zona del  escándalo anticubano del restaurante Versailles en la Pequeña Habana  y La Carreta,  de la Bird Road, – la calle cuarenta – expresaban con increíble estúpido y festivo placer, la muerte del máximo líder de Cuba. Estos, que al parecer tienen muy pocas neuronas cerebrales, actúan como si fueran una ridícula fuerza, en este mundo entero que llora y siente nuestra gran pérdida. Los pobres, son un minúsculo puntico en el mapa del planeta.

Noto cómo de alguna manera, la influencia cubana en los medios controlados de Miami y americanos  independientes y los  nacionales, no pudieron  evitar seguir de cerca el recorrido por casi toda Cuba,  de los nueve días hasta el  Cementerio de Santa  Efigenia en Santiago de Cuba, del féretro del máximo líder, que descansaría allí  junto al Apóstol José Martí.

Les habló, “Desde Miami”, Roberto Solís.

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